Continúo con la lectura del derrotero barojiano de Sánchez-Ostiz, muy aliviado por no haber puesto nunca los pies en Pamplona. De tanto en tanto picoteo en otros libros, echándome algún párrafo al coleto, como el que se sacude los escalofríos con una copa de aguardiente. Como he andado chachareando las chingaderas en algunas bases de datos de internet y he dado con la lista de pasajeros que acompañaron a Eugenio Noel en su regreso a España, me ha dado por leer algunas líneas de su diario. El patético Noel, patético en esa «gran angustia o padecimiento moral, capaces de conmover profundamente y agitar el ánimo con violencia», es un escritor que me emociona.

Debe de ser por los años veinte, un mes de junio. Está en Madrid y viaja a Cádiz tras empeñar muebles y ropas. «En Cádiz, haciendo cálculos y planes, la desesperación más profunda en el pecho». Iba a ganarse el pan con unas conferencias, cabe suponer que de su campaña antitaurina y antiflamenca, pero  se lo impiden los disturbios sociales que se viven en Andalucía esos días. «Enloquecido hasta un punto increíble, con mi amarguísima situación, y, como perdido el sentido de la orientación y buen tacto, compro en Cádiz a tres pordioseros tres series de décimos de lotería».

Por supuesto, no le toca. Llega a Sevilla dos días después con el traje sucio. Toma un tren a Mérida y de allí marcha a Azuaga.

«En Azuaga la tarde del 12 de junio: la frialdad de la acogida me hiela los huesos. Me miro al espejo y me parezco horriblemente viejo: me miro por dentro y es todo como una invitación a la muerte, angustias entre las que leo el dicho de Pascal: “Casi todas nuestras desgracias proceden de no haber sabido permanecer en nuestro cuarto”».

***

Aquí en Berlín las cosas parecen calmadas. Me pregunto por qué ya no llegan a mi balcón ni los gorriones, ni los carboneros ni los herrerillos. El otro día andaban revueltas las macetas. Pensé en las cornejas, pero ayer sorprendí a un mirlo sobre ellas. Se oyen solamente las campanas y el paso de los tranvías por la Bernauer Strasse.

Pascaliano, cierro el facebook. Hay que quedarse en el cuarto, sí, pero aprender también las bondades del silencio.