No sé cuántos días en México (II)

17 de febrero de 2014. Para llegar a la antigua prisión de Lecumberri tomo un bus que atraviesa un barrio que no me apetece patear. Voy con cierto escepticismo y los trámites me parecen, a primera vista, lo más extraordinario que pueda sucederme. Para entrar en el archivo tengo que anotar el número de serie del iPad y me lo controlan al menos dos policías, uno de ellos armado con una metralleta. Me señalan en qué ala tengo que registrarme. Camino por uno de los módulos y no doy crédito al espacio. Leo en un panel que el proyecto de rehabilitación de la antigua penitenciaría en el Archivo General de la Nación lo hicieron conjuntamente archiveros y arquitectos.

Me atienden con amabilidad, como en todas partes. Ya en el módulo donde tengo que consultar los papeles, soy atendido además con mucha rapidez. Paso hojas y hojas. Fotografías. Unas mujeres hermosísimas. Unos ojos preciosos. Exiliadas españolas en México, actrices que no hicieron mala vida en el país. Bien, ya tengo lo que encontraba, pero nada más. Releo ahora el inicio del Diario de Lecumberri, de Álvaro Mutis:

«Cuando las cosas van mal en la cárcel, cuando alguien o algo llega a romper la cerrada fila de los días y los baraja y revuelca en un desorden que viene de afuera, cuando esto sucede, hay ciertos síntomas infalibles, ciertas señales preliminares que anuncian la inminencia de los días malos».

No fue mal día ese 17 de febrero. Comí con mi amiga Yaiza en La Perla. Todavía chasco la lengua cuando lo recuerdo y me vienen los aromas de la lima y la textura de los callos de hacha sobre la tosta de maíz. ((Cielos, tengo que bajar a comprar cervezas, necesito hacerme de nuevo con ese frescor)).  Le pregunto por alguna novela que capte la vida cotidiana en la colonia Roma en los años 50 o 60 del pasado siglo. No titubea y me dice que Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco. Por la tarde pateo el centro y acudo al archivo histórico de la ciudad y el archivo fotográfico. Batallas en el desierto, batallas perdidas. Camino del hotel paso por un tianguis y allí está el libro. Lo compro y lo leo casi de un tirón. Me parece extraordinario, tanto como los conocimientos de Yai y la casualidad de haber dado con un ejemplar del libro tirado sobre una lona.

Lecumberri18 de febrero de 2014. Ateneo. Se capta la impureza de la burocracia española en algunos detalles apenas perceptibles. Pero aquí estoy yo con mis superpoderes para localizarlos. Me desayuno en un bar que está enfrente. En la biblioteca del Ateneo encuentro un par de cosas. Bah, nada, lo que podía esperar. Luego acudo al Bellas Artes, a la conferencia de prensa organizada por el equivalente al ministerio de cultura para presentar el año Octavio Paz. En la mesa hay tres hombres y una mujer que no abre la boca en ningún momento del acto. No sé qué pinta ahí. Al terminar, asisto divertido a un espectáculo erótico-periodístico. Un grupo de reporteros rodea a un alto cargo del ministerio. Una periodista le brea a preguntas mientras le mira arrobada (él no le hace ni puto caso). Qué tensión, señores, qué tensión, y qué forma de despedirse tiene ella. Quien se va con él soy yo, pues estoy invitado a comer en La Ópera. Todo es muy agradable y en la mesa hay dos bellezones. Además, uno de los contertulios es amigo de un nieto de Vittorio Vidali.

Tras la comida, reunión con todas las asociaciones de exiliados en México. A mi lado, un sujeto con una pulsera con la bandera independentista catalana. Regreso al hotel agotado. Quisiera llamar a Miss Tijuana (uno, que conoce a gente con clase), pero arrastraría las palabras como me arrastro hacia la cama, y dejo la llamada para otro día que esté más en forma.

19 de febrero de 2014. Cometo la locura de caminar durante ocho horas seguidas. En Donceles doy con una joya: Se nos cayó el Kremlin. El hallazgo es importante. Camino tanto que me encuentro de repente en medio de un barrio miserable lleno de borrachos que duermen la mona en el suelo y con bandas de mariachis que buscan taxis. Salgo por patas porque el sitio parece peligroso. En el hotel bebo agua con demasiada avidez y quedo destrozado, sin poder hacer nada más por la tarde.

20 de febrero de 2014. En el aeropuerto, camino del trópico. Puerto Vallarta. Es la visita más importante de mi viaje y será un completo fracaso. Paliado, eso sí, por el viaje mismo, por el hotel, las ballenas, los pelícanos y los tequilas del atardecer.

 

 

 

← Entrada anterior

Entrada siguiente →

1 Comentario

  1. Leoparrrrrrrrrda

    Tendrías que haber llamado embriagado a "Miss Tijuana" y decirle lo que querías; de su respuesta habías sabido cómo es y cómo te ve, realmente. ¿Que te llevas un chasco? ¿Y qué? La vida es un chasco continuo.
    En cuanto al encuentro con los exiliados, a lo mejor "repulsivo" viene de pulsera.
    Quiero más.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *