Qué mejor época para hablar de los libros que leímos en las vacaciones que los primeros días de otoño, cuando la luz se apaga lentamente, heraldo de fríos venideros. Llegarán los momentos de encierro y de silencio y aprovecharemos algunos días de asueto para volver a sentarnos -o a tumbarnos- y leer de nuevo varios libros de un tirón. En verano lo hicimos al aire libre, buscando una sombra y un refresco; en invierno habremos de hacerlo buscando el refugio del calor. Mientras tanto, durante el otoño, leeremos obligados alguno de esos libros útiles para nuestro trabajo. Libros marcados por la obligación. Libros de lectura a ráfagas, rápida en algunos momentos y detenida y minuciosa en otros. Libros que nos desloman, en definitiva. Hay momentos en que conviene planear la huida. De ahí que convenga echar la vista atrás y recordar esas novelas que nos hicieron olvidar la realidad por un momento. Todas buscan enseñarnos algo más del ser humano y de la época que le ha tocado vivir, pero al hacerlo mediante la ficción nos reconforta saber que toda la oscuridad que nos muestran puede quedar atrapada, como si cerrar el libro fuera cerrar la caja de Pandora.
En una semana leí siete libros. Sin parar, abandonado al placer de la fuga en la ficción. Pasaban uno tras otro, excelentes todos. Un momento que sólo puede repetirse en las vacaciones. Que ha de repetirse en las de invierno. Que me veo obligado a repetir.

Los confines, de Andrés Trapiello. No fue una lectura, en sentido estricto, sino una relectura. Sin duda, la mejor novela española publicada en los últimos años. Y no me cansaré de repetirlo: con el título más bello que recuerdo. Narrada desde los confines, los protagonistas los alcanzan gracias a un amor puro y limpio. Tan puro y limpio que resulta incomprensible para los demás, y que trasciende a sus propias vidas. Las de los protagonistas derivarán, finalmente, en una sorprendente historia de redención. [Comprar el libro]

El embrollo, de Jim Thompson. El título más preciso que haya visto nunca. La novela es un embrollo desde el primer párrafo, donde en una habitación descrita como desnuda, sin ni siquiera una silla, aparece una sin venir a cuento. La angustiosa indeterminación y aparente inverosimilitud con la que está escrito el libro lo hace enormemente atractivo.

Un turista en Tahití, de Georges Simenon. Posiblemente uno de los libros más desconocidos de Simenon. Basta echar un vistazo en google. Como todos los suyos, excelente. El ambiente febril de sus novelas parisinas se traslada incólume a la isla de Tahití, adonde un extranjero llega para quedarse. Un asesinato, unas suposiciones y un microcosmos de personajes paralizados por el clima y la estática rutina.
La ventana alta, de Raymond Chandler. Una de mis primeras incursiones en la novela negra de habla inglesa. Hace años comencé de forma casual con los franceses. Pronto me centré, casi de forma exclusiva, en los españoles y el sucio pincel con el que pintaron los desasosegantes años de la transición. No me imaginaba a Marlowe tan vulnerable. Ha sido una delicia leer esta novela.

La llave de cristal, de Dashiell Hammett. Hammett se ha convertido en un mito para mí. Me han bastado dos novelas. Si, como dice mi amigo Pepín Calaza, una novela ha de enseñar algo del alma humana y del tiempo que le toca vivir, las de Hammett alcanzan la perfección. Uno se sume más gustoso en su lectura cuando sabe algo de la vida de este ingenioso borracho y de su amante, Lilian Hellman, que anduvo por nuestra guerra civil como periodista. El protagonista de la novela, un tipo inteligente y bebedor, pone la amistad por encima del honor. Habría que ver qué hay de Hammett en Muerte entre las flores, de los Coen.

El hombre delgado, de Dashiell Hammett. Me he reído a carcajadas con los diálogos de esta grandísima novela. Los protagonistas son un matrimonio perfecto, lo que no deja de ser sorprendente. Tratan de averiguar el paradero del hombre delgado pese al empeño que ponen algunos extravagantes personajes en que no lo consigan.
Un pedigrí, de Patrick Modiano. La calma, la minuciosidad y la precisión de este autor se acompasan perfectamente al ritmo estival, ese marasmo tan placentero. Leí a Modiano gracias a la recomendación del Rufián Melancólico, habitual de esta biblioteca, y se lo agradezco públicamente.

La canción del pirata, de Fernando Quiñones. Uno de los libros de mi vida. Como en el citado primero, se trata de una relectura. Una novela magistral que aúna la tradición picaresca con la novela de viajes y aventuras de los soldados españoles del siglo XVII. Un lenguaje cuidado hasta el detalle más imperceptible, y perfectamente inteligible. Merece entrada aparte en esta biblioteca de derrotas y vaivenes.