Ústí nad Labem

(Texto escrito para el catálogo de la exposición Viaje de invierno, de Carlos García-Alix).

Ahora es la mejor época, querido amigo, para echarse al mundo y recorrer Centroeuropa atraídos por el abismo. En los bosques perdura todavía la húmeda fragancia de las setas, los hornos acogen los asados de las carnes más variadas y esperamos con deleite el ganso, aromatizado de artemisa, para suavizarlo con manzanas y lombarda. Anochece súbitamente y damos la bienvenida a la suntuosa llegada de la oscuridad a mediodía con vinos que acomodan en el paladar el sabor ferruginoso de la sangre, mientras las luces quedas de las tabernas permiten que un hilo de fulgor reverbere en los vasos donde reposan los implacables licores destilados con las primeras frutas del verano. 

Fuera, el cielo tose una luz reumática que no tiene piedad y todo lo esconde bajo los matices del gris: las calles se confunden con el cielo logrando el trampantojo de que el ingrávido paseante flote sobre la ciudad. Los tranvías acuchillan la noche al tomar las curvas, y los relámpagos de las catenarias parecen tomar una instantánea nebulosa y crepuscular a la manera de Josef Sudek.

Ya las aves se alzaron en busca de climas más propicios, como hacían los aristócratas del XIX huyendo de sus gélidas mansiones para recalar en las amables costas mediterráneas, pero las cornejas permanecen vigías y traman lúgubres concilios arracimadas en los tilos, desde cuyas ramas llaman a rebato. Anuncian estas aves desde sus templos arbóreos la aparición del caminante, del viajero, del que aún no saben si va o regresa, si ha encontrado lo que buscaba o vuelve de vacío. 

El caminante, el viajero, se educa en su derrota invernal en las lecciones de lo sublime de Edmund Burke, que explica las deleitables alquimias del peligro, el tormento y el dolor, reflejados en los paisajes que se adivinan entre las brumas, en la musgosa densidad de los bosques, en los árboles solitarios de ramas crispadas por un clima inmisericorde. Y mientras desmadeja sus barruntos y sus dudas, el viajero, que además es artista, consciente de sí mismo, seguro de su libertad e indulgente con las imperfecciones de la vida —como dictó Isaiah Berlin—, maquina ideales con la intención de imponer su modelo estético a la realidad, acaso sin sospechar que las utopías terminan como la nieve virgen, o derretida o convertida en sucio barro tras ser pisoteada. 

Sin embargo, si el viajero viaja a Sajonia verá que Caspar David Friedrich no impuso en sus telas un modelo estético: encontró lo que buscaba en la misma verdad de la tierra. Los árboles de sus cuadros, de fantasmagóricas ramas rizadas, son los que se pueden ver camino de las ruinas de la abadía de Oybin, que también pintó en varias ocasiones. No son árboles impuestos a un paisaje inventado, como no son imaginadas las piedras de la abadía que arden en el crepúsculo de sus lienzos. Friedrich halló la convulsión de la Naturaleza; William Turner, lo brumoso de su esencia. Pero lo que descubrimos en tus cuadros, querido amigo, es otro tipo de abismo: el que ha sido creado por la quietud y el silencio. 

Es el abismo del tiempo detenido.

Milan Kundera elogiaba la capacidad que tenía la novela para desbaratar el espejismo del eje horizontal del tiempo. En las páginas de una novela pueden coexistir diferentes tiempos históricos gracias a ciertas añagazas técnicas que ligaran esa coexistencia sin perder la unidad. Para conseguir esa ligazón, algunos autores experimentaron con la fantasía, pero el mismo Kundera en La broma o Philippe Sollers en La Fête à Venise, encontraron otras maneras de «franquear pasado y presente». Kundera, a través de la fijación obsesiva de los mismos temas y motivos; Sollers, haciendo que los cuadros y los libros que observan y leen sus personajes les sirvieran de «puertas» por las que transitar al pasado.

Las puertas, no obstante, remiten a cierta horizontalidad del tiempo, así que más que puertas yo diría de los cuadros que son barrancos que separan el presente y el pasado. Tu Winterreise no es más que un tránsito por esos acantilados. 

Viajemos a Ústí nad Labem a través de tu lienzo. Nieve, calma y silencio. El bosque adivinado y un retazo de estación ferroviaria. La resaca de la mitad primera del siglo XX arrastró algunos pecios españoles a las orillas de Chequia, donde aún resuenan los pasos de aquellos hombres sobre quienes fijaste nuestra atención en tus pinturas y en tus libros. Antes pasaron por Praga Carmen de Burgos, Eduardo Barriobero, Josep Pla, Luis Suárez. Todos viajeros. Luego les llegó el turno a los estables en contra de su voluntad, a los exiliados. Durante unos años vivió en la capital checa Teresa Pàmies, que tanto contó y mucho más calló sobre los españoles comunistas residentes tras el telón de acero. Lo calló todo de su primer marido, Félix Barriga. Sorpresa: he encontrado una fotografía suya. Cabeza de campesino, cejas gruesas, una media sonrisa sardónica, la frente despejada y las orejas disparadas como un sabueso atento. 

Hay pocos que recuerden a Barriga. Gregorio Morán contó que era «un hombre de acción, simpático y pendenciero, hecho para la aventura, fanfarrón y mujeriego, agente del N.K.V.D. y retirado del servicio por “individualista” e “indisciplinado”». Un informe de la C.I.A. afinaba un poco más: «un viejo comunista, pistolero de las M.A.O.C. antes de la guerra y con buena puntería durante la contienda». Rafael Pelayo lo corroboró punto por punto en aquellas memorias suyas, tan extraordinarias, el primer testimonio mundial de la vida en el Gulag. Barriga, en Rusia, formó parte del ejército soviético. Abandonó el país en 1946 y marchó a México quizá bajo el nombre de Antonio Castejón, el alias que usaba en la U.R.S.S. Allí conoció a Teresa Pàmies y con ella y su hijo marcharon a Checoslovaquia, donde la emigración española se dividía en buenos y malos. Los comunistas obedientes, a Praga; los incómodos, a las fábricas de Ústí nad Labem, una pequeña ciudad del norte de Bohemia. Fuera de esa órbita, lo sabemos, andaba Manuel Tagüeña, casi un renegado, instalado en Brno. 

Tagüeña escribió sus memorias, y la manía polígrafa se extendió entre los miembros de aquella colonia: Teresa Pàmies, Enrique Líster, Juan Modesto, Antonio Cordón. Lo curioso es que un hombre como Barriga, más de armas que de letras, también dejara un libro para la posteridad. Transformó su experiencia en la guerra en una novela desconocida en España, A boj pokračuje, «Y la lucha continúa». Fue editada en 1953 por el Mladá Fronta, el Frente de Juventudes. La cubierta es bonita, ya sabes cómo trabajan allí las ilustraciones: un dibujo a dos tintas de un pueblo español. Por lo que he podido traducir, se trata de una novela centrada en la figura de un campesino que lucha en el frente de Extremadura durante la guerra civil. Habla de la represión de los nacionales y del apoyo soviético a la República. Debe de tener mucho de autobiográfica y está dedicada a Teresa Pàmies. 

Muchos de aquellos exiliados habían recorrido ya un buen trecho de su particular Winterreise, su particular viaje de invierno del desencanto, cuando los tanques soviéticos tomaron Checoslovaquia. De nuevo, como en 1938 tras la llegada de los nazis, se vio asediada la capital. Qué buscamos en Praga, y más en esta lúgubre estación donde nada y a nadie esperamos. Sombras, ecos lejanos, el contorno desdibujado de una época que tratamos de recomponer hurgando en las librerías, leyendo las crónicas de Egon Erwin Kisch o ese libro magnífico, Jarmila, una historia de amor en Bohemia, del checo Ernst Weiss, una de las víctimas citadas en Escoria de la tierra, ese libro fundamental de Arthur Koestler. 

En fin, siempre revolviendo en los osarios y entre cadáveres, viendo la Historia como un cenicero de hombres, hasta que ya resulta insoportable el grito estrangulado de los muertos. 

Es hora de volver.

Como no te gustan los caminos rectos, las sendas francas, y eres más amigo de los recovecos y las curvas, regresemos haciendo ver que huimos. Por Dinamarca, cárcel de Céline, la que en los mapas antiguos aparece citada como Gothia. Es la llamada de la mar, de las aguas frías que absorben del cielo los mil tonos del grafito, y que pese a la indiferencia que parecen proyectar, regalan sin embargo un horizonte definido y un punto de fuga.

Los pasos se amortiguan, se espesan las pisadas lentas y el abrigo se abraza al cuerpo como una cálida mujer aceitada de hermosura. Las aristas de las cosas se enmarcan en la pureza del aire frío y todo parece tomar su punto exacto de color en los días luminosos. Hasta en las inhóspitas llanuras de Jutlandia parece reverberar el sol escaso sobre los terrenos lacustres, y los árboles toman el tono morado que describió Josep Pla, cuando en sus viajes se encontró con los pastores daneses que encarnaban «el mito de la libertad, el vivir de cara a Dios y de espaldas a las apariencias pintorescas y vanidosas de este mundo», como si fueran personajes de Ingmar Bergman.

El espíritu se templa en este país, los bosques son oscuros sin alcanzar la esencia de lo tétrico, las aguas razonables de los lagos llaman al descanso y la contemplación. La luz no es esa barroca, dudosa, calderoniana y española que «hace más tenebrosa la obscura habitación», sino una luz azul que otorga realidad a las esperanzas. La tengo capturada en uno de tus cuadros. Los árboles se estrechan en franca armonía y lanzan «el disparo vertical de su vuelo» a los cielos como los cipreses en los camposantos. Ha llegado la hora de pasear entre sus troncos rumiando el regreso, de asomarse por última vez a observar cómo rompen las olas tímidas contra la costa rocosa, de escuchar la llamada de las confortables cabañas de madera y del humo de las chimeneas que anuncian la cena plácida y frugal y el reposo ineludible anterior a la partida.

Todo es infinitamente más consolador que asistir a las representaciones de este mundo, a la vana demencia ornitológica, gótica y corcovada, del material humano.

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2 comentarios

  1. viejecita

    Por si me deja opinar esta vez
    Me ha encantado este texto, y lo tengo en mi estupendo catálogo de la exposición de C.G.A.

  2. Javier Fernández

    Barriga pudo tener su 'Winterreise", los que asesinó no pudieron optar a ella.