Algo sobre esos del Heraldo

26/08/2013

A Arcadi Espada le envidio muchas cosas. Que sea más joven que yo, verbigracia. Aunque eso es lo de menos. Lo que más envidio es que le regalen libros buenos. Yo tengo que comprarlos, o aconsejar a otros que los compren. Ya dije en su día que  en esto de los pecados los tengo todos. En definitiva: soy un desgraciado.

De esos cuatro que fotografía Arcadi he comprado este verano el de Gil Toll sobre el Heraldo de Madrid. Por lo que he podido hojear tiene mucho interés. No sé si flojeará en la parte dedicada a la guerra civil. Olmedilla estuvo allí, en primera línea de foto. Y en cuanto a Chaves, que también aparece en el libro… ¿Se ha consultado lo que dice Causa General del Heraldo de Madrid y de los periodistas que por allí pasaron? En la relación de archivos consultados no aparece.

De momento, lo que más me ha fascinado de lo que he podido picotear en el libro es la existencia de un manuscrito inédito de Carlos Sampelayo sobre el mismo Heraldo. Tengo muchas ganas de ver eso.

marchentSobre el Heraldo y sus periodistas al inicio de la guerra escribió unas páginas Joaquín Romero Marchent, padre de Joaquín Luis y Rafael, guionistas y directores de Curro Jiménez, entre otras series y películas. Gente de cine. Y del teatro, claro. Joaquín padre aparece en las memorias de Ruano, escribiendo con él una obrita llamada Se ahoga una mujer. También era periodista. Escribió algunos cuentos en La esfera y muchos artículos en La voz. La guerra la sufrió en Madrid, señalado. Las pasó putas y de ello resultó un libro: Soy un fugitivo: historia de un evadido de España. Lo publicó Santarén en Valladolid en 1937. Cuenta cómo pudo huir del Madrid en el que no tener el carné adecuado era peligroso. Me recuerda mucho a las peripecias de Miquelarena. Y cuenta también cómo intentó hacerse con uno, mediante sus “compañeros” del Heraldo, y no le fue posible. El libro tiene el tono iracundo y salvaje de quienes se vieron a punto de morir. Las diatribas son feroces y no están fundamentadas. Me gustaría que este libro de Toll me diera respuesta a algunas cosas que dice aquí Romero Marchent.

En aquellos días en que para salir a la calle, los que no teníamos «carnet sindical» precisábamos «un salvoconducto» de los «delincuentes», quien esto escribe que no tenía más remedio que ganar su pan -fuera del periodismo, naturalmente- tuvo necesidad también de agenciarse el medio para circular con las mayores garantías posibles. En el triste caso que se daba en Madrid, de que las «personas decentes» necesitábamos el «visto bueno» de los «indeseables» para andar por la calle, quien esto escribe, pensó en conseguir del «compañerismo» de algún director de periódico un salvoconducto a fin de obtener de los «bárbaros» las garantías necesarias para circular.

Telefoneé a «Heraldo de Madrid». El director no estaba; solicité entonces que acudiera al aparato un redactor que se llamaba amigo mío. No estaba tampoco. Di entonces tres nombres más. No había nadie. ¡Qué casualidad! Solicité entonces al redactor jefe y éste sí acudió. era Cabanillas, el que fué jefe del Gabinete de Prensa de la República durante la interinidad de Martínez Birria [sic].

– ¿Quién llama?

– Aquí, fulano de tal. -(Di mi nombre)

– ¿Y qué desea?

– Pues quería que «Heraldo» me proporcionase algún volante para poder circular por la calle.

– Lo diré al director. Llame a las tres.

– Gracias.

Y a las tres llamé.

Y a las tres, el auténtico director de «Heraldo de Madrid» -uno de los periódicos más «venenosos» de España- el auténtico Manolo Fontdevilla, me dijo:

– Siento no poder complacerle.

– Fíjese- le dije – que se trata de defender la vida.

– Yo lo haría con «mucho gusto», pero nos han pedido una relación de los redactores y no hay medio de complacerle. Estamos controlados por el Radio Comunista ciento ocho.

No recuerdo bien si me dijo ciento ocho o ciento diez, pero recuerdo que me negó el favor que yo pedía en nombre del compañerismo, creyendo -insensato de mí- que para salvar la vida a un hombre honrado las ideas no entraban en juego. Sin embargo, por una vez, el «Heraldo de Madrid» se declaraba controlado por los comunistas.

Carné de prensa de Joaquín Romero Marchent. 1920. Colección BF.

Carné de prensa de Joaquín Romero Marchent. 1920. Colección BF.

[…]

«El Liberal» y «Heraldo de Madrid» eran los únicos periódicos que podían competir con «La Libertad». Los órganos de los hermanos Busquet -traficantes de grasas primero y de sangre después- podían «alternar» con «La Libertad». Estos tres periódicos venenosos «corrían fuera de concurso». Los tres «llegaban los primeros» a la meta del deshonor.

[…]

Muchas veces, comentando el descrédito en que había caído la profesión del periodismo, mi inocencia no quería creer lo que decían de nosotros. Pero luego, aquellos de «sujetar los gabanes que vienen los periodistas» me lo pude explicar.

Sí, me lo expliqué, cuando empecé a conocer a la «gentuza» que había hecho del periodismo una «ganzúa». Me lo expliqué cuando supe cómo pagaba el «Heraldo» y cómo vivía su director con sus dos automóviles, hotel propio y otras cosas que no cito por no herir el pudor de mis lectores.

[…]

Olmedilla y su pipa, junto a alguno de los asaltantes al Cuartel de la Montaña.

Olmedilla y su pipa, junto a alguno de los asaltantes al Cuartel de la Montaña.

[Sobre el asalto al Cuartel de la Montaña] Todo aquel asalto, toda aquella «arrogancia», todo el «valor», toda aquella gesta de la brutalidad, fué «cantada» al día siguiente por toda la Prensa sometida, escrita por la pezuña de los ambiciosos, de los amargados y de los «currinches». Y toda la Prensa gráfica dedicó un cliché «a los primeros periodistas que entraron en la Montaña[»]: Augusto Vivero y Juan González Olmedilla.

El primero con su barba apostólica y el segundo con su pipa -único rasgo destacado de su personalidad-. En las «fotos» nos mostraban los rostros con el empaque de quienes se sienten protagonistas.

El primero fué a la Montaña por la dirección del «A. B. C.» republicano, de donde días más tardes le tuvieron que echar.

El segundo, fué «a cumplir con un deber informativo seguramente». Juanito Olmedilla, hecho en la escuela del «chantage» de «Heraldo de Madrid», no es más que un «tonto» eminente, y claro, tenía que ser el primero siempre… siempre que detrás, fuese Augusto Vivero.

¡Qué pena de hombres!

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