Pla y Beltrán. Hogueras en el sur: (poemas campesinos)
Valencia: Ediciones de la UEAP, 1935.

Para entretener la espera y mientras se prepara la siguiente serie propuesta por El Rufián Melancólico sobre García Atadell, Paracuellos y Amor Nuño, ofrecemos en este espacio tres semblanzas del poeta comunista Pla y Beltrán. La primera puede encontrarse en el Diccionario de las vanguardias de Juan Manuel Bonet. Se trata de una introducción tan breve como completa a la vida y la obra de este poeta jorobado por el trabajo fabril, pastor en su infancia y analfabeto en su juventud, que se labró su biografía a golpe de voluntad y de rabia. La segunda semblanza es de carácter autobiográfico y se publicó originariamente en Moscú en 1934. Un año después encabezaría, como prólogo, su librito -trece por nueve- Hogueras en el sur, un poemario con ilustraciones de Francisco Carreño Prieto. La última semblanza es, curiosamente, la primera que leí sobre Pla y Beltrán y que me llevó a comprar Hogueras en el sur en una librería de Trujillo. Pertenece al prólogo que Gonzalo Torrente Ballester escribió para su obra completa, que lamentablemente quedó reducida a un primer volumen, sin continuidad hasta ahora.

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Pla y Beltrán, Pascual (Ibi, Alicante, 1908-Caracas, 1961). Poeta que pasó parte de su adolescencia en Alcoy, donde fue obrero textil –un duro trabajo que lo dejó jorobado- y en cuya prensa publicó sus primeros versos. Desarrolló la mayor parte de su carrera literaria en Valencia, y en castellano. Irrumpió con un libro modernista, La cruz de los crisantemos (Alcoy, 1929), con prólogo de José Alcina Navarrete. Su siguiente entrega, Huso de eternidad (Alcoy, Renovación, 1930), con dos poemas de Miguel Alejandro, retrato por Renau y cubierta por “Juanino” (Juan Renau), debe adscribirse, pese a ciertas reminiscencias modernistas, a la órbita del 27, siendo destacables composiciones como “Romance de palmera a orillas del río”, “Canción ingenua del limonero”, “Romance en el bulevar de los noctámbulos” y “Marinero músico”. En 1931, año en que fundó Murta junto con Duyos y Ramón Descalzo Faraldo, ingresó en la Juventud Comunista. Al año siguiente pasó una temporada en la cárcel. Ya plenamente incorporado al PCE y a la UEAP –también firmó el manifiesto de la Asociación de Amigos de Nuestro Cinema-, practicó una poesía social de un radicalismo extremo, en sus libros Narja, Poemas proletarios (Valencia, Pascual Quiles, 1932) –considerado por Enrique Montero como “el primer libro de poesía comprometida proletaria publicado en España)-, Epopeyas de sangre, 7 poemas revolucionarios (Valencia, UEAP, 1933) –con cubierta de Renau- Hogueras en el sur (Poemas campesinos) (Valencia, UEAP, 1935) –precedido de un prólogo autobiográfico-, Voz de la tierra (Poema en rebelión) (Valencia, 1935) –inspirado en la Revolución de Asturias- y Camarada (Poema del amor y de la angustia) (Valencia, UEAP, 1935) –con cubierta de Juan Renau-. De él ha dicho Víctor Fuentes que “de procedencia obrera, es nuestro auténtico representante de la poesía proletaria o bolchevique”. Él mismo, que solía firmar simplemente “Pla y Beltrán”, calificaba entonces sus poemas de “gritos”. Tradujo, en Isla, y en colaboración con David Vigodsky, a Velimir Khlebnikov. En los dos últimos libros citados, sin embargo, se advierte un mayor cuidado formal, y una decantación neo-romántica. También cultivó el teatro: Seisdedos, Tragedia campesina (Valencia, UEAP, 1934). Noreste proyectaba publicarle un libro; su director, Seral, le dedicó uno de sus Poemas del amor violento (1933). Durante la guerra civil, incorporado a la Alianza de Intelectuales Antifascistas, publicó diversas obras –entre ellas Poesía revolucionaria (Antología: 1932-1936) (Valencia, Nueva Cultura, 1936) y Uno de blindados (Valencia, Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, 1938)- y colaboró en Hora de España –donde escribió sobre el compositor mexicano Silvestre Revueltas- y El Mono Azul; en 1937 viajó a la URSS –que le inspiró el poema “Salud Moscú”- y a Finlandia, Suecia, Dinamarca y Francia; Carlos Palacio y Lan Adomian pusieron música a poemas suyos. Al término de la contienda pasó siete años en la cárcel. Tras ser liberado publicó, bajo el seudónimo “Pablo Herrera”, dos libros: uno de versos, Poesía (Valencia, Cosmos, 1947), en el que, según Max Aub, “hay que buscar lo mejor suyo”, y otro de cuentos, Cuando mi tío me enseñaba a volar (Valencia, Cosmos, 1948), con ilustraciones de Carreño, Genaro Lahuerta, Monleón, Pedro Sánchez y otros artistas. Encontramos su firma en las revistas de los años cincuenta, como la alicantina Bernia. En 1955 marchó a Santo Domingo, de donde posteriormente pasó a Venezuela, país del que adoptó la nacionalidad, y en cuya Biblioteca Nacional trabajó. Manuel Aznar Soler ha seleccionado y prologado una Antología poética (1930-1961) (Valencia, Ayuntamiento, 1985) de su obra. También existe una antología de Escritos de Pla y Beltrán (Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1987), seleccionada y prologada por José Manuel Castañón, y que recoge sus textos venezolanos. Antonio Gracia le ha dedicado una monografía, Pascual Pla y Beltrán, vida y obra (Alicante, Instituto de Estudios Alicantinos, 1984).

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Noticia autobiográfica

Nací en la villa de Ibi, provincia de Alicante, el once de noviembre de 1908. Hijo de un jornalero y una lavandera. Mi infancia fue desarraigada y zigzagueante. A los seis años, siendo yo el mayor, tenía que cuidar de mis tres hermanitas. El hogar de mis padres era muy humilde. Faltaba el pan. Emigré al campo. De los siete a los nueve fui pastor de ovejas. Este fué el tiempo más feliz de mi vida. Bebí en su luz pura el sol y el agua de los arroyos.

Hubo un accidente entre mis padres. Se separaron. Mis hermanitas y yo seguimos el rumbo de mi madre. Esto hizo que abandonara el campo y entrara de aprendiz de molinero. Después nos trasladamos a Alcoy. Estuve en una casa de bicicletas hasta llegar al oficio que más profundamente tenía que ensombrecer mi vida. Fui hilador mecánico. Durante ocho años las filaturas alcoyanas aplastaron mi
corazón y mi cerebro. Mi columna vertebral se dobló en un tres arbitrario que me estigmatiza la existencia.

Tuve tiempos de lucha. La línea de mi vida tenía dos paralelos: la literatura o la fábrica. La primera significaba e hambre; la segunda, el agotamiento, la tuberculosis y la muerte. Entre la oscuridad de los dos caminos elegí el primero. Tenía para mí más atrayentes. Siendo completamente analfabeto me llamaba apasionadamente la literatura. Dejé la fábrica. Fui a Valencia y viví como pude. Dieciséis horas diarias de biblioteca me parecían poco. Leí bastantes libros malos. Me fui orientando: Cervantes, Tolstoy, Miró, Valle-Inclán…

Hice mis primeros poemas y artículos. Empecé a publicar en periódicos de provincia. En 1929 una de mis hermanitas estuvo al borde de la muerte. Necesitaba dinero. Se organizaron veladas en algunos centros proletarios. Leí mis poesías a los obreros. Después las publiqué en un tomito titulado “La cruz de los crisantemos”. Eran unos versos románticos y anarquizantes que en los medios oscuros acogían con bastante sinceridad.

Giré caminos. Leí a los últimos poetas y me incorporé a las vanguardias literarias. Mi libro “Huso de eternidad”, aparecido en 1930, es un tránsito hacia lo “puro”.

Tuve un momento de silencio: “conspiraciones” con los políticos pequeño burgueses y reportajes en las revistas más populares. Proclamación de la República. Apartamiento de lo antiguo y acercamiento a lo nuevo. Ingreso en la Juventud Comunista. Lectura de libros de Lenin. Primeros poemas revolucionarios. Agitación. La cárcel.

En 1932 rompo el fuego de la poesía revolucionaria en España con mi libro “Narja”. Sigo esta línea.

Me gustaría viajar. Cuando pueda iré a Rusia y China.

He trabajado en la constitución de la Unión de Escritores y Artistas Proletarios de Valencia.

Actualmente pertenezco al Partido de Lenin. Vivo humildemente.

P. y B.

(Esta nota se publicó en “La Littérature Internationale”, de Moscou, número 1, 1934)

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Nos fuimos a Valencia […]

Por el librero Miguel Juan, en su tienda seguramente, había conocido a algunos jóvenes escritores locales. La historia nacional los había partido ya en comunistas y anti. Entre los comunistas, había uno, poeta, Pla i Beltran (no sé qué habrá sido de él), especialmente atacado por los otros, y no sin motivo, porque acababa de publicar un libro de poemas resueltamente blasfemos. Concebí por él, enseguida, una singular ternura, porque era deforme, una especie de garabato, Quasimodo del Turia, y tenía talento. Solía defenderlo, él ausente (pero llegó a enterarse y me lo agradeció), porque, con aquella joroba y aquellas piernas, de no ser un santo, ¿qué iba a ser sino blasfemo? Alguna vez hablé con él, a solas, y vi que no era malo, y las razones de su resentimiento estaban tan a la vista que sólo esa ausencia de caridad que suele engendrar la pasión política aun en los mejores, puede explicar la inquina general de que era víctima. Años después, muchos años después, tuve ocasión de conocer y tratar a un ciego de nacimiento, muy inteligente, poeta y músico: resentido feroz, quizás haya sido en su alma donde vi o adiviné la presencia del mal, desnudo y pujante. Oyéndole, tuve al diablo cerca de mí, no al divertido y tierno trasno familiar a los gallegos, sino a ese otro que se agita en el fondo de tantas biografías de poetas. A su lado, Pla i Beltran, con sus blasfemias, sus cárceles y sus hambres, con la disimulada resignación y asunción de su desgracia, casi era una buena persona.