por Marina Pino

 

 

A diferencia del coleccionista, que atesora por atesorar, el especialista sólo escoge las obras imprescindibles para su trabajo, despreciando la morralla y la cantidad que tan feliz hacen al primero. Y entre las obras que el especialista en Casanova debe poseer sin excusa está la mítica edición en doce tomos de las Memorias de La Sirène, París 1924-1935, que se encuentra a veces en librerías de viejo a precios absurdos, incompleta o con volúmenes destrozados, o no se encuentra en absoluto.

Para mis trabajos sobre Casanova, he tenido que arrastrarme por bibliotecas y archivos, sufriendo la forma indolora de tortura moderna que constituyen sus normas, compendio de prohibiciones, restricciones y arbitrariedades que parecen pensadas por un bibliómano dispuesto a defender a capa y espada su tesoro de cualquier curiosidad ajena. Los doce volúmenes destilados tomo a tomo, al ritmo secular de las salas de reserva, sin más herramienta de trabajo que un lápiz cuya mina se agota o se rompe y unos cuantos folios, bajo la atenta mirada del carcelero de turno.

Dejemos de momento a Casanova y vayamos a su contrafigura absoluta, el marqués de Sade. Siete años, siete, ha durado mi búsqueda, persecución y caza del tercer volumen de la biografía del marqués, de Jean-Jacques Pauvert, bajo el título genérico de Sade vivant. El primero fue adquirido en el año 2000 en la librería de lance Gilbert Jeune, de la plaza Saint Michel de París, ya que la edición tenía bastantes años. El segundo volumen fue hallado en la misma y benéfica librería dos años después, bastante sucio, pero entero. El que se ha resistido de verdad ha sido el tercero, que relata la histórica liberación de Sade de la Bastilla y su entusiasta incorporación a la Revolución (previa pérdida de su novela Los ciento veinte días de Sodoma, recogida del suelo por un revolucionario y que andando el tiempo acabó en manos del típico coleccionista suizo. Sade lamentó amargamente esa pérdida toda su vida. La había ido escribiendo en secreto, en pequeños trozos de papel que fue pegando en un rollo continuo a la manera de un rollo de papel higiénico, que ocultaba en un estuche, y nunca la recuperó. Hoy es un monumento literario y una premonición de la producción en cadena que llegaría más tarde. De automóviles o de placeres, tanto da).


Siete años de búsqueda y espera para poder empalmar el momento de la liberación de Sade con su adscripción a la sección de Picas, una de las más extremistas del París revolucionario.

Esta vez, sin embargo, el volumen no ha llegado de la plaza Saint Martin, sino de un particular a través de internet. ¿Por qué alguien tiene exactamente el tercer volumen de la biografía de Sade y no los tres volúmenes, o bien el primero, que es el que compramos todos antes de darnos cuenta de que no nos interesa cargar con todo el lote? Lo importante es que el individuo tenía el mítico tercero. El precio, tirado, portes incluidos desde París. El libro, en rústica, impecable, pero con la cola tan reseca que va deshojándose a medida que me interno en los hechos del fascinante marqués-conde Donatien Aldonse François de Sade, ahora convertido en ciudadano Sade a secas, lo que me obliga a llevarlo de urgencia al encuadernador a media lectura.

No importa porque, aunque con veinte años de retraso, acaba de llegarme, también vía internet, la mítica edición de La Sirène con sus Memorias de Casanova. Edición en su momento muy celebrada porque contenía un importante aparato crítico y gran profusión de ilustraciones, todo ello de gran utilidad para los casanovistas de la época, en espera de conocer el verdadero original de Casanova, que no se publicó hasta 1960, ¡162 años después de la muerte del veneciano! Y es que La Sirène no pudo publicar más que la versión reescrita, retocada y censurada que realizó Jean Laforgue para el editor Brockhaus de Leipzig, y luego de Weisbaden, propietario del manuscrito original aunque, como digo, con importantes materiales añadidos.

También la Sirena está muy seca para ser sirena, si se me permite el chiste. Cruje y amenaza con dispersarse en cómodos cuadernillos, pero restaurarla doblaría su precio, con lo que dejaría de ser la ganga que es. Mejor dejarla en exposición como un objeto de culto ya más que superado, aunque insuperable.

Retomo, pues, el Sade restaurado por tres euros, para continuar, de la mano devotísima y eruditísima de Pauvert, con la historia del hombre que fue “vomitado” por todos los regímenes bajo los que vivió, fuera el Antiguo Régimen, la Revolución o el Bonapartismo, más por sus escritos que por hechos o delitos concretos y perseguibles. Una visión la de Pauvert que está muy bien porque se sitúa entre el San Sade de los surrealistas y el Infernal Sade de los católicos, lo que es seguro que se aproxima más al verdadero Sade.