La cosa, más o menos, sucedió de la siguiente manera. Pedí dos libros, uno a la librería Renacimiento y un segundo a otra librería madrileña cuyo nombre, de momento, no voy a dar. Como los gastos de envío fuera de España son excesivos, mandé enviarlos a la dirección de un amigo en Madrid. Llegó el de Renacimiento pero no el otro, que, como es obligado en España (no así en Alemania) pagué por adelantado. A los pocos días envié un correo a la librería. Me dijeron que consultarían en Correos y que averiguarían cuál era el problema. No recibí noticia. Varios días después volví a enviar otro correo. No recibí contestación. Días después… muchos días después, llamé a un móvil. El librero, con más cara que espalda, me dijo que se dirigía en esos momentos a contestar mi mensaje. Y, por supuesto, que volvería a preguntar en Correos. Hasta hoy. Han pasado varias semanas, demasiadas. Y el librero no se ha comunicado conmigo. Imagino que, al enviar un libro a Madrid, no lo certificó. Y Correos, una vez más, me ha perdido un paquete. El librero, por supuesto, se ha quedado el dinero que le pagué por nada.

Tendría que comprobarlo, pero juraría que es el mismo librero que, años atrás, me envió un ejemplar de Austral ¡¡fotocopiado!! para pedirme después más dinero de lo que costaba el libro porque las fotocopias le habían salido muy caras. Al mostrarle mi perplejidad, se enfureció y le echó la culpa de “todo” a los judíos y a Felipe González.

En fin, que me he quedado sin libro y sin dinero y un librero, tenga o no culpa de lo sucedido, ha actuado con una falta de profesionalidad absolutamente repugnante. El libro, por cierto, es inencontrable y me va a ser muy difícil volverlo a comprar.