“Cuando fui observando sus características, entre las que destacaba su cobardía —nadie puede decir que lo haya visto jamás en una trinchera en primera línea—, su falta de humanitarismo y su desprecio por la vida de los combatientes, sus ridículos aires de estratega y sus estúpidas poses napoleónicas, yo me preguntaba cómo semejante cretino podía haber sido nombrado jefe del Quinto regimiento”

Así retrata Lister a Enrique Castro Delgado en su libro Nuestra guerra. No ha de extrañarnos la saña, el rencor y el odio que exudan sus palabras. Castro arremete contra Lister en sus libros, donde aparece éste como un alcohólico durante la guerra y como un pelele durante el exilio en Moscú.

La mención al Quinto Regimiento nos lleva a la historia de su fundación y a las diversas interpretaciones que se han hecho de ella. Por un lado, Dolores Ibarruri, Juan Modesto y otros afines negarán o silenciarán la importancia de Castro en la creación del Quinto Regimiento. Por otro lado, la certificarán, además del propio Castro, gentes como Julián Gorkin o Comin Colomer, pertenecientes todos al grupo de los renegados.

Defraudados, mancillada su fe en una ideología por la que han luchado con fiereza, la amargura y el rencor de la injusticia se verterán en la denuncia de la falsedad, la mentira y las atrocidades cometidas por el Partido Comunista. Se han sabido monigotes en manos de los superiores rusos. Algunos llegaron a asesinar para cumplir con el sueño comunista. Cuando éste se desvela como pesadilla y desvanece las ideas nobles que les impulsaron a tomar las armas, el charco de sangre y miseria que se presenta ante sus ojos les obliga a la expiación mediante la escritura y la denuncia.

“De la historia del pueblo español se ha escrito mucho. Unos con más razón y otros con menos, cada cual ha querido encontrar en esos treinta y dos meses de epopeya las páginas de su heroísmo. Pero sobre la verdad de nuestro pueblo han caído con afanes de saqueadores los exegetas del comunismo staliniano, la ganzúa de los escritorzuelos pagados en rublos, tratando de perpetrar el más villano atraco a la verdad histórica. No ignoramos que entre los comunistas, durante la guerra, hubo […] auténticos valores humanos que se batieron y murieron lealmente por la causa de la libertad. Para ellos, todos nuestros respetos y nuestra gratitud emocionada. Pero por ellos y por los cientos de miles de caídos con las banderas republicanas desplegadas en la garganta, tenemos el deber de denunciar a esos falsificadores de la historia, gritando a los muertos y los vivos, la servil dependencia de los “dirigentes” del Partido Comunista de España, quienes bajo la inspiración de sus mandatarios del Kremlin, ensuciaron la causa por la que se batía el pueblo español”. (Jesús Hernández. Yo, ministro de Stalin en España)

Entre los renegados, Jesús Hernández, depurado junto a Castro Delgado. La historia de esta depuración la cuentan el propio Castro, en Mi fe se perdió en Moscú, y Hernández en Yo, ministro de Stalin en España. También Gregorio Morán se refiere a ella con cierto detalle y rigor histórico en Miseria y grandeza del Partido Comunista de España (páginas 70-74).

Rufián: Altavoz del Frente, servicio radiofónico para los combatientes, fue una creación de Hernández como Ministro de Instrucción pública. Su mejor aportación a la historia del agitprop de guerra. Al igual que Sabdoval en París también él echó mano del teatro para atraer a “las masas”.

Rescatamos los textos del Rufián Melancólico sobre Jesús Hernández:

Jesús Hernández Tomás es una figura que no puede faltar en esta galería de fantasmas. Su destacado papel en los avatares de la historia del comunismo español, su íntima amistad con Castro y la similar deriva de sus biografías políticas, de la cúspide a las tinieblas exteriores, merece que nos detengamos en él. Lo haré en sucesivos post.

Había nacido en Murcia en 1907 y apenas niño se trasladó junto a su familia a Bilbao. A la edad de diez años trabajaba ya en la margen izquierda del Nervión. A los catorce era un activista de primera línea en las luchas obreras y fue a tan temprana edad uno de los fundadores del Partido Comunista de Vizcaya. Como bién dijo Gregorio Morán en su “Grandeza y Miseria del PCE” Hernández, perteneció a la generación de comunistas vascos de las tres “Pes”: putas, política y pistolas. A los quince años, en 1922, era guardaespaldas de Oscar Pérez Solís, Secretario General entonces de aquel Partido Comunista de España que tenía al frente de sus juventudes a Agapito García Atadell. De estos días ha quedado para el recuerdo el intento de Jesús Hernández de asesinar al dirigente socialista vasco Indalecio Prieto y también el intento fracasado de volar el periódico que éste dirigía, “El Liberal” de Bilbao. Cooptado al Comité Central del partido en 1930 Hernández marchó a Moscú al proclamarse la República donde recibió formación política e ideológica en el Instituto de Ciencias Marxistas-Leninistas. Regresó a España en 1933 pasando a formar parte del Comité Ejecutivo del Partido como secretario de agitación y propaganda, cargo que le llevó a la redacción del periódico Mundo Obrero. Fue aquí donde Enrique Castro lo conoció:

“Jesús Hernández era algo más que de mediana estatura, flaco, con gafas, cargado de hombros. Demasiado joven y después de unos sucesos en Bilbao, que han pasado a la historia del movimiento obrero, sin razón conocida fue enviado a la Escuela Leninista. Golfo, mujeriego y amigo del buen vivir. Orador fácil, aunque no muy brillante, con ciertos aires de intelectual que rompía un poco la monotonía de aquellos hombres iguales. Fue un hombre modelado por Moscú a su gusto, porque no era ni acero norteño ni roca castellana. Un hombre que casi sin transición pasó de la masa a la cúspide, en donde generalmente se acaba el hombre. (…)

La redacción de Mundo Obrero se instaló en la calle del C
ardenal Cisneros, en el primer piso de una casa modesta. Los redactores trabajaban en una sala grande y en una mesa colectiva. Vicente Uribe, el director, en una habitación aparte. Trabajaba con todo cerrado, con la boina puesta, el gesto duro, textos de los clásicos sobre la mesa… Cuando escribía parecía un animal hembra en un mal parto. Pero el enano se creía un gigante… Cualquiera que le interrumpiera era recibido con una mirada que era una blasfemia. No hacía más que el editorial, cuando lo hacía, pero era la tarea que consumía toda su jornada de director. Alguna que otra vez abandonaba el despacho, salía precipitadamente hacia la calle del Pez que tenía sus encrucijadas de carne a precio y allí se estaba lo que el cuerpo le pedía o el dinero daba de sí. Cuando regresaba se metía en el excusado, orinaba y otra vez al despacho, a hurgarse en el alma de los clásicos.

Y la boina en el mismo sitio.

Allí conoció Castro a Jesús Hernández y a Cabo Giorla. Venían de Moscú. Hernández consagrado. Lo decía su porte y un abrigo de piel que en Moscú solo se daba a los altos funcionarios. Pero era simpático, asequible y siempre con ganas de hablar a todos de la “Casa”, que por este nombre se conocía a Rusia”

Enrique Castro Delgado. Hombres made in Moscú. Barcelona: Luis de Caralt, 1963

Rufián: Hernández y Uribe, el enano que se creía un gigante de la Agit-Prop

Las palabras del Rufián sobre la participación de Hernández en el intento de asesinato de Prieto nos llevan a Max Aub:

Folleto de Indalecio Prieto acerca del libro de Jesús Hernández. Basura sobre basura. Una vez más: no quiero hablar mal de ningún español mientras estemos “fuera”. Pero esa confesión de P[rieto] asegurando que era amigo del jefe de la policía de Bilbao –en tiempos de la monarquía- y esa insensatez: ¡asegura que los soviéticos no enviaron suficiente material de guerra a España porque él no quiso trabajar de consuno con ellos! Si fuese verdad resultaría él culpable de la derrota, por motivos puramente personales, por vanidad y vanagloria, por un “a mí esos no me la dan”, porque aunque se hubiese puesto de acuerdo con los comunistas no por eso se hubieran hecho éstos con España en aquellos momentos, ni después. Prieto es uno de los hombres más funestos que ha tenido España.

(Max Aub. Diarios: 1953-1966). México: CONACULTA, 2002, entrada del 7 de mayo de 1953)

Aub se refiere al libro de Prieto Yo y Moscú y al libro de Hernández Yo fui un ministro de Stalin, editado en México en 1953. Un año después lo publicaría en España la editorial Nos, con prólogo y comentarios de Mauricio Carlavilla, quien se enfrentó a tiros con Hernández en los sucesos de Bilbao. Carlavilla denuncia en las notas a pie de página los devaneos de Hernández con la mentira y el olvido. Así, cuando éste clama contra la matanza de Katyn (explicada, por cierto, por Giménez Caballero en un libro interesantísimo), aquél le reprocha que no haga mención a las matanzas perpetradas por los comunistas, y cita concretamente el caso de Paracuellos. El inicio del prólogo de Carlavilla es toda una declaración de intenciones:

El 23 de agosto de 1923, el autor del libro, Jesús Hernández Tomás, y el autor de este Prólogo, Julián Mauricio Carlavilla, cruzaban unos balazos en la calle de Mazarredo, en Bilbao, frente a la desembocadura de la calle Ercilla, donde tenía su redacción y talleres el diario “El Liberal”, del cual era propietario y director el diputado socialista Indalecio Prieto.

Hoy, 23 de agosto de 1953, a los treinta años justos, volvemos Jesús Hernández y yo a cruzar, no nuestras balas, pero sí nuestras palabras, por mi parte, con la misma intención de acertar.

Continúa el Rufián:

Dormitorio de niños españoles en la residencia Pirogovskaya. Casa nº 7. Moscú.

Dicen todas las crónicas que Hernández fue uno de los pocos dirigentes del Partido que se interesó en la Unión Soviética por la suerte de los niños españoles. Este y otros detalles de humanidad y cercanía con aquella emigración enfrentada a las penalidades de un exilio tan duro como el ruso le granjearon el afecto y el apoyo de las bases del Partido. Esa era su principal fuerza para disputar a Pasionaria la secretaría General a la muerte de José Díaz. Enrique Castro Delgado le acompañaba en ocasiones a visitar las colonias de españoles dispersas por la geografía soviética.

“Al fin por la tarde vamos a visitar a nuestros camaradas de la fabrica “Molotov”. Viven en un piso de una casita de madera de la “colonia Americana”. Una puerta estrecha, baja de techo. Oímos las voces de los camaradas que vienen a nuestro encuentro.

Nos abrazan, nos hacen mil preguntas y después nuestro turno. ¿Que pasa? Y las divergencias aparecen en seguida. Unos acusan, otros se defienden acusando a su vez. El grupo está dividido. ¿Porqué?

Todavía no lo han dicho, pero empezamos a comprender; 300 rublos mensuales, un trabajo agotador que les obliga a echarse sobre sus camastros a la vuelta de la fábrica y a esa estrecha vivienda… decidimos una reunión para la tarde.

A las siete todos los camaradas se hallan ante la casita. Los dirigentes del grupo acusan a Manuel Vidal de entregarse a un trabajo de zapa para tomar la dirección. Este se defiende, afirmando que los actuales dirigentes no protegen los intereses del grupo español.

Hernández toma la palabra. Lo hace con tacto, sin ataques a nadie; al contrario, esforzándose para restar importancia al conflicto con vistas a facilitar la conciliación… Habla del futuro, del carácter transitorio de las actuales dificultades y de la necesidad de estar preparados para un cercano regreso a España.

Prometemos a nuestros camaradas allanar una gran parte de sus actuales dificultades. Al fin ha vuelto la cordialidad, las sonrisas forzadas han desaparecido y la alegría es general. (…)

De regreso al hotel, me asaltan amargos pensamientos; nuestros camaradas tienen hambre, van vestidos con harapos y viven amontonados los unos sobre los otros. (…)

Se acerca la primavera y se teme que los alemanes renueven la ofensiva. La situación es grave; la penuria de productos alimenticios se presenta cada vez más catastrófica; la gente cada día peor vestida; nuevas categorías de ciudadanos son movilizados y se obliga a los obreros a aumentar sin cesar la producción.

Los refugiados españoles se hallan en una situación lamentable. Un gran número de “colectividades”, salidas de Ucrania en los primeros días de la guerra, han estado más de dos meses en los trenes, viviendo en las plataformas con temperaturas de más de treinta grados baj
o cero. De esta forma han cruzado Siberia… Gran parte de ellos no han llegado al término del viaje…. En Asia la situación es espantosa. “El Campesino” se ha hecho matador de perros para poder vender la carne en el mercado de Tachkend. Otros se dejan morir, procurándose en los momentos libres la madera necesaria para hacerse su ataúd”.

Enrique Castro Delgado. La vida secreta de la Komintern. Madrid: Epesa, 1950

José Díaz. No le dio tiempo a ser un renegado. Oficialmente murió por enfermedad. Lo cierto es que cayó por un balcón, y hay quien dice que lo tiraron. El relato de Castro sobre la muerte de José Díaz merece entrada aparte.