Batahola de cabestros

 

 

Compré este libro de Suffert hace tiempo, interesado por su traductor, Salvador Vallina. Vallina, camisa vieja de Falange y mutilado en la guerra, fue el muñidor del regreso de Enrique Castro Delgado a España y todo un personaje que compartía con Castro el desencanto de las utopías. Por ahí anda un pobre hombre pidiendo como loco su fecha de nacimiento para investigarlo. Llama a Vallina «siniestro» y adjudica también el adjetivo a Georges Suffert. Ya sabemos lo que significa «siniestro»: dícese de todo aquel que no agacha la testuz ante los clérigos de la izquierda. Siniestra es aquella persona que padece la funesta manía de pensar y siniestro es todo aquel que sienta la pulsión de la rebeldía de unirse a la batahola de cabestros que envilece, ensucia, abarata y desmerece las limpias palabras que nadan en las putrefactas babas de sus bocazas: libertad y democracia.

Suffert sabía que solo en Occidente se daba «esa mezcla frágil de libertad y de justicia» que se empeñó en defender desde su revista Le Point. Estuvo en España cuando los sucesos de Vitoria, entrevistó al Rey, tenía muchos amigos en el país. La campaña de Suffert —junto al periodista norteamericano Claire Sterling— contra el comunista francés Henri Curiel se le volvió en contra cuando Curiel fue asesinado en 1978, y su carrera languideció con el paso del tiempo.

Los intelectuales en «chaise longue» sigue la senda de los libros que alertan del auge de los clérigos, del intelectualismo snob e ignorante, de los pontífices de lo políticamente correcto. Es deudor, y así lo confirma él mismo, de Charles Péguy y su libro La situación del partido intelectual en el mundo moderno, de Julien Benda y La traición de los clérigos y de Raymond Aron y El opio de los intelectuales.

La lectura hodierna de Suffert, como la de Revel por ejemplo,  causa desazón, porque su denuncia de 1976 es válida ahora mismo, cuarenta y cuatro años después, y cabe preguntarse si es esta una batalla larga y eterna en la que hay que seguir luchando con el empecinamiento resignado y estoico de un Maqroll, o si la derrota es un hecho ante el que hay que rendir armas. Qué vergüenza, perder ante los cabestros, cuánta violencia encierra la estupidez.

El libro empieza como a mí me gusta, con irónica sazón, mordacidad, humor y «siniestra» intención: «¿Por qué diablo emprenderla con los intelectuales? Forman parte del panorama francés lo mismo que los armarios normandos, el nacionalismo culinario, el Partido Comunista y las vacaciones de julio y agosto». Lo que sí quiero es transcribirles el prólogo de Vallina, porque su lectura merece la pena y como homenaje a este nuevo perseguido.

Prólogo [de Salvador Vallina]

Si por sus obras conocemos a los hombres, la verdad es que yo sólo conozco a Georges Suffert por una de ellas. Justamente ésta que aquí presento a los lectores españoles, a la vez que les presento a su autor. Pero ocurre que tampoco sé gran cosa de él como persona, incluida su circunstancia, fuera de lo que cuenta la contraportada de su libro. Libro, por cierto, escrito casi todo con desenfado y con desgarro de bulevar, aunque también con rachas de impecable prosa en prueba de buen oficio, y publicado en una colección de titulo revelador: «Los Impertinentes». Todo un dato, desde luego. Porque, además, la editorial que en Francia ha puesto en la órbita de un éxito de escándalo Los intelectuales en «chaise longue», de paso ha endosado la propia y avisada impertinencia de su serie al responsable de tan pasmoso libelo, sin duda con su beneplácito.

Un tipo humano que admite ser impertinente y que se declara conformista, porque nadie lo es ya, acaso se identifique con los prójimos a quienes en la jerga fina de nuestro tiempo llaman contreras. Pero no parece que la cosa vaya por ahí. Todo indica, en cambio, que sin prurito alguno de originalidad, sinceramente, a Suffert se le revuelven las bilis ante los estragos que causa esa especie de guerrilla de salón en que ha venido a convertirse el anticonformismo intelectual, cuyos efectos son palmarios a diestra y siniestra. Hay tantas y tan importantes cuestiones implicadas en el juego, un juego peligroso que Los intelectuales en «chaise longue» disputan con frivolidad, que el cronista de su aventura los considera unos insensatos. Precisamente por eso, porque son intelectuales. Es decir, porque profesan la inteligencia, o sea, la capacidad de entender, de saber y, por tanto, como pensaba Ortega, la obligación de hacerse problema de todo. Con la cabeza sobre los hombros, no a pájaros. Y con los pies en el suelo, no a volatines.

Sin embargo, en tiempos de incertidumbre y desconcierto, se da la paradoja del intelectual, a la vez en actitudes tópicas y utópicas, que se entrega a las más increíbles piruetas en el circo de las ideas lo contrario de lo que le es propio, con pérdida del sentido del deber y hasta del sentido del ridículo. Esos tiempos son los tiempos de crisis, que se designan en la Historia con un término médico por su condición patológica. Su sintomatología, detallada por Burckhardt y por los que luego han seguido sus atisbos, encaja enteramente en el diagnóstico de «la época insegura», con tanta claridad y precisión descrita por Jesús Fueyo. A ella contribuye la mezcla caótica de los saberes, siempre parciales, y de las creencias, casi siempre oscuras, con los temores concretos y las esperanzas abstractas, que determinan su ansiedad, su crispación y su futuro incierto, cuando no ominoso. Lo cual debiera exigir de las minorías pensantes, o supuestamente pensantes, una sensatez, un comportamiento respetable y una independencia de criterio que no se dan en modo alguno. En tales circunstancias se desquician y sirven, salvo excepciones, a la trivialidad y el compromiso, en las fronteras imprecisas de lo trágico y de lo cómico.

En esas mismas fronteras, en esos límites ambiguos que median entre situaciones que se expresan por la risa y el llanto, Georges Suffert ha establecido su campamento ni más ni menos que para empeñarse en una guerra personal, a la que públicamente se ha lanzado, contra los miembros del «club de los pedantes». Por lo pronto, los ataca, los vapulea con un humorismo feroz hasta dejarlos hechos trizas. Y luego, ya en serio, machaca sus restos con todo el rigor que exige el tránsito de una situación chistosa a una situación acongojante.

El libro de Suffert, en detalle, se refiere a Francia con sus singulares características, pero en conjunto es universal, o por lo menos comprende a la parcela llamada del mundo libre. y por supuesto a España, donde a los guerrilleros de salón se suman los revolucionarios de sacristía y los saltimbanquis de la política. Sería tentador ponerles nombres propios españoles a los protagonistas franceses de Los intelectuales en «chaise longue», pero un prólogo tiene sus limitaciones. Por otra parte, quedaría muy quebrantada la imagen del intelectual de acción, en quien se aúnan el coraje y la dialéctica, que una vez encontró Ortega y Gasset. Cierto que con la carne hecha mármol de estatua yacente en la persona del doncel de Sigüenza. Descanse en paz.

 

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2 Comentarios

  1. viejecita

    Me parece que ese libro me iba a venir grande, muy grande, que yo leía a los intelectuales cuando era joven y me quería educar, perohace ya años, desde que me hice vieja, ya sólo leo por puro placer, yme figuro que no iba a conocer a casi ninguno de esos intelectuales de la chaise longue con los que se mete Suffert.

    ¡ Menos mal ! , que mi lista de libros por leer se alarga peligrosamente desde que me he aprendido el sitio, y vengo con regularidad a leer...

    Y Gracias, tanto por los libros que me hace buscar , como por los que me ayuda a descartar.

  2. Alfaraz

    Muy actual me ha parecido el prólogo de Vallina. Los guerrilleros de salón, los revolucionarios de sacristía y los saltimbanquis de la política son tres categorías para las que cualquiera podría poner media docena de nombres. Ahora falta saber si la obra está a la altura del prólogo.

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