por Reinhard


Quizá en esta obra, publicada en 1.999 por la editorial Flor del viento, encontremos una especie de adelanto literario/periodístico de lo que más adelante sería un partido político, una heterodoxia fácilmente identificable y sobre la que sería superfluo extenderse, un soplo que fue de aire fresco, un proyecto que se vino abajo al hacerse realidad. Su portada, un flamear de banderas catalanas entre las que emerge una intrusa letra eñe, es tan llamativa como su título, Nada por la patria, y anticipa un libro que no tiene desperdicio, tanto si se valora en su faceta de ensayo como si se aprecian, y no es difícil y hasta resultan agradables, las pinceladas autobiográficas que va dejando el autor a modo de desencanto, de esa nostalgia más agria que dulce que muchos otros, innecesario dar nombres y que ya fueron reseñados en esta Biblioteca, han ido experimentado y reflejando en multitud de obras en Cataluña y sobre ella, en castellano y catalán, desde la transición hasta nuestros días, los de casa y los de fuera, los que se quedaron en ese oasis de complacencia, provincianismo e indiferencia, y los que marcharon con viento fresco, antes o después, voluntarios o forzosos, huyendo de patrias o naciones virtuales que sólo tienen amparo en una historiografía tan falsa como subvencionada y en unos medios de comunicación tan serviles como pensionados, aquellos, tan progresistas ellos, que el autor recorrió a lo largo de un par de décadas y que más de un artículo le censuraron en sincero tributo al poder establecido, que no es otro que un nacionalismo en el que convergen, con más o menos unión, izquierdistas suqueros, burguesillos meapilas y reinsertados terroristas de traje oscuro y llamativa corbata: todo un pacto tripartito, casi de acero.

¿Qué es la inmersión lingüística? Que los niños de lengua materna castellana que van a las escuelas públicas de Cataluña sean educados, desde preescolar, hasta segundo de EGB, solo en catalán. Acaso algún lector se esté preguntando ya: ¿Cómo ocurría antes con los niños de lengua materna catalana, que cuando íbamos a la escuela solo encontrábamos castellano? La respuesta es: sí, por eso se llama inmersión.

Este demoledor párrafo, al que hoy día solamente deberíamos añadir el matiz, nada liviano, de que en Cataluña ya no hay distinción entre escuelas públicas, privadas o concertadas y límites de cursos o ciclos en el fenómeno de la inmersión lingüística, forma parte del prólogo del libro y es un adelanto fiel y cabal de gran parte de su contenido, pues no en vano la lengua es el ariete principal- haciendo un símil futbolístico diríamos que son la prensa y los políticos los extremos de dicha delantera- de esas naciones virtuales contra las que el autor se rebela, afirmando que estar contra todo nacionalismo, contra cualquier forma de inmersión lingüística, es ya la única manera de ser disidente: es el único espacio que nos han dejado, nos dice con amargura en una de sus reflexiones. Pero la disidencia en Cataluña prácticamente no existe, y esa es la derrota de Tubau cuando contrapone el momento en el que vive y escribe, poco creativo en todos los órdenes, a tiempos pasados, casi remotos, aquellos del tardofranquismo en los que tantos, y con tan poco, creían formar parte de algo. Si acaso, menos da una piedra, surge un rayo de esperanza en tan desolador panorama con la aparición, en la década de los noventa, de todo un movimiento cívico tan variopinto como complejo- los padres y profesores por el bilingüismo, la Asociación por la Tolerancia, el Foro Babel….- pero con un denominador común: la lucha contra la hegemonía nacionalista en todos los órdenes y con pocos medios, con mucha voluntad y contra el ninguneo de la prensa, sin apoyos pero con imaginación. Es el germen, sin duda, de lo que cuatro o cinco años más tarde sería Ciutadans y en lo que tanto tuvo que ver el autor, pese a que sería de los primeros en desentenderse de aquella criatura que acababa de nacer.

Muchas perlas tiene el libro, sin duda, pero habría que quedarse con una, clara, diáfana y demoledora, especialmente indicada para aquellos que desconocen en toda su magnitud el binomio nacionalismo-inmersión lingüística: la reproducción de la entrevista que Tubau hizo a Lluís V. Aracil para el diario El Mundo. El valenciano Aracil, ahí es nada, es el padre de la sociolingüística catalana, creador del término normalización lingüística y maestro de toda una legión de funcionarios de la lengua catalana, los que un día decidieron ser discípulos aventajados y pasar, vaya sorpasso, de la normalización a la inmersión, un enorme salto cualitativo que el maestro acabaría aborreciendo y calificándolo de locura y aberración. Porque una cosa fue la normalización, hasta cierto punto lógica tras el final del franquismo, y otra bien distinta la inmersión, privando al niño de la educación en su lengua materna, sin que los padres puedan, aunque paguen, elegir idioma. Ello ha generado ese proceso curioso y grotesco que tan bien ha definido Miquel Porta Perales en su Diccionario persa de Cataluña, al afirmar que durante el franquismo se hablaba castellano en las aulas y catalán en el patio y que ahora, gracias al fenómeno de la inmersión, es a la inversa, puesto que el catalán se habla e impone en las aulas y el castellano en el patio, inversión del proceso que preocupa seriamente a los gobernantes actuales de Cataluña, que no descartan controlar el patio y sus lenguas, contando para ello, a imagen y semejanza de aquella policía judía que los nazis implantaron en los guetos de Polonia, con toda una masa de complacientes funcionarios de la enseñanza, muchos de ellos castellano parlantes aunque solo sea en la intimidad.

Alegato contra cualquier forma de patria y manifiesto contra todo nacionalismo, Nada por la patria constituye una excelente radiografía de la sociedad catalana desde las postrimerías del franquismo hasta hoy, porque, aunque publicado hace ya unos años, el panorama, en todo caso, no solo sigue vigente sino que ha empeorado notablemente, y la tríada poder-prensa-pensionados del régimen, siempre al amparo de la ley del silencio y la complicidad de la sociedad ¿civil?, campa a sus anchas y culmina, o va camino de ello y siempre con la aquiescencia del Estado, el proceso de construcción de la nación virtual.