La primavera parece rasgar los últimos restos del invierno, como nosotros rasgamos la etiqueta del precio de un regalo (¡oh!) Luce el sol pero todavía no acompaña la temperatura y le cuesta arrancar a la hierbabuena y las patatas que sembré hace unos días. Los pájaros siguen sin asomarse a mis macetas pese al reclamo nutritivo y refrescante con que los requiebro y dudo que los chiles que traje de México hace unos años terminen por brotar, aunque hace dos temporadas surgió una mata majestuosa que no llegó a dar sus frutos por la mera torpeza de este granjero de balcón que les escribe.

Luce un sol que ennoblece mi celda y mi alma, pero un complicado mecanismo psicológico me lleva a exigir una buena tormenta que haga acompasar el ritmo de la lluvia y el redoble de los truenos con el tenue tableteo de mi teclado.

Trabajo mucho y leo poco. Esto es mentira, porque no paro de leer, pero solamente espantosas monografías sobre el Muro, artículos sobre detalles nimios en el marasmo y el hipérbaton constante de la lengua de Goethe, ese canalla que prefería una injusticia al desorden. O sea, que trabajo mucho y leo poco.

Me obligo de tanto en tanto a mecerme en la lectura placentera. Hace años leí un librito sensacional, He aquí Nueva York, de E. B. White y editado por Minúscula. Cuando Capitán Swing dio a la luz estos Ensayos, no dudé ni un instante en hacerme con ellos. Hace ya unos meses de esto y les ha tocado el turno, aunque más bien diría que me ha tocado a mí la suerte después de haber hecho cola todo este tiempo.

Llevo leídos solamente seis, pero han sido tan generosos que les debo ya lo que jamás podré devolverles. Me fascina la ironía bienhechora de White, su humor apacible bajo el que esconde el acero de sus ideas, porque la carcajada que me provoca —que siempre agradezco aunque la tenga fácil—  parece el leño que alimenta la anticuada estufa de pensar que algunos tenemos por cerebro.

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Los callos, de impresión, pese al exceso de clavo. Me preocupa esa inquietud del paladar que parece producto de la adicción al café. Más me preocupa el retorno, que quizá tenga lugar la semana que viene.

Cuanto más leo y escribo sobre el Muro, más desprecio siento por el ministro del chándal, el de la cara podrida. Sobre todo porque he descubierto ahora que su pose no es producto de su evidente estulticia, sino una provocación surgida de sus lodazales ideológicos, con un fin tan concreto como dañino.