Quisiera hacer un pequeño paréntesis para dar noticia de una de esas casualidades que se tejen en esta biblioteca. Hace un mes, el 28 de noviembre, me lancé al fin a homenajear a quien considero uno de los grandes escritores españoles: Ramón Carnicer. Había leído su libro Gracia y desgracias de Castilla La Vieja hacía muchos años y gocé más tarde de un par de relecturas.

Hoy me han avisado de que Ramón Carnicer ha muerto. Su necrológica la publica hoy Andrés Trapiello en El país (apareció ayer en la versión digital). No me resisto a transcribirla aquí, sorprendido aún por la noticia, por la casualidad y por que sea mi admirado Trapiello quien hable con tanta justicia de mi admirado Carnicer.

Junto al escritor Ramón Carnicer

El país
Andrés Trapiello

30/12/2007

La última vez que le vimos fue hace unos pocos meses. Subimos Carlos Pujol y un servidor por aquellas empinadísimas, silenciosas y orilladas calles del putxet en el barrio de San Gervasio, que compartió un día con algunos insignes vecinos, no menos silenciosos: Marià Manent, Joan Perucho o el propio Pujol.

Nos esperaba en su casa a media tarde, y aunque hacía mucho tiempo que no le veíamos parecía un hombre incólume, acaso porque era alto y fuerte como un álamo de su tierra. Habló de su quebrantada salud, pero lo hizo con tanta dignidad y delicadeza que se resistía uno a creerle. Fue, en el orden de los acontecimientos íntimos, una de las más memorables experiencias: casi ciego como estaba ya, no pudo contemplar la maravillosa vista que se columbraba a esa hora desde aquel nido de águila: el Tibidabo, los tejados de Barcelona y, al fondo, el mar. Hubiéramos pensado que estábamos en Lisboa, o en Trieste, o en Alejandría, ante un escritor mitológico, un heterónimo de Pessoa, de Svevo o de Cavafis, tan lejos parecía de todo, y tan humano.

No es sólo que fuese el escritor, de cuantos ha conocido uno, que mejor hablaba en castellano y el castellano, sino uno de los que mejor lo ha escrito en nuestro tiempo en obras de una ejemplar modestia cervantina: basta leer sus memorias, Friso Menor, o alguno de sus libros de viajes por la Cabrera, por Castilla-La Vieja o por Extremadura, que le valieron en su día merecida fama de hombre libre, ecuánime e independiente, o sea, de difícil. Hay en todas y cada una de esas páginas siempre un homenaje a la lengua de donde nacen, y una voluntad expresa de claridad y decencia que, unidas a la nobleza de su porte romano, le hacían creer a uno que, habiendo sido profesor, era también la encarnación del algún viejo y noble patricio de la Institución Libre de Enseñanza. Sólo así se explica el estoicismo con que llevó los desaires que suele reservar esta tierra a sus hombres más valiosos. Amaba como pocos los matices en la lengua, en las historias que contaba, en la vida menuda y memoriosa (le interesaron más siempre los humildes que los poderosos, los sencillos que los solemnes, los poetas que los intelectuales), y es cierto que hacía ya muchos años que su estrella había declinado en el fosco firmamento de las letras. De alguna manera ése es el sino de los nonagenarios condenados a ver morir a sus amigos y a presenciar cómo caen en el olvido tantas obras, propias y ajenas. Su nombre es posible que no les diga mucho a los más jóvenes, pero vivimos de los matices igualmente: sólo porque alguien minucioso como Ramón Carnicer amó la lengua en la que escribió, podemos los demás, con menos talento que él, intentar una vida libre, ecuánime e independiente.