José-Carlos Mainer
Falange y literatura
Barcelona, RBA, 2013
528 pp. 23 €

Años después, aquellos comensales correrían una suerte desigual. Unos ganaron y otros perdieron, pero qué y cómo es algo complicado de dilucidar. Los falangistas: Samuel Ros murió joven sin que pudiera sobreponerse a su drama sentimental. Giménez Caballero llevó hasta el éxtasis su espíritu «maquinístico» y, una vez llegada la democracia a España, nadie se arrimaba a él para no ser abducido por nostalgias guerracivilistas. Ledesma Ramos parece que murió acuchillado y eviscerado en el Ateneo Libertario de Ventas y no fusilado junto a Ramiro de Maeztu en el cementerio de Aravaca. Fueron los victoriosos vencidos, como aquel rey polaco del que hablara Gracián. Antonio Espina, demócrata, tampoco tuvo suerte. Pasó la guerra en las cárceles franquistas y se intentó suicidar; la posguerra en España hubo de sufrirla en silencio y esquinado. Alberti, comunista y exiliado, fue el único que recordó la guerra como una belle époque junto a su bella, María Teresa León, en el palacio del marqués de Heredia Spínola. Sería el único vencedor de todos ellos en la memoria literaria de España.

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