Este libro es tan bueno que no me lo creo. Lo descubrí gracias a Miguel Sánchez-Ostiz, que se conoce como nadie los entresijos de la guerra civil en Navarra. Es un libro tan bueno, decía, que para colmo es el peor escrito que recuerdo haber leído en mucho tiempo. Y eso, en un libro así escrito por alguien como Galo Vierge, tiene incluso un gran valor. Porque la infancia de Vierge transcurrió en parte en una casa de caridad. Pobres. De los de antes. Con los estudios justitos. Y terminó de crítico taurino en El pensamiento navarro entre 1949 y finales de los 70. vierge-0002Este libro, Los culpables, lo escribió en 1941, al poco de acabar la guerra, cuando trabajaba para la empresa encargada de reconstruir la Ciudad Universitaria, y desenterraba cadáveres de soldados de ambos bandos que quedaron entre los escombros. Qué páginas alucinantes. Pasa luego a recordar su propia experiencia, cómo fue detenido por haber sido miembro de la CNT (aunque él aduce que era cristiano y no anarquista, y aún más: que la CNT no era anarquista) y cómo transcurrieron sus años en la cárcel. Y aún más: cuenta lo que le contaron. Testigos de fusilamientos, no sólo condenados que pudieron salvarse por los pelos sino también falangistas o miembros de la Hermandad de la Paz y Caridad, de Pamplona. Formada entonces por unos veinte miembros, “que vestían sus hábitos negros y cubrían sus cabezas con capuchas azules”, tenían por “caritativa misión […] cortar las cuerdas que sujetaban las manos de los muertos, echar serrín al interior del ataúd para que empapase la sangre que salía a chorros de los cuerpos taladrados por el plomo de las balas, introducir sus cuerpos en las cajas y acompañar a los difuntos hasta dejarlos en sus respectivas tumbas”. Los testimonios son desgarradores, y Galo Vierge no omite ni un solo nombre, ya fuera de víctimas o de verdugos. El del fusilamiento de algunos presos del fuerte de San Cristóbal ofrece detalles de mucha impresión. Los ojos cerrados al disparar.

ViergeSonó una descarga como el fragor de un trueno estallando en el firmamento, y las balas se incrustaron en las entrañas de aquellos hombres que se derrumbaron a tierra sin perder la nobleza de sus honrados corazones. Tras la descarga de las armas -tres fusiles por cada reo-, sucedió un hecho insólito. Un condenado a muerte se mantuvo en pie, al cometer un error los soldados y disparar seis fusiles al mismo objetivo. Este inconcebible fallo de puntería tenía su explicación. Los soldados se veían obligados a cumplir órdenes que repugnaba a sus conciencias. Sus corazones juveniles, de veinte años de edad, y la sensibilidad particular de cada uno, no les permitía tirar a matar a unos seres humanos indefensos de los que no habían recibido la menor ofensa. La de disparar era una orden cruel y feroz a la vez. Tirar a matar a un hombre que no puede defenderse y del que no has recibido el menor agravio, no es lo mismo que combatir en un campo de batalla donde el que dispara se juega la vida. Había soldados -decían los hermanos de Paz y Caridad- que cerraban los ojos al disparar. Era comprensible su proceder.

El condenado a muerte quedó en pie con los ojos desorbitados por el pánico. Giró su cabeza a derecha e izquierda y contempló a sus compañeros de martirio, que retorcían sus miembros por los espasmos de una terrible agonía. Fue solamente un instante. Sonó un tiro disparado por el oficial de mando y la cabeza del preso, perforada por la bala, segó para siempre la vida de un hombre que vivió unos segundos más que sus compañeros de infortunio. Aquella última y ansiosa mirada de un condenado a muerte quedó grabada para siempre en la mente de todos los que contemplaron tan horrible y macabra escena.

Pero la escena que más me ha llamado la atención, siendo todas increíbles por verdaderas, es ésta:

vierge-0001Pablo Ardanaz, con una patética sangre fría, pidió permiso al jefe del piquete para dar orden de disparar contra su cuerpo, que mantenía erguido, sin que temblase ni uno solo de sus músculos, petición que fue denegada por el oficial de mando. En la parte alta del glacis, una multitud de curiosos, entre los que abundaban las mujeres, incluso monjas que con satánico placer aplaudían cuando el cuerpo de un reo caía fulminado a tiros, presenciaban la dolorosa escena.

No es la gallardía del hombre ante la muerte, la compostura sobria ante sus asesinos lo que me abruma: es ese glacis lleno de hijos de puta y de hijas de puta. La chusma, amigos, pero la chusma educada bajo la ley de Jesucristo nuestro señor. Cuánto he hablado de la chusma que despreciaban Foxá, Francisco Camba, Fernández Flórez, la que tomó las calles de Madrid, la que saltaba sobre los cuerpos agonizantes en el Cuartel de la Montaña al grito de “muérete ya, cabrón”, la que también les cortaba los cojones a los curas y se los introducían en la boca, la que delataba al vecino porque una vez le negó el pan y la sal, la que vestida con mono y alpargatas se echaba la pistola al cinto con ademanes rufianescos. Esa chusma sucia y desgreñada que, como decía Trapiello, sólo había que verla para entender (ojo: entender y no comprender) que la emprendiera contra curas, caciques y señoritos. La chusma del otro bando era aún peor, porque a la barbarie de la otra añadía la hipocresía, el plus del pecado perdonado porque sí. Vestían bien y querían imponer al mundo la pureza que destila el catolicismo; besaban el culo de los sacerdotes para que les dieran su bendición, se lanzaron a una guerra para imponer caridad, castidad y los diez mandamientos o los que hagan falta… a los otros. La chusma. En la retaguardia madrileña acudía a ver los fusilamientos de sacerdotes en el tren de Jaén. Se acomodaban en los terraplenes, cabe la vía, y contemplaban el espectáculo. Igual que en el otro bando. Lo cuenta con detalle, pero novelesco, alguien que estuvo en un pelotón pegando tiros y matando rojos. José Luis de Vilallonga.

Cuando llegué a un pueblo que se llama Mondragón, antes de que se tomara Bilbao, yo llevaba una carta de mi padre para un coronel, que era amigo de la familia, que se llamaba Joaquín Poal. Era un mallorquín. Yo le di la carta, el hombre la leyó y se puso a reír. Llamó a su ayudante y le dijo: «Oye, fíjate, éste es el hijo de mi amigo Salvador Vilallonga, fíjate qué buena idea tiene.» La buena idea era que como yo estaba recién salido de un colegio y a mi padre le parecía un poco fuerte que me mandaran inmediatamente al frente, decía: «Métemelo en un pelotón de ejecución, para que se acostumbre un poco.» Les parecía maravilloso que mi padre tuviera esa manera de preocuparse por mí. Y me metieron. Yo he escrito un libro, que se llama Fiesta, que explica aquello. Tardé más de veinte años en escribir ese libro. Yo no me di cuenta, en aquel momento, del horror, porque le caí en gracia a un sargento, que me tomó bajo su mando.

[…]

fiestaCuando empezó la guerra tenía dieciséis años. Me han preguntado muchísimas veces, sobre todo los del extranjero, que nos entienden mal a los españoles, me han preguntado que por qué estuve de parte de los franquistas. Y yo les explico que a los dieciséis años éramos unos imbéciles. No sabíamos nada, no estábamos informados de nada. Había un enorme respeto por el adulto y, sobre todo, un enorme respeto por el padre. Y desde el momento en que el padre decía que había que ir a fusilar, pues muy bien, lo ha dicho papá. No puedo decir realmente lo que pensábamos porque yo, personalmente, no pensaba nada. Estaba en un colegio, venía un señor, decía que había que irse a la guerra porque tu padre quiere que te presentes voluntario y yo lo consideraba una idea magnífica porque al fin y al cabo me iba del colegio hacia una aventura extraordinaria que era una guerra. Pero no había ninguna ideología política. Al menos en los más jóvenes.

José Luis de Vilallonga. “El día que entré en Barcelona” EN Dietario de posguerra. Ed. de Arcadi Espada. Anagrama, 1998.

Fiesta

Cómo no leer Fiesta. Hasta la primera edición, que fue en francés, he comprado (y con dedicatoria de Vilallonga a Georges Simenon) ¿Cuántos hay que confesaran haber matado en aquellos primeros años del siglo XX? ¿Ansaldo, Castro Delgado, quizá García Oliver? Semprún e Izcaray relataron sus experiencias de forma muy ambigua. Bien es cierto que Fiesta es una novela, nada mala por cierto, y eso significa ficción, mentira, pero hay detalles… Los espectadores, la chusma.

Era un domingo parecido a todos los demás. Salvo, tal vez, que hoy la humedad parecía más penetrante, y el frío, más vivo. La luz parecía también más caprichosa. Era gris, triste, crepuscular.

Don Joaquín Masagual, rodeado de sus oficiales, tomó asiento en su sillón de ceremonia, con el aire de un viejo rey abrumado por un exceso de honores. Su ordenanza le ofreció, en una bandeja de plata, el vaso de «Coquinero» que solía sorber mientras duraban los fusilamientos. Lo rehusó de mala gana, sabiendo lo mucho que podía agravar el alcohol sus ardores de estómago.

Sólo habían llegado cuatro mujeres de San Sebastián, precisamente después de la misa, en un coche oficial. La quinta invitada -una inglesa, amiga personal de don Emilio Mola- se había insta lado la víspera en casa de Corazón Ezpeleta, en compañía de dos oficiales del Estado Mayor del general. Sentada a la izquierda de don Joaquín Masagual, la mayor de las cuatro españolas –sesenta años llevados con la misma soltura que una capa de fantasía de enfermera de la Cruz Roja- miraba fijamente la gran pared desnuda y manchada de sangre. Preguntó, a media voz:

-¿Por dónde vienen?

La Horca se inclinó y señaló con el dedo una puerta de madera barnizada.

-Por allí.

-¿Todos a la vez?

-No. En grupos de doce.

-Ah…

Ella sacó de su bolso unos impertinentes con montura de concha y los aplicó sobre su nariz de arista casi transparente. Volvió a preguntar:

-¿Y el pelotón?

-Está bajo tus pies, Amparo. No puedes verlo, pero sí oírlo.

La vieja señora aguzó el oído. Y, en efecto, oyó debajo de la galería en la que se había instalado con tres de sus hijas, un rumor ahogado, como de discreteo, de risas contenidas, de chistes a media voz.

– ¿Cuántos son, Joaquín?

-¿En el pelotón? Doce.

-¿Uno por cada reo?

-Exacto.

-Pensaba que siempre había un fusil cargado sólo con pólvora.

-Suele hacerse, según dicen. Pero no en nuestro ejército. Al menos, no en el mío.

-Entonces, si he comprendido bien, hay doce soldados para doce víctimas, ¿no?

-Doce voluntarios para doce tipos –rectificó el coronel-. O para doce mujeres, si se presenta el caso. Hoy tenemos un cura.

-Oh…

El cura de Argoitia, el pueblo que las tropas de López Quimbo ocuparon ayer por la mañana.

-Un nacionalista vasco, naturalmente.. .

-No se te escapa nada.

José Luis de Vilallonga

José Luis de Vilallonga. (c) F. Bedmar

La vieja señora hizo chascar el cierre de sus impertinentes.

-Me pregunto -dijo, con enojo- qué está esperando el Papa para excomulgar a esa gente.

Su hija mayor -de pie, con sus dos hermanas, detrás del sillón de su madre- intervino con vehemencia:

-Sabes muy bien, mamá, que el Papa está entregado a la causa de los rojos.

Doña Amparo Lamas de la Vega asintió, levantando el labio superior y descubriendo sus encías escarlata.

-Lo sé, lo sé… En todo caso, Pío XI será siempre para mí aquel monseñor Ratti que fue de los primeros en reconocer el Gobierno de la República.

La invitada inglesa de La Horca, que estaba sentada a la derecha de éste, se inclinó para decir a la vieja dama:

-Cuando hayan ganado ustedes esta guerra, harán bien en instaurar cuanto antes una Iglesia de España, independiente de ese Vaticano hipócrita, cuyos engaños fuimos los ingleses los primeros en denunciar.

Doña Amparo murmuró al oído del coronel:

– ¡Qué sombrero más curioso lleva! No me gustan los ingleses, Joaquín, pero ésa me cae simpática.

¿Quién es?

La Horca, lacónico, murmuró a su vez.

-Una tal Lady Harrington-Forbes. Se acuesta con Mola.

-Vaya… ¿ Intelligence Service?

-No. Una viciosa.

 

Fotografía de la entrada: Un puerco. (c) Ministerio de Cultura. PARES.