Mentira verdadera y falsa mentira

 

 

Estas páginas de Alain Besançon acerca de la «superrealidad utópica» y a las mentiras verdaderas y a las falsas mentiras que de ella surgen («la mentira es el primer corolario del terror», cita Besançon a Suvarin), me explican lo sucedido con los nacionalismos vasco y catalán: lo que lleva a matar y lo que lleva a politizar el racismo. Cómo no, explica también lo que están haciendo los partidos que sustentan el gobierno actual: asistimos en vivo a la construcción de una «superrealidad utópica» haciendo uso de un lenguaje que nada tiene que ver con el que usamos habitualmente. Oigo, sí, la respuesta de quienes se sienten comfortably numb con esta situación. No puedo obviarla y la plasmo aquí para que sirva de contrapeso a las páginas de Besançon: «beeeeeeeeeee, beeeeee, beeeeeeeeee, beeeeee, beeeeeee, bee, beeeee, beeeeee, beeeeeee, beeeeeeeeeee, beeeeee, beeeeeeeeee, beeeeee, beeeeeee, bee, beeeee, beeeeee, beeeeeee…»

«La mentira es un aserto a sabiendas, contrario a la verdad, cuya intención es el engaño. Era un arte en el que el imperio de los zares había pasado sus pruebas de maestría. Mentía Catalina II cuando afirmaba que el campesino ruso gozaba en el fondo de más libertad que los campesinos alemanes o franceses. Pero ella sabía dónde estaba la verdad. Posiblemente, todos los gobiernos mentían y mienten; los del régimen zarista se distinguieron de los demás gobiernos sólo en que supieron hacerlo. con más habilidad y provecho. Pero en cuanto a lo que es verdadero, la opinión de los gobiernos rusos no difería de la de sus adversarios. Estos, que sabían lo que es mentir porque también recurrían a esa saludable práctica cuando les convenía, no se llamaban a engaño. Cuando, so pretexto de proteger los Santos Lugares, el ejército ruso avanzaba sobre Constantinopla, todos sabían que era Constantinopla lo que importaba; y la Corte de Saint-J ames, con uno u otro pretexto, también ficticio, se apresta a cerrar el paso a los rusos. Era un juego de duplicidades en el que nadie engañaba a nadie, porque la verdad era una sola para todos. No es éste el caso de Briejniev y de sus interlocutores. Briejniev no cree mentir cuando, siguiendo los pasos de Lenin, declara que el ciudadano soviético es el más libre del mundo, porque sus palabras se refieren a un ciudadano situado en la superrealidad utópica, donde las palabras reciben un sentido nuevo y muy peculiar: para esa superrealidad ideológica, el ciudadano suizo vive en plena servidumbre.

»Lo contrario de la mentira es la verdad, y para referirse a una y otra se emplean palabras distintas. En el ámbito de la realidad corriente, esclavitud es lo contrario de libertad; dos palabras opuestas. Si unos interlocutores se ponen de acuerdo en el uso de una misma palabra, pero la refieren a dos realidades diferentes, entonces aquella palabra definirá conceptos contrarios. De este modo, la libertad, en su sentido soviético, es para nosotros lo contrario de libertad; la distensión, lo contrario de distensión, y la defensa de la paz, lo contrario de defensa de la paz. A tenor de un convencionalismo muy extendido, lo que distingue la política soviética es su doble lenguaje. Pero no es así: el lenguaje es único, pero se aplica a dos realidades distintas. Este es el esquema: una palabra y dos realidades.

»Comunista perfecto es el que, a la manera de Lenin, tiene una sola palabra, usa un solo lenguaje y vive enteramente dentro de la superrealidad y para ella. Si el comunista miente, salvo que fuese al enemigo (lo cual es un deber), deja de ser un buen comunista. Si cree que el lenguaje que emplea tiene ‘un curso legal en la realidad “real”, entonces es un ingenuo. Si en el círculo de sus amistades o en su fuero interno emplea un lenguaje distinto al oficial, es un cínico. El buen comunista tiene que ser perfectamente sincero en sus convicciones.

»Por lo general, una negociación se desarrolla en dos planos: el de los hechos y el de los principios. Por razones que no es necesario justificar, resulta evidente que, en el plano material, es preciso negociar con el gobierno soviético, y hay que poner en ello todo el empeño. Habrá que obstinarse en el regateo, buscar fórmulas de entendimiento en lo que se refiere a fronteras, materias primas, armamento, intercambios comerciales… En tal tipo de negociaciones, siempre provisionales, por supuesto, ambas partes se encuentran en un terreno común, disponen de idéntico arsenal de mentiras, artimañas y maquiavelismo para el logro de sus fines; y es bueno que así sea.

»En el plano de los principios, en cambio, la negociación puede tomar malos derroteros. Y esto es más peligroso porque la experiencia nos muestra que las declaraciones de principios suelen encubrir un fracaso en la discusión de cuestiones prácticas. Cuando no hay entendimiento en lo que se refiere a cohetes intercontinentales u otro tema semejante, las conferencias suelen terminar en un comunicado donde las altas partes se declaran entusiastas de la paz. Si el Vietnam, Angola o Portugal son motivos de desacuerdo, se sale momentáneamente del atolladero declarando intangibles la no-injerencia y el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Ahora bien: las declaraciones de principios producen efectos tóxicos en la negociación y ponen, además, a los interlocutores occidentales en una situación contradictoria. Porque los americanos también ponen cabezas termonucleares en sus cohetes teledirigidos e intervienen en el Vietnam. Cuando es la URSS quien realiza prácticas semejantes, “defiende la paz” y “lucha contra el imperialismo”. De este modo, la ideología superrealista invade los campos de la realidad auténtica y hace perder a ésta el norte de su brújula.

»He aquí la regla que, a mi entender, debiera servir de gobierno en cualquier trato con los soviéticos: negociar únicamente con la realidad; nunca con la superrealidad. Es una norma rigurosa, lo reconozco. Resulta más fácil “dialogar” con los soviéticos, es decir, inquirir humildemente cuáles son sus intenciones (ellos responderán que son “la paz, la justicia y la libertad”), que intentar, sin gloria ni recompensa moral, el logro de acuerdos precarios, claudicantes, siempre sometidos a revisión. Discutir con el gobierno soviético cuando miente y negarse a ello cuando se muestra sincero exigiría de los occidentales un esfuerzo ascético constante. Frente al extraño maniqueísmo que deriva de admitir la existencia de “otra realidad”, no hay otra conducta eficaz que mantenerse con firmeza en el campo “de la realidad única”. La fantasmagoría de los espejismos y alucinaciones exige mantener muy clara la propia capacidad de discernimiento. Esta es la virtud y debe ser la norma práctica. A los gobernantes occidentales compete decidir el cuándo y de qué manera».

 

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3 Comentarios

  1. Demitri

    Todo lo expuesto, argumento por argumento, lo puedes aplicar a EEUU o Inglaterra. Si quieres te publico MENTIRAS MAYÚSCULAS de Churchill o Truman por decir dos sólitos...

  2. Sergio Campos

    Veo que no has entendido nada, Demitri. Enhorabuena.

  3. viejecita

    ¡ Que pinta tan buena tiene el libro ! Aunque ya la Unión Soviética no exista. Pero nos quieren Sovietizar Occidente, y tacita a tacita, lo están consiguiendo.
    Y tiene un prólogo de Raymond Aron.
    Voy a ver si lo tienen en francés los de mi kindle americano.

    Y, por cierto, no me ha llegado el aviso de esta entrada nueva a mi correo, así que lo vuelvo a pedir.
    Por Favor, y Gracias

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