Continúo con el libro de Azorín y recuerdo una de mis lecturas más recientes, las Memorias bisiestas de Sender. Lo terminé hace muy pocos días y apenas recuerdo cuatro cosas de las que se cuentan en él, y eso porque puse interés en recordarlas. Menos mal que está sancionada la amnesia in litteris.

El libro está relacionado con otros últimos suyos, como el Álbum de radiografías secretas, pero sobre todo Toque de queda. Más que aforismos, son recuerdos o sentencias los que desgrana en estas páginas, y en este caso también poemas. Uno, por cierto, sobre si Sénder o Sender. También habla en varias páginas de su hermano Manuel, asesinado durante la guerra, o de «un amigo» que le contó algo sobre un hospital ruso (p. 188-189). Me pregunto si no sería Castro Delgado.

En estos últimos años me he ido haciendo con todo lo que de Sender cae en mis manos. Así, he podido leer dos novelas que me han causado una gran impresión: El lugar de un hombreLuna de perros y El superviviente. El Álbum es un libro extraordinario, y sobre él he escrito una reseña en la que hablo de las últimas horas de vida de Sender y que había de publicarse junto a un grabado de Carlos García-Alix sobre Simone Weil, a quien Sender dedica unas páginas emocionantes. Veremos cuándo sale adelante ese trabajo.

Llegará el día en que deba deshacerme de alguno de los libros de Sender, porque no creo que todos me gusten. A veces se me antoja excesivamente metafísico, pero en cualquier caso todos tienen un punto de interés. Hasta la copiosa correspondencia con Maurín, de la que me queda muy poco por leer.

De estas memorias bisiestas se me quedaron grabadas dos. Una es la del día que estuvo en un cine medio vacío de Los Ángeles. Entró una chica muy joven en bikini (él dice «desnuda como para la playa») que se sentó a su lado. Doblaba la pierna poniendo el pie sobre el asiento y a Sender no se le ocurrió otra cosa que besarle el muslo («yo sabía que si la tocaba con las manos podría ofenderse, pero no si la besaba»). Ella sonrió, pero se levantó y se fue, sonriéndole de nuevo desde la puerta. La otra es sobre su tío Silvestre:

Fue un tío abuelo mío que se llamaba Silvestre, pero era bastante sofisticado, quien en su lecho de muerte pidió un espejo y mirándose a sí mismo dijo:

— Adiós, don Silvestre. Que usted lo pase bien.

Luego murió.

***

Yoga matutino; sencillo, pero mis músculos han protestado antes de asentarse. Me ha sentado bien. Afeitado con navaja. Vil occisión. Un guiso de carne y patatas al mediodía. Me han cancelado el pedido que hice en línea, no sé por qué. Pero al menos me envían el café, cosa que me tenía preocupado. Me pregunto qué leer después del Azorín y pienso si no sería buena cosa retomar el libro de Revel que dejé a medias hace unas semanas. El caso es que me interesó mucho, porque demuestra que la estulticia imperante no es cosa nueva y que «la gran falacia» se viene manteniendo desde hace décadas. Todos llevamos un cura dentro que pugna por pastorear a los ignaros, pero debemos mantenerlo siempre oculto e inútil.