Inicio, por tercera o cuarta vez, la relectura de Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester. Fue la primera novela suya que leí. Hubo una época, en Barcelona, en que una caja de ahorros regalaba libros no sé si por abrir una cuenta o por meter dinero en ella. Estos libros ocupaban parte de mis estanterías, entre las lecturas obligatorias del instituto y algunos ejemplares que ya empezaba a comprar por mi cuenta en rastros y mercadillos. Estos libros bancarios solían ser noveluchas de portadas atroces que habían servido de guión para alguna película. Recuerdo ahora Enjambre, Shogun, Yo, Claudio y otra cuya trama era una intriga mezclada con mordiscos de tiburones. Empecé a hojearlos siguiendo el rastro de escenas eróticas, con la esperanza de que sobrepasaran el erotismo y llegaran a la pornografía, y llegué a leer alguno de ellos. Entonces uno tenía tiempo y las cosas eran más fáciles, al menos vistas desde ahora. Un día, preso de la ansiedad que me producía –y aún hoy me produce- la falta de lectura, y en uno de esos momentos indeterminados en que se duda ante los libros como se duda ante las putas en un burdel, tomé entre mis manos El señor llega, primera parte de la trilogía. Era una de esas ediciones promovidas por la caja de ahorros, y eso alimentó mis suspicacias sobre el contenido. Que el libro hiciera referencia a una serie televisiva que me sonaba vagamente, las engordó. Quizás Charo López, cuya fotografía reinaba en la cubierta, sirviera para anular mi desconfianza. El caso es que leí las primeras líneas y aquellos párrafos en cursiva me cautivaron desde el principio. Hablaban de los emigrados, de los que se van, de los que vuelven y de los que nunca regresan. Era un tema que por entonces empezó a interesarme, y algún motivo sustancial habría, vista ahora mi derrota por estos mundos de Dios.

Hallábase en ese libro, que leí de forma compulsiva y casi de un tirón, el secreto del alma humana, si bien entonces no alcanzaba a comprenderlo en toda su extensión. Espero que se me entienda: hoy tampoco lo he conseguido, pues entre la torpeza, la falta de experiencia y cierta ingenuidad de la que no logro desprenderme se me hace muy difícil asimilar la sabiduría que se desprende de la creación de esos personajes malditos por su circunstancia o por su destino. El poder y la servidumbre, el cinismo y el conformismo, el pecado y la pasión, la utopía y el desencanto, la entereza y la mezquindad, todo ello conformaba un mundo que era el que tenía delante de mis narices, fuera de los papeles, y que entonces no veía claramente, y hoy quizás vislumbre algo más.

Todo en el libro me fascinaba. Desde la escritura, un prodigio de precisión formal y conceptual, hasta esos personajes que trascendían cualquier cosa leída hasta entonces. Por encima de la protagonista evidente de la novela, que es Clara Aldán, gracias a su “superioridad humana”, como dice el propio GTB, siempre me fascinó el personaje de Carlos: por su abulia, su lucha consigo mismo, su extraordinaria capacidad de análisis, su distancia y su sometimiento final al destino. Más adelante, en las siguientes relecturas del libro y en textos que sobre él se han escrito, descubrí que Carlos no era sino la continuación, perfeccionada desde el punto de vista literario, de Javier Mariño, protagonista de la primera novela de Torrente. Estas cuestiones, mucho más precisas, pueden seguirse en el libro, primordial, Guardo la voz, cedo la palabra: conversaciones con Gonzalo Torrente Ballester, de Carmen Becerra.

Cada relectura trae algo nuevo. En la anterior fue el descubrimiento de una coincidencia: tanto Pueblanueva del Conde, ciudad donde transcurre esta novela, como Castroforte del Baralla, ciudad en la que transcurre La saga/fuga de J. B., están bordeadas por dos ríos. En el caso de Pueblanueva, uno es limpio y el otro sucio; en el caso de Castroforte, uno es de aguas mansas y el otro de aguas turbulentas. Pensé que esta dualidad hacía referencia a la dicotomía del bien y del mal. Pero hablando de ello estos días, se me ha descubierto otra posibilidad más apropiada: se alude al instinto y la razón. En el caso de Castroforte se hace más evidente: “El Mendo es atractivo y siniestro: invita a mirarse en él como en un espejo, y hay que apartarse deprisa, porque en los adentros del que se mira nace enseguida un deseo incoercible de aniquilamiento. El Baralla invita, en cambio, a la aventura, a la evasión, al viaje: no descanso, sino camino, ofrece; no tumba, sino vehículo”. El Mendo, de aguas tan lentas que uno sí puede bañarse dos veces en ellas, el río del suicidio, es el río de Parménides, el símbolo de la razón; en cambio, el Baralla, el de la aventura, en el que uno no puede bañarse dos veces, es el río de Heráclito, el que simboliza el instinto. Los protagonistas de estas novelas bien pueden agruparse alguna de las dos categorías, fuera de aquéllos que luchan contra su contradicción y acogen ambas en su ser.

En esta relectura he detectado algo tras lo que iba desde hace tiempo. El final de uno de los personajes, el hermano de Clara, Juan Aldán, siempre me hizo sospechar que éste reunía algunas características biográficas del propio Torrente. GTB dice que Aldán tiene una referencia real a la que quiere ser fiel. Posiblemente –y creo que lo tengo leído por algún sitio, si bien me puedo equivocar- no sea él mismo, pero sí hay algunos elementos que me hacen pensar que hay algunas interferencias personales. Del final de Aldán no quiero hablar, no vaya a ser que le estropeemos a alguien la lectura (si es que hay alguien que después de leer este coñazo se avenga a iniciarla), pero sí quiero hacer constar que, como Torrente, Aldán estudia por libre Derecho y Letras. Y hay otra referencia, anarquista, que une de alguna forma al personaje con el autor. Se trata de la mención al periódico La Tierra, donde Torrente colaboró con un cuento y varias críticas teatrales. Ese periódico lo dirigía quien entonces era su amigo, Eduardo de Guzmán. He de decir que lo que conecta a Aldán con Torrente es algo muy vago: Aldán vive en una pensión de la calle de Jardines, frente a la redacción del periódico.

Hay otra cosa más: la destrucción. Hay destrucción final en Javier Mariño, la hay en Los gozos y las sombras y la hay también en Fragmentos de Apocalipsis. Si bien las tres son distintas -no tanto entre las dos primeras novelas- todas pueden tener una causa común, que es la que esboza, hablando sólo de la última, Ana Gómez-Pérez en Las trampas de la memoria. Pero de esto ya habrá tiempo de hablar.

En fin, con estas minucias va pasando uno el rato, que es de lo que se trata. Si antaño gozábamos de las sombras oyendo el Tubular Bells, que se acoplaba perfectamente al ritmo formal y argumental del libro, hogaño se ensombrecen nuestros gozos con el atenuante de la lectura acompañada de un vino y algo de tortilla, a la manera de los almuerzos que Carlos Deza tomaba en su pazo, antes de que ordenara echar abajo el tabique que ocultaba su pasado.