No sé cuántos días en México (III)

20 de febrero de 2014. Llegada a Puerto Vallarta. El calor tropical, tan lenitivo. Da gusto que el taxi deje atrás la zona de hoteles de lujo y campos de golf y me deje en el centro del pueblo viejo. El hotel es delicioso y hablo con la dueña de los etarras que detuvieron allí la semana pasada. Escribo esto tantos días después y están tan presentes aún las voces, las calles, los colores. Doy un paseo, pego un telefonazo y me llevo el gran chasco: no creo que vaya a encontrar lo que buscaba. Decido quitarme de encima el compromiso y me acerco hasta Bucerías. Traqueteo en los camiones que pasan incansables por las calles. No hay paradas, uno decide dónde subirse. Y no hay horarios: pasan dos o tres por minuto. Encuentro Bucerías muy desolado. Hay un mercadillo de baratijas para turistas y unos jinetes en la playa. Tomo otro camión hasta jarretaderas, donde me recoge mi amigo Diego en su camioneta de peli americana de los setenta. En su casa charlamos y charlamos y el tiempo se detiene y frente a la enorme terraza hay una laguna con tortugas y cocodrilos. La camioneta me deja en medio de un puente cuando ya ha anochecido. Tengo que bajar unas escaleras y un camión me deja de nuevo en el hotel.

DSCN488021 de febrero de 2014. Madrugo y turisteo. Voy a ver ballenas. Está todo muy bien organizado y fantaseo con la idea de hacer, además, el tour por no sé qué isla que parece un paraíso. Me adoceno entre el gentío y me hago sacar una fotografía con un loro posado en un hombro. Parte el barco y no muy lejos de la orilla, en plena bahía, veo las primeras ballenas. Son ballenas jorobadas, viven en soledad y se acercan a las playas para poder parir y amamantar a las crías sin que haya peligro de ser atacadas por las orcas. Todo esto lo explica con profesionalidad y simpatía una bióloga a la que le cuesta sonreír, pese a lo agradable de su voz y de su trato. Cómo no recordar ese ejemplar de Moby Dick que leí de niño. Era una edición reducida e ilustrada y lo que más me impresionó fue la llegada de Ismael a la taberna, donde le sirvieron un plato de patatas con calamares. Para que luego digan que soy un gran lector. Regreso y veo la puesta de sol en la Playa de los Muertos tomando cerveza y tequilas, viendo cómo los pelícanos se lanzan en picado al agua y obviando que a mi alrededor abundan esos gringos con los dientes chuecos y las panzas regordas por comer tanto pastel de anguila.

22 de febrero de 2014. Regreso a Jarretaderas, con Diego y con Luz y el huajolote. Pasamos al estado de Nayarit y compramos pescado en el pueblo de Cruz de Huanacaxtle. Elegimos un buen ejemplar de Huachinango. Lutjanus campechanus, ahí es nada. Caen muchas cervezas y varios vasos de raicillas. Mastico plantas de todo tipo, entre ellas una muy dulce cuyo sabor aún tengo en el paladar: la estevia. En el hotel me despiertan unos gemidos de placer.

23 de febrero de 2014. Paseo tristón antes de abandonar Vallarta. Cuánto tardaré en subir a uno de esos camiones que te crujen la espalda. El avión me deja en un suspiro en el D. F. Compro una tarta que no comeré y me voy con Yaiza a comer a un japonés precioso. La terraza da a las calles de la Condesa y todo es bonito y bueno y bueno y bonito, y en un bar que casi es un zaquizamí tomamos mezcales y ponemos música en una de esas máquinas de discos que lo tiene todo, hasta Pink Floyd. Las horas se agostan y la noche cae lenta y regreso al hotel caminando sobre las notas que Richard Wright deja suspendidas en su teclado.

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2 Comentarios

  1. Bonnie

    Puerto Vallarta..¡¡Cómo en "Vacaciones en el mar"!!

  2. Alfredo

    ¡Qué puta envidia y qué insana!

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