Dos actuaciones municipales amparadas en el artículo 15 de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, más conocida como Ley de la memoria histórica, han descubierto el absurdo de ésta. Su propósito queda anulado por el propio texto de la ley, que propugna fehacientemente el olvido de nuestra historia. El primero de esos actos tuvo lugar en julio de este año. El Ayuntamiento de Badajoz mandó a un operario con martillo y cortafríos a quitar la placa de la calle dedicada a Margarita Nelken. El revuelo armado fue considerable. El segundo ha tenido lugar hace unos días. El Ayuntamiento de Sevilla ha prohibido una discreta conferencia dedicada a Agustín de Foxá. Aquilino Duque, que era el conferenciante vetado, ha escrito una excelente entrada en su blog sobre el tema.
Ayer también pudimos leer en El mundo un artículo sobre esta censura. Juan Manuel Bonet, Andrés Trapiello y Jordi García dan su opinión. Como no es posible encontrarlo en la edición digital, lo transcribo aquí.

Domingo, 11 de octubre de 2009. Año XXI. Número:7.237.

70 años después, ¿qué hacemos con Agustín de Foxá?

EVA DÍAZ PÉREZ
Sevilla

«Zambra y revuelo en la cacharrería del Ateneo…». Así comienza Madrid, de corte a checa, la delirante, satírica, trágica e incendiaria novela que escribió en 1938 el autor falangista Agustín de Foxá -marqués de Armendáriz y conde de Foxá- mojando su pluma en la orgía de odio y sangre de la Guerra Civil. Ese «revuelo en la cacharrería» de la actualidad es el que ha provocado el autor 50 años después de su muerte a raíz de la decisión del Ayuntamiento de Sevilla de suspender un acto programado para recordar su obra. Los argumentos de la delegada de Participación Ciudadana, Josefa Medrano (IU), para prohibir el homenaje fueron «el respeto a la memoria histórica» y la posibilidad de que «pudiera convertirse en un acto de apología del franquismo».

Andrés Trapiello, Jordi Gracia y Juan Manuel Bonet, tres autores que han estudiado a fondo la literatura de la época, así como los conflictos entre ideología y creación, intervienen en el debate para aportar la necesaria reflexión y sensatez al asunto.

CENSURA PREVIA. «Me parece increíble que un Ayuntamiento se dedique a la policía literaria. Incluso si Foxá fuera un ideólogo merecería ser estudiado. Pero es que se trata de un gran escritor», apunta Juan Manuel Bonet, crítico de arte y autor del clásico
Diccionario de las vanguardias. «Setenta años después del final de la guerra, la historia de la literatura no han de hacerla los concejales sectarios, sino los historiadores y los escritores», explica, molesto por la decisión de ningunear a un autor por razones extraliterarias.

Del mismo modo opina Andrés Trapiello: «Es una decisión fruto de la ignorancia y del totalitarismo de una persona que no sabe de qué está hablando».

LITERATURA Y CREACIÓN. Trapiello sabe de lo que habla como autor de un ensayo, Las armas y las letras, que contribuyó al debate y a la pacificación de la literatura española al repasar las conflictivas relaciones de los intelectuales -de uno y otro bando-
con la radicalización política que se vivió en la Guerra Civil. El libro se publicó en 1994, se reeditó revisado en 2001 y, en dos meses, se volverá a publicar en una versión ampliada. La polémica creada con el asunto Foxá le confirma que el conflicto entre las armas y las letras sigue vigente. «La Guerra Civil trastornó a gente que enloqueció en esa orgía sangrienta, incluso gente que era sensata antes de la guerra y que volvió a serlo después. Y esto se repite con escritores de uno y otro bando», admite.

Juan Manuel Bonet también coincide en la dudosa razón ética de centrar la valoración artística en buenos o malos: «Si hacemos la vista gorda sobre los poemas de Alberti a Stalin o sobre las infamias de Bergamín contra el POUM de Andrés Nin. ¿Por qué seguimos negando que el franquismo también contó con grandes escritores?»

EL CUERPO DEL DELITO. La simplificación del cliché sobre Foxá como «apólogo del franquismo» para decidir silenciarlo ha sido otro de los argumentos polémicos. Jordi Gracia es el biógrafo de Dionisio Ridruejo, compañero de afinidades políticas de Foxá hasta que se convirtió en demócrata y, por lo tanto, en disidente del franquismo. Gracia, que ganó el Premio de Ensayo Anagrama 2004 por el fundamental ensayo La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España, habla de «metedura de pata irreflexiva». «Por otro lado, si ha sido reflexiva, es peor: no hace el menor daño a Foxá sino que lo victimiza ridículamente. Había sido fascista, aristócrata, cínico y jovial, además de buen escritor, y ahora recibe el regalo de ser víctima». Gracia, uno de los grandes historiadores de la vida intelectual española durante el franquismo, asegura que Foxá «fue un conservador neto tocado por un fascismo más retórico y decorativo que fundado. Desde luego, la censura es un regalo póstumo que una izquierda mal aconsejada le ha hecho a Foxá».

Trapiello coincide en criticar la condena por juicios ideológicos. «Si hablamos de su literatura de guerra, Foxá tiene poemas de guerra que no desmerecen de los textos que escribieron por entonces los comunistas José Herrera Petere, Pedro Garfias o el mismo Rafael Alberti».

MEMORIA HISTÓRICA. El «respeto a la Ley de Memoria Histórica» ha sido otro de los argumentos esgrimidos para intentar prohibir el acto. Trapiello reflexiona sobre el espíritu que debería imperar al enfrentarse con los pasados incómodos. «La memoria histórica está para volver al pasado sin figuraciones. Con el criterio de esa memoria histórica -su memoria histórica- no se podrían celebrar la mitad de los actos literarios que se celebran en este país. En la Guerra Civil hubo otros artistas que se identificaron en algún momento con el estalinismo».

Trapiello advierte sobre los peligros de decisiones como ésta:«Es un disparate que alguien pueda decidir qué es bueno y qué es malo. No ocurría algo así, tan ridículo, desde el padre Ladrón de Guevara, el jesuita autor de Novelistas buenos y novelistas malos. La gente tiene derecho a que se le hable de los dos bandos, para hacerse una opinión propia, lejos, si es posible, de los fanatismos de quienes parecen querer ganar una Guerra Civil que, en cierto sentido, se perdió hace mucho».

Jordi Gracia desconfía sobre esta polémica utilización de la memoria histórica. «Ha sido un disparate con carácter accidental. A veces se usa el fetiche de la memoria histórica para atacar o defender, cuando lo único razonable en asuntos de historia cultural es difundir críticamente».