Tengo que ir a Nueva York a hacer unas fotocopias. Sí, parece absurdo, pero no puede ser de otra manera. He intercambiado correos con un responsable de la biblioteca universitaria y la respuesta ha sido clara: no pueden enviarme fotocopias del documento, así que la única solución pasa por cruzar el océano, quedarme unos días en Nueva York y reproducirlo. Como no tengo un duro, ni siquiera para encargarle a nadie de allí que me haga el trabajo, asumo este contratiempo con mala cara y peor talante. Desde hace dos años no me sale nada a derechas y empiezo a estar hasta los cojones.

Como manera de atemperar la mala virgen se me ha ocurrido leer algún libro sobre Nueva York. No tengo el que escribió Eduardo Mendoza, aunque un amigo cuyas recomendaciones son siempre fiables me ha comentado que no merece la pena. Hace unos meses otro amigo me envió una primera edición española del Nueva York de Paul Morand. El paquete, que incluía otros libros, se perdió. Una vez más Correos ha hecho de las suyas. No obstante, en mi última visita a Barcelona conseguí la edición de Austral y espero leerlo pronto.

Mientras tanto me he entretenido con Nueva York: nivel de vida, nivel de muerte, de Ramón Carnicer. Se trata de la primera edición, la de Taber, y también lo compré en Barcelona. No hace mucho he leído de él Donde las Hurdes se llaman Cabrera, un magnífico libro publicado en 1964 en el que narra su viaje por las aldehuelas de la sierra de Cabrera. Seis años después publicó el del viaje a Nueva York, hecho en 1968. El contraste entre uno y otro es extraordinario, claro. Basta con comparar el marasmo de la serranía española y la revuelta social americana de los sesenta. Este contraste queda explicitado de forma muy clara por Carnicer, ya que observa ambos “paisajes” del mismo modo, con el mismo método los estudia y de la misma forma los retrata.

De este libro llaman la atención varias cosas. No me interesan tanto los datos que ofrece sobre delincuencia y sociedad o sus reflexiones sobre el inquietante periodo que le tocó vivir como sus observaciones cotidianas –démosles el nombre de costumbristas y saquemos este adjetivo del baúl de lo despreciado. Y me interesan porque estas observaciones están siempre tratadas con humor. Con un humor negro, la más de las veces. Y un humor, además, que no siempre es consciente. Por ejemplo, resulta risible su actitud de rechazo hacia los homosexuales y los judíos. No es irritante sino divertido por lo que tiene de ridículo, al menos visto desde ahora, cuarenta años después. ¿Qué otra actitud iba a tener un español de esa época? Otra de las observaciones sobresalientes de Carnicer tiene que ver con la depresión. Lo que parecía ser el problema de una compañera de departamento se hace extensivo a muchos otros profesores de la universidad donde está trabajando y está muy cerca de atraparle a él. Carnicer está dando unos cursos en el departamento de lenguas románicas. La mayoría de los profesores no son norteamericanos, sino que provienen de los países cuyas lenguas son objeto de su docencia. La lejanía de sus hogares, la diferencia de costumbres y la soledad les afecta a todos ellos. Muchos terminan cayendo en una depresión terrible que curan con medicamentos, reposo y la ayuda del resto de compañeros, que se turnan para acudir a horas intempestivas a casa del enfermo con el fin de hacerle compañía y evitar un suicidio más que probable. Una última anécdota, quizás la más sorprendente de todas. Carnicer acude regularmente a la biblioteca pública de Nueva York. El primer día, después de haber consultado unos ejemplares, va a los servicios a lavarse las manos. Los describe minuciosamente, pues se trata de algo que no es tan habitual en España. Nos informa de que hay dos secciones, una dedicada a las aguas menores y otra a las aguas mayores. Para entrar en los retretes hay que depositar una moneda de diez centavos en la ranura de un mecanismo situado en la puerta. Carnicer observa atónito cómo una persona está defec… vamos… cagando, en un retrete que no tiene puerta. Acude al guardia y le da parte de lo ocurrido. El guardia le explica que no hay ningún problema. La biblioteca ha habilitado varios retretes sin puerta para la gente que no tiene diez centavos o que no quiere gastárselos por cagar en un lugar público. Carnicer disimula su asombro con la indignación y se pregunta si alguien ha pensado en la dignidad humana. Uno no sabe si se refiere a la dignidad del observado, del observador o de ambos.

Pero esto ocurrió hace cuarenta años. Tengo diez centavos para meterlos en cualquier ranura. Hasta unos dólares gastaría en la cabina de un peep-show, si hiciera falta. Pero lamentablemente no puedo alargar la mano hasta esos benditos mecanismos. Imitaré la peripecia de Manolito, el personaje de Elvira Lindo, en cuya familia existía una tradición irrenunciable: la de no haber visitado nunca Nueva York.