Diarios

 

 

No estoy seguro de que en estos últimos años se publiquen más diarios que en las décadas pasadas, pero sí parece que se les reciba con algo más de bombo y platillo. A los lectores impenitentes de diarios nos parecería esta una gran noticia, pero me temo que es todo lo contrario, porque lo que se publica ahora es basura, o al menos eso me lo parece a mí.

Excluyo los diarios/novelas de Andrés Trapiello y los diarios de Raúl Carlos Maícas, Miguel Sánchez Ostiz, José Jiménez Lozano y Juan Abreu. De los del primero echamos de menos su regularidad, aun a sabiendas de las incrustaciones que en ellos ha hecho de juegos ficcionales (ese encuentro con la muchacha perseguida, mecawenlá, que no tuvo lugar).

Maícas y Sánchez Ostiz escriben desde la oscura provincia, y eso lo nota su escritura, de un tinte amargo que nos vuelve a descubrir el abandono y la miseria, no escrictamente económicos, en los que se vive en la España rural. Lo bueno, al menos para los lectores, es que la amargura en este caso parece ingrediente fundamental de la mejor literatura. En los diarios de ambos autores hay hallazgos que nos complacen: el adjetivo súbito que surge para elevar alguna frase, o la idea feliz que nos ordena el mundo.

Jiménez Lozano también vivía en la oscura provincia, pero como ser de luz parecía esclarecer su aldea. Yo creo que no hay diarios más enjundiosos que los suyos, y merecerían varias entradas para explicarlos. Dejo aquí, pues, la sentencia, sola y segura porque por sí misma se basta.

Abreu es caso aparte, porque dudo que haya vida más expuesta que la suya en sus Emanaciones. Tiene el don del humor, de otra manera que la de Trapiello, que también se las gasta y nos lleva a la carcajada muchas veces. De Abreu, más allá de esa su escritura erecta que tanto agradecemos, lo que nos pone cachondos de verdad es su batalla contra la imposición de una superrealidad utópica que nos está convirtiendo en imbéciles que acatan como borregos que se pisotee nuestra pequeña y frágil libertad.

Comparados con la fuerza que emana de estos diarios, los de Iñaki Uriarte o los de Ignacio Peyró se nos antojan inaceptables. No es que los volvamos a dejar, decepcionados, en la estantería de la librería o de la biblioteca. Es que los volvemos a incrustar entre el resto de libros con muy mala hostia, porque pocas cosas hay que nos enfurezcan tanto como la impostura. Y nada hay más impostor que el intimismo intelectualoide.

Habida cuenta de su éxito, no sé si editorial, pero sí en la vacua crítica que expelen hoy los medios de comunicación, podría ponerme en duda. Pero he podido coincidir con un par de amigos en estas odiatrices disquisiciones, y de alguna manera me siento confortado pese a mi repelencia por los rebaños. Y eso que sé que hasta dos son multitud, como dice Maícas.

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1 Comentario

  1. viejecita

    ¡ Vaya, ya hay entrada nueva !
    Decir que No leo diarios ni correspondencia de nadie, desde que leí los diarios de Kafka que publicó Max Brod, y me sentí como una "voyeuse" , y sin ningún derecho a ello. Como tampoco me pienso leer la correspondencia última entre Camus y María Casares, con su último "pneu" , de "hasta la noche, cenamos juntos", que él le escribió a ella antes de matarse con su coche en la carretera de vuelta a París.
    Por muy buena pinta que tengan los diarios de José Jimenez Lozano, los de Juan Abreu, e incluso los de Trapiello.
    Ya siento

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