Nací en Soria, tierra batallada en el medievo. Originario de Ágreda, villa que le dicen barbacana de Castilla en Aragón, tierra a la que hay que añadir Navarra y La Rioja, pues la vista alcanza las tres regiones sin forzarla demasiado. Vacía y tierra de nadie durante años entre los siglos X y XII, la repobló Alfonso I con musulmanes procedentes del valle del Ebro y Alfonso VII con cristianos procedentes de las tierras altas. En el paraje que le dicen el Campillo, bajando la meseta y ya a pie entre los reinos de Castilla y Aragón, dirimían sus asuntos Alfonso X y Jaime I. Este dato creo haberlo visto en el Itinerario de Alfonso X, de Antonio Ballesteros Beretta, cuando me interesé por aquella sirena fuera del agua que fue la princesa Cristina de Noruega, casada con un hermano del Sabio.

Nací en 1976, seis meses después de que muriera Franco, y bien se puede decir que aquel año fue una frontera cronológica entre la dictadura y la democracia. Y seis meses después de yo nacer y un año después de que muriera el tirano me mudaron a Badalona. Dimos a parar también en tierra de nadie, en una calle aún sin asfaltar, entre una colina y el mar, y entre los barrios fagocitados por Barcelona y la Badalona pubilla. Tierra de yonquis, con una huerta al lado y un descampado enfrente. Fábricas para hacer de horizonte. Un día, arreglando calefacciones en una residencia de ancianos, conocí a una señora que me habló de sus excursiones a Badalona a comer el cordero, y cómo entonces llegar hasta allí debía hacerse en carro atravesando el campo. Lo que hoy es La Mina, San Roque, el Gorg y, ya, la Badalona en sí.

Hice las maletas cuando debía y desde hace unos años vivo cabe el muro. O lo que fue el muro. En Berlín, claro. Desde Wedding, que era el barrio rojo, asomado a Mitte y a Prenzlauer Berg. Basta cruzar a cualquiera de ellos, en lo que era la zona comunista, para que parezca que se llega a otra ciudad distinta. Dejo en Wedding a mis turcos y a mis urberliner (berlineses castizos, diríase) emponzoñados de cerveza y schnapps baratos, para ver a los nuevos berlineses de escaparate, como surgidos del barro lisérgico de Woodstock pero en limpito y figurante. Tienen nombre en español: petimetres (buscad, buscad). Cosas de la gentrificación.

Siempre en la frontera, que es lo más parecido a vivir de continuo asomado a un balconcito.

Ilustración de Carlos Sáenz de Tejada. En Albéric Cahuet. Les amants du lac. Paris: Éditions de L’Illustration, 26 de febrero de 1927.