No sé cuántos días en México (I)

Tras las cervezas de rigor, me sirvo un gintoñi de mango. Me espabilo así para escribir el relato de mi viaje mexicano, promesa que le debo a mi buena amiga Maribel. El viaje a México era otra de esas derrotas anunciadas en cuyo horizonte brillaba la luz de un absurdo optimismo.

DSCN456113 de fabrero de 2014. Salgo de Tegel y viajo vía Ámsterdam. El vuelo es pesado, aunque veo dos pelis que no recuerdo bien y que me parecen entretenidas. Afortunadamente, el holandés hijoputa que viaja en el asiento del medio ha conseguido otro unas filas más adelante y puedo viajar incómodamente tranquilo. La capital se me presenta como un delirio lumínico que dura apenas unos segundos. Trámites aduaneros, como si fueras culpable de algo. La amiga Yai me ha orientado: qué taxi, dónde, cuándo, por cuánto. Lo agarro, porque aquí no se coge (doy fe) y me digo: «A ver». Lo que veo me recuerda a las calles de Pueblo Nuevo cuando regresaba a Badalona desde la Plaza de Cataluña. Ambientazo en la calle del hotel. Llama Yai. Que si puedo, que si tengo ganas, que si qué. Adelante. Cervezas en la Embajada Jarocha, un pez que parece que he ido yo a pescarlo y unas hierbas y un picor que órale. Hablo a gritos y me doy cuenta de que las doce horas de viaje son pocas, que aquí hay que venir en barco, desembarazarse de la pestilente mugre europea y del autocontrol germánico que lleva al delirio. Los viajes llevan su tiempo. No bailo, pero veo bailar. Me siento como David Villa fuera de juego. En mi diario anoto: «Deseando que se haga la luz». Hay que ser cursi, macho. También veo que el año pasado vi «Gorki Park». Sólo recuerdo que el final también era cursi. Los bichos por la nieve, hay que joderse.

14 de febrero de 2014. No sé qué es el jetlag. Me voy a la ciudad universitaria en un taxi del hotel, que me tima. Vista a la derecha desde el periférico: casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas, casas. Aquí debe de haber unos ingenieros premio Marlboro, por lo menos. Fontanería, electricidad, contadores, correos… En la Hemeroteca me atienden con esa amabilidad que acabará por serme repulsiva, porque no siempre va acompañada de resultados. Se agradece, no quiero ser descortés, pero yo he venido aquí para algo. El edificio es imponente, su acervo, como aquí lo llaman, está a la altura. Pido unas fotocopias. Relleno el formulario, bajo un piso para preguntar si son posibles dado el estado del volumen, dicen que sí, subo a pagar, bajo a entregar el recibo de pago, me dan las fotocopias. Pido permiso para fotografiar. Son ciento cincuenta pesos y el permiso de no sé qué doctora o licenciada. Yo ya había preguntado por mail, semanas atrás, que cómo iba esto, pero nadie contestó. Me acerco a la oficinilla. Que tengo que entregar una solicitud a dos organismos. Pues vale, pero es que sólo tengo un iPad. ¿Puedo hacerla a mano? Que para una sí y que para la otra no. Pues vale. ¿Puedo redactarla en mi iPad, enviarla por correo y que me la impriman, luego ir al otro organismo, volver y fotografiar la puta revista? No, porque no hay wifi. Vale. ¿Puedo irme al hotel, hacer todo el papeleo, ir a los dos organismos, solicitar las copias, esperar el permiso y cuando lo reciba hacer las putas fotografías la semana que viene? Todo esto, sonriente y sumiso. No hay como dejar hablar. Que bueno, que no hace falta, que es todo muy complicado, que pague y que saque fotos. Lo hago. Me voy contento y feliz. Regreso al hotel. A pocos metros hay tres librerías de viejo. Una está cerrada, pero las otras dos son un pequeño paraíso. La noche la cierro en un cena con amigos de Yai y su prohombre Ricardo. Como he venido hecho un pobre para que no me secuestren, me he visto obligado a comprar unos zapatos de visitar. A falta de ellos, por las prisas y la falta de zapaterías en el barrio, me he comprado unas wambas de hipster, y así me presento. Una velada deliciosa, otro mundo. Sigo la costumbre de mirar mi diario. El año pasado envié unas flores y un poema. Insisto: hay que ser cursi, macho.

15 de febrero de 2014. No sé ni qué día es. Me voy a la calle Donceles con mi escepticismo a cuestas. Queda roto de inmediato. Veo el Bellas Artes desde fuera, esplendoroso. Una librería nueva que me derrite. Las de viejo de Donceles me abruman. Necesito un par de años para verlas todas a gusto. Diez o doce para tutearlas. Quedo con Y. y R. para comer. Yo qué sé cómo se llamaba eso. Molcajetes, me suena. Más cosas. Me derrito de sensualidad gástrica. Mi torpeza diplomática parece que está a punto de causar mi expulsión del país, pero los hechos son los siguientes: R. me da un paseo que pone a prueba mi resistencia aeróbica, pero que resulta una delicia por sus comentarios sobre cada rincón que transeuntamos. Llegamos hasta su casa y me dan ganas de producir una telenovela en donde yo me quede con él y Yai que se busque la vida. Cenamos luego en Pujol. No como escarabajos ni chinches ni pulgas ni nada, pero a cambio hay una conversación sobre Félix Romeo y tantas cosas. Semanas después compraré un libro sobre Félix Romeo y descubriré a Félix Romeo. Lamento enormemente haberme contenido, porque todo aquello llamaba a la borrachera infecta y canalla y a que le den por culo a las bibliotecas y a las hemerotecas y a lo interesante y a lo intelectual. Que viva el barro. Algo va mal, cuando en mi diario duplico la entrada del día. El año anterior saqué unos billetes a París. Paguí. Sí y tanto que Paguí.

16 de febrero de 2014. Lo mismo fue domingo, porque voy al Zócalo, a la Catedral, al mero centro. Bullicio, negocio y librerías. El año anterior me vestí de veintiún botón y me fui a tomar un chocolate al café Einstein de Unter den Linden.

17 de febrero de 2014. Visita al Archivo de la Nación, antigua prisión de Lecumberri. Un respeto, porque aquí estuvo Álvaro Mutis y escribió de ello. Hay que reposar, encontrar el tono y las palabras.  Es, posiblemente, el hallazgo urbano más sorprendente de mi vida.

 

 

 

 

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1 Comentario

  1. Leoparrrrrda

    No soy tu buena amiga Maribel, pero también anhelaba saber de tu odisea mexicana, sin decírtelo. Admiro tus motivaciones y tu arrojo. No es país para todos.
    -Es cierto que los holandeses (como ese pasajero) suelen ser como los describes, doy fe. Y su comida es la más nauseabunda del mundo, con permiso de Asia.
    -En Argentina tampoco se puede coger nada. Si bajas del avión y preguntas dónde puedes coger un taxi, te dirán que por el tubo de escape. Y si eres una española que esperas demasiado a que te atiendan en la peluquería y exclamas "Oiga, ¿pero a mí cuándo me cogen?", el escándalo será general. Son dos anécdotas reales. Aunque no he ido nunca a Argentina, ni siquiera a ponerle flores a la tumba de Santiago de Liniers.
    -Tu choque con la burocracia convierte esta narración en "Un Kafka soriano en México". Qué frustración. En todas partes, tres cuartos de vellón de lo mismo.
    -Qué daño me hace leer "wambas de hipster". Por favor, suprime o modifica esta aberración de nuestra amada y soberbia lengua, ésa que sobrevivirá a nuestros cadáveres. No les hagamos el juego a los "modernos" y su inundación putrefacta.
    -Aunque a muchos les parecerá lo contrario, "Me siento como David Villa fuera de juego" me parece una reflexión profunda y una metáfora hermosa. No es ninguna hipérbole. En cierto modo, también eres un héroe español desbordado por los elementos (esto sí es una hipérbole, pero con un sustrato real).
    -Vi "Gorki Park" hace ya la pera (limonera) y me gustó, pero apenas recuerdo solamente el hermoso desnudo de Joanna Pacula. Maldito instinto y maldita memoria.
    -Sólo los valientes desean la luz, escriben poemas y mandan flores. Sólo los valientes se exponen. En esos casos, la expresión "cursi" ha sido inventada como autodefensa por los cobardes, para burlarse de quienes les superan y hacen lo que ellos nunca podrían. Les funciona. Hacer daño siempre funciona.
    -Insisto que si se juntan este artículo, sus continuaciones y otros pasajes mexicanos personales ya escritos, te saldrá una crónica morrocotuda (palabra que he apadrinado, aunque sólo sea mentalmente).
    -Saludos y gracias por compartir tu trabajo y talento.

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