No sé cuántos días en México (y IV)

24 de febrero de 2014. Última semana, ocaso del viaje, todo adquiere una distancia sutil. Paso la mañana en la casa Luis Barragán junto a unos turistas australianos. Descubro unos maravillosos juegos de luz. Pese al aire decrépito de los objetos, el espacio transmite una vitalidad suspendida muy agradable. Todo esto está muy bien, pero lo mejor es que me sale gratis y podré aprovechar el dinero en libros. Antes de diluirme en las librerías regreso a la Hemeroteca Nacional. Descubro nuevos artículos. Nada relevante, pero todo de interés.

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IMG_319025 de febrero de 2014. Llego a primera hora a la biblioteca Orozco y Berra, en Tlalpan. Preciosa entrada. El barrio está donde Cristo dio las tres voces, pero es tranquilo y agradable. Supero las trabas burocráticas con cierta pericia. Empiezo a copiar, enloquecido. Me acerco luego a Coyoacán y quedo impresionado por su belleza. También por la de Yaiza, que llega radiante después de mi visita a la casa de Trotski, donde paseo a la sombra de las muchachas rojas. Yaiza me ubica en una terraza fantástica donde como chapulines, me hinco un par de cervezas y un mezcal, esos caprichos cotidianos que he de repetir antes de que algún funcionario eche paletadas de tierra sobre mi féretro. Termino en la librería Vrbe, donde acabo de enloquecer. Es una gran librería, pero juega con ventaja. Vacían los estantes de todas las que hay en México a precios de saldo. Se llevan todo lo que merece la pena, especialmente literatura de exiliados, y la venden a precios (altos) europeos. Pago un dineral por un Savinkov que se convierte en una de las joyas de mi desastrada biblioteca.

26 de febrero de 2014. Fiebre turista. Chapultepec y el Museo Nacional de Antropología. Edificios grandiosos adecuados a una grandiosa ciudad. En la biblioteca Vasconcelos, donde me lleva mi amigo Ricardo. Nos recibe el director y una colega nos acompaña por todo el recinto, impresionante. Yo no podría estudiar allí, me pasaría las horas embobado mirando los espacios, las estanterías flotantes, el esqueleto de ballena que preside el recinto principal. Me impresiona la sala de música, con gente tocando pianos, guitarras, con auriculares. Sólo se oye un ligero tac tac y ring ring. En sus cabezas suena la gloria. Como con Ricardo en un tabuco ruso donde olvido mi mugrienta gorra de pirata. Han sido años de fiel compañía; adiós, hermosa. Se podría trazar mi biografía siguiendo las gorras que he ido olvidando por esos bares de Dios y del Demonio. Termina el día. No recuerdo cuáles fueron los últimos libros, dónde cené.

27 de febrero de 2014. Último día. He gastado hasta el último peso. Deambulo sonado. Llego al aeropuerto, como algo en un chigre universal y me tomo un café. Compro unas botellas de mezcal que se quedarán en Holanda, porque la chica no las ha envuelto correctamente. Duermo durante casi todo el vuelo. Hay una peli sobre unos magos que hacen no sé qué no sé dónde y me hinco Historia de un asesino, de Joseph Roth. Brutalmente bueno. Ya en casa, veo El tercer hombre. Volveré.

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1 Comentario

  1. Leopardaaaaaaaaaaaaa

    Conserva estas crónicas e inclúyelas en tu LIBRO, ese que ya tarda en sacar de "Mí sobre Yo", digo, de "Tí sobre Tú". Tienes material (y talento) de sobra.
    La foto del grifo y el caracol me recuerda a tus genitales manchados de vino tinto. ¡Ah, qué noche más loca tuvimos! La culpa fue de Godín, por quitarle la Liga al Farsa, y de celebrarlo con vino aragonés (el soriano es muy flojo, y a veces te lo sirven picado, ja, ja, ja).
    No pongas más fotos de cuartos traseros, así no hay quien se cure el priapismo.
    ¡Saludos, guapo!

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