Creo que fue este libro el primero que leí de Joseph Roth. En una charla en la Fundación Juan March, el traductor Miguel Sáenz comentaba a Luis Gago, con esa ironía que no puede ocultar una verdad incontestable, que él traduciría a Roth sin cobrar ni un duro. Escuchen la conferencia, porque les alegrará el día.

Roth se ha convertido para mí en un autor fundamental, y lo tengo alzado en mi particular parnaso junto a Arthur Koestler. Creo que ambos, desde la nebulosa ficción el primero y desde el análisis autobiográfico el segundo, han dado testimonio del siglo XX explicando cómo se desmoronó el antiguo régimen y cómo las utopías políticas fueron incapaces de levantar nada que no fuera más  que odio y destrucción. Por cierto, perdí hace poco en el tren el libro que estaba leyendo de él, Tarabas. Me quedaban pocas páginas y no podré hacerme con un nuevo ejemplar hasta que las aguas víricas se calmen. Por fortuna, seguirá habiendo librerías y bibliotecas a las que acudir.

Hace unos meses leí este artículo de Manuel Arias, Ventanas epistémicas: seis lecciones catalanas, en el que cita a Roth:

«La desesperación y el pesimismo que marcaron a un buen número de intelectuales del siglo XX se nos han hecho de golpe inteligibles. […] también pensadores como Heidegger, Strauss, Arendt o Voegelin, por no hablar de novelistas como Roth o Mann o Céline, se nos hacen ahora ‒en toda la pluralidad de sus desesperaciones‒ más comprensibles que antes. No estamos donde ellos estuvieron, ni seguramente habríamos llegado a estarlo. Pero si recordamos los primeros días de octubre, y evocamos las imágenes que nos dejaron, podemos aún sentir el estremecimiento del desorden civil: las calles llenas de huelguistas, los escraches a las fuerzas de seguridad, los mossos cantando Els Segadors ante la multitud enardecida, conatos de violencia entre ciudadanos, la extrema izquierda alinéandose con el separatismo para forzar un cambio de régimen. Ha salido bien, pero podría haber salido mal».

Esa es la lección de Roth: todo puede salir mal. Y hay que actuar en consecuencia, aunque solo sea desoyendo los cantos de sirena que, gozosos, anuncian el fin del capitalismo que tanta angustia causa a los privilegiados con sentimiento de culpa.

***

Me desayuno con la prensa, como los hombres de bien, y leo las primeras líneas de un infecto artículo de Javier Sampedro: «El empeño denodado de los nacionalismos por compatibilizar la crisis pandémica con sus fantasías identitarias empieza a resultar patético incluso para quienes no militamos en el campo contrario de lo jacobino».

Análisis somero:

  1. «empieza a resultar». ¿Ahora, Sampedro? ¿Ahora? ¿AHORA, SAMPEDRO? ¿En serio? ¿EN SERIO? ¿Ahora? ¿Sampedro? ¿AHORA, SAMPEDRO? ¿Sí? ¿En serio, Sampedro?
  2. «patético». Convendría a los almuédanos que nos cantan las verdades desde sus columnas que aprendieran a economizar este adjetivo para usarlo con seria conveniencia.
  3. «el campo contrario». ¿Cuál es el campo contrario al nacionalismo sino el antinacionalismo, Sampedro? El nazismo empieza a resultar patético incluso para quienes no militamos en el campo contrario de lo jacobino. El polpotismo empieza a resultar patético incluso para quienes no militamos en el campo contrario de lo jacobino. Las violaciones empiezan a resultar patéticas incluso para quienes no militamos en el campo contrario de lo jacobino. Los asesinatos empiezan a resultar patéticos incluso para quienes no militamos en el campo contrario de lo jacobino.

La clave está en el final del primer párrafo (y no he continuado más allá). «Qué pesadez», dice Sampedro. Este es el verdadero motivo por el cual los modorros se sacuden la modorra: la pesadez. No les importa la conculcación de los elementales derechos democráticos que están atacando los nacionalistas, su antidemocratismo o su totalitarismo. Su verdadero crimen, para esta gente, es que les jode la siesta. Recuerdo aquella frase de Arcadi: un equidistante es aquel que entre la salud y la muerte elige la enfermedad.