Pobretería y locura. El camino de herradura

 

 

Nos lo ha recordado otra vez Andrés Trapiello. España es pobretería y locura, como acuñó José Moreno Villa. Escribió el malagueño unos artículos agavillados bajo ese marchamo en el diario El Sol, y los recuperó en 1945 en un libro publicado en su exilio mexicano. A la manera de Larra, con la misma rabia, expuso en ellos los defectos de España, su pobretería y su locura, y releyéndolos ahora los encuentro tan actuales que se me llevan los demonios.

Al no tener en México la colección completa del diario, se le escapó a Moreno Villa este titulado «El camino de herradura», del 26 de febrero de 1935. No es el mejor de la serie, que los tiene excelentes. Se muestra en ellos pesimista, aunque a veces se sacude el pequeño señorito que llevaba en él y acude al rescate moral de los más desfavorecidos, por muy pobreteros y locos que fueran. Moreno Villa es implacable, y creo que hoy no se podrían publicar algunos textos por lo que tienen de racistas y antisemitas, pero creo que su peor defecto es la hemianopsia que le llevó a escribirlos, desesperado por la deriva derechista de la República. Siempre lo mismo, también la pobretería y la locura del estúpido partidismo que pretende convertir en ilegítimo el poder de tus contrarios.

En cualquier caso, su escritura está muy por encima de sus intenciones. Los artículos son fundamentales, y es mi intención rescatar los mejores para consolarme un poco. La pobretería y la locura han estado siempre aquí, nada es nuevo y está más que justificado el asco que provocan.

Certificado de defunción de José Moreno Villa

EL CAMINO DE HERRADURA 

Días pasados se produjo un incendio en el pueblecito aragonés de El Frago… Se temió por el pueblo entero. No había posibilidad de socorrerlo con el servicio municipal de Zaragoza porque el camino para llegar a él era de herradura. 

Me imagino El Frago, por razón de su nombre, en un terreno muy áspero y quebrado, verdaderamente fragoso, como los de otros muchos pueblos que tengo siempre delante al escribir de España, y no lo tienen nunca los granaderos de la política. Pueblos a centenares, que siendo pobres resultan en las elecciones, por arte de birlibirloque, con criterio conservador o capitalista. 

Son los pueblos que me dan que sentir, los pueblos que se graban siempre pecho adentro, porque además de su soledad y su pobreza honda se encuentran roídos y corroídos por la pobretería y la locura de los que viven patiholgados en las tres o cuatro capitales ricas, en las quince medio ricas y en las restantes de tipo villorrio. 

Si la gente en España se moviera más, si los que tienen «autos» en Madrid, en vez de aventurarse con ellos hasta la falda del Guadarrama (para en estos días de invierno buscar una recacha, como mendigos, y recibir el calor solar a través de la montera o carrocería), fuesen curiosos de su patria o de la realidad, estoy seguro de que el lema y la sustancia de mis artículos serían otros. La pobretería y la locura que yo señalo se alimentan de ignorancia. Y esa seguridad del señorito, ese estúpido optimismo del caballerete, toda esa falsedad que los imperialistas y acólitos divulgan, se rendiría ante el conocimiento directo de las cosas. Cada caballerete —bigotín de hilo, caricatura de reyezuelo criado en fanal y asistido por los poderes de siempre, los poderes o columnas de los monarcas, sentirían al tocar verdad el desinflamiento y colgadez de sus mejillas o la contracción del estómago. 

Y esto, sin tener que tomar a pecho los caminos de herradura hacia los verdaderos nidos o madrigueras de los pueblos fragosos. Bastaría que visitaran los a mano, los que el automóvil deja a diestro y siniestro en la carretera triunfal. 

Un buen ministro republicano de Instrucción pública sería el que declarase obligatoria la asignatura nueva titulada «Conocimiento de España». Pero conocimiento práctico, positivo, de viajes duros por serranías, estepas, vericuetos y fragosidades. Entonces si que sería seria la formación del chico español. Antes que aprender el ablativo absoluto y la regla de tres, pero con mucha prioridad, debemos saber todos cómo duermen, qué comen, de qué hablan esos millares de seres que el Destino —el terrible Destino de la pobretería y la locura— confina en la bárcena o en la cima, en el fondón o en e1 resbaladero de un monte. 

Por ése, por aquél, por el otro camino de herradura, se llega a un trocito de España menor que un barco de cabotaje, donde viven cincuenta, veinticinco vecinos que hablan un español de cien vocablos o quizá menos, que no saben lo que son las estrellas, la tierra ni la palabra escrita. Gente para la cual el pan es un milagro, y otro milagro la nube que descarga su benéfico seno sobre la fanega de sembradura. Gente buena y sana que se pierde para la obra común; almas perdidas en la terrible luna del país, en los estériles pedregales. Gente, sin embargo, que rinde sus tributos, que ha de enrolarse en la milicia y que ha de disparar sobre quien sea: siempre sobre seres humanos. 

Considera —como diría San Buenaventura— todo lo que hay en este cuadro de abandono y locura y vuelve luego fulminantemente los ojos hacia esos centros urbanos donde viven alegremente y preparan sus maletas y sus discursos de propaganda política esas locas sabandijas, radicalmente hueras, que pasan como cohetes por los poblados cuando las cosas están en crisis —¡en crisis!—y disparan palabras como éstas: libertad, mejora, elevación del nivel de vida, compromisos internacionales. ¡Cuánta pobretería y locura! 

Considera, niño viajero, el beneficio que te reporta en la vida ese pescador que se lanza al mar día tras día, ese que cava la tierra de sol a sol, ese que siega en agosto, ese que pica el negro combustible treinta metros bajo tierra para que tú tengas calor, pan, frutas, pescado, carne. Y ese que es sacado de las fragosas sierras y al bajar de la verdadera luna le ponemos un uniforme y un fusil en las manos para que te defienda. Él a ti. ¿No debiera ser lo contrario, tú a él? 

Considera, en fin, que por todos los caminos de herradura se llega a esos pueblos primitivos, donde ni supieron ayer quiénes eran los ministros del Rey, ni quiénes son hoy los de la República, y que por esto mismo serán votos a merced de las circunstancias, votos inmorales, irresponsables, sostenidos por la inmoralidad de un sistema. 

Si después de estas consideraciones, pequeño viajero, de regreso a la capital pasas por la cuesta de las Perdices o por Fuentelarreina, sentirás que los músculos de las mejillas recobran su vigor, acaso con una tensión no percibida anteriormente, y que un deseo muy severo de reforma se levanta de tu pecho. Sentirás lo pequeño y ruin, lo insensato que es eso de andar discutiendo retales y propinas, cuando no otras cosas inolvidables, entre el partidito Gamma y el partidito Omega, la fracción y la mayoría. Sentirás como en relieve lo verdadero y justificado del título general de estos artículos. 

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3 Comentarios

  1. Como artículo de un "costumbrismo de época" está bien, pero los he leído más profundos y más arriesgados, y menos "hemi-an-ópsicos". Esa pobretería y locura ya no existe como antaño; ahora es de otra índole, pero no mucho mejor; al contrario.

    PEro hay en ese articulillo dos metáforas-imágenes-conceptos que me gustan, como filólogo y como pedagogo: una es la de esos hipotéticos "25 vecinos que hablan un español de 100 palabras" y otra la de esa asignatura obligatoria (y práctica y aprendida in-situ) de "Conocimiento de España".

    Lo demás, resentimiento, envidia inconsciente típicamente pequeñoburguesa, y vanidad, mucha vanidad de escritor disfrazada de
    pseudosinceridad intimista y paternalista.

    No lo leeré (hay demasiado por leer y por descubrir todavía como lectura
    no anestesiante), pero me alegro de haberlo conocido en esa muestra minúscula que nos ofreces.

    Gracias por ello.

  2. Seguramente conocéis ya ese famoso "chiste" de nacionalidades atribuido
    al obeso, fatuo y morfinómano jerarca nazi H. Göering:
    -¿Qué es un inglés? un tonto
    -¿Y dos ingleses? un club
    -¿Y tres ingleses? un Imperio
    y sigue:
    -¿Qué es un alemán? ... un buen hombre
    -¿Y dos alemanes? una fábrica
    -¿Y tres alemanes? una Guerra

    He intentado a menudo definirme al "español" por este procedimiento
    chistoso-socioantropológico, y de momento me sale esto:

    -¿Qué es un español? un loco excepcional y peligroso
    -¿Dos españoles? si se llevan bien (o sea, si tienen intereses complementarios aunque antagónicos)... D. Quijote y Sancho; si se
    llevan "regular"... Mortadelo y Filemón o Pepe Gotera y Otilio; y si
    se llevan mal, y sobre todo hay otros mirando,... una guerra civil.
    -¿Tres españoles? una "merienda de negros", o un "quiero y no puedo",
    o un "fiasco" como equipo de fútbol o como equipo de nada (a no ser
    que lo tengan absolutamente todo y a todos en su contra: entonces...
    un Imperio en un subcontinente bajo un sol imponente, o una victoria increíble en el Mundial de fútbol de Suráfrica).

    ¡Qué diferencia con los estadounidenses! que hacen "equipo" en cuanto
    se juntan tres (ya sea militar, deportivo, científico, o de lo que sea). Ése es el
    verdadero secreto de su poderío actual.

    Aquí seguimos siendo demasiado envidiosos del mérito ajeno, demasiado
    individualistas, y a la vez demasiado vanidosos de puertas adentro. Ésa es,
    diría yo, nuestra peculiar "pobretonería".

  3. Sergio Campos

    PABLO J. RODRÍGUEZ DE HITA
    02/01/2021
    Como artículo de un "costumbrismo de época" está bien, pero los he leído más profundos y más arriesgados
    ***
    Gracias por sus comentarios, Pablo. Trataré de transcribir algún otro artículo de Moreno Villa. Los tiene excelentes.

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