En una entrada anterior vimos que una parte del prólogo de la edición “canónica” del Quijote contenía contradicciones y no aclaraba algunas dudas sobre la composición del libro. El autor del prólogo y un escritor que había planteado algunos reparos a lo expuesto allí, mantuvieron en su día una discusión en la prensa. Aquél le venía a decir a éste que sus dudas no tenían fundamento y que de esos temas sólo podían hablar los expertos como él. Para asegundarse, recurrió a algunas descripciones técnicas y citó cierta bibliografía que sustentaba, en parte, alguna de las contundentes afirmaciones que daba en su respuesta. Ya vimos que ese argumento de autoridad que pretendía arrogarse el filólogo no tenía sentido, pues su prólogo adolecía de unas mínimas características lógicas y de sentido común.

Uno, que es ignaro y no llega ni a aprendiz, no tiene a mano la bibliografía citada por el prologuista. No obstante, se ha hecho con el libro de uno de los autores que citaba. Se trata del libro de Philip Gaskell Nueva introducción a la bibliografía material. Es un manual de referencia para profesionales y estudiantes y no ha perdido vigencia alguna desde su edición original en 1972. Una lectura superficial del libro, esto es, una lectura de aquéllas partes que interesan para la polémica, nos descubre además algo sorprendente: el escritor cuestionaba algunos puntos establecidos en el prólogo de forma sensata y cargada de sentido común. Su intuición, basada en la experiencia como impresor, no andaba muy errada. Para colmo, el argumento de autoridad esgrimido por el filólogo se va de nuevo al traste, pues afirma cosas que no son.

Respecto a la escasez de tipos en los talleres, el filólogo cita a Jaime Moll, especialista contemporáneo en la imprenta de Jaime Cuesta, lugar donde se imprimió el Quijote (1). Lamentablemente no tenemos a mano el texto de Moll y no sabemos qué fuentes puede citar. Sí tenemos a Gaskell, que habla de la relativa escasez de tipos en grandes imprentas. Y digo relativa porque describe cómo se almacenaban los tipos sobrantes. También se refiere a lo mal dotadas que estaban algunas imprentas londinenses alrededor de 1600. Añade: “[p]ero otros impresores que no padecían tal escasez de tipos también componían en formas”. Luego añade que esta forma de imprimir se dejó de practicar en Europa hacia 1600, excepto en Inglaterra (hasta mediados del siglo XVII) y en España (hasta finales del siglo XVII). Esto quiere decir que es posible que el Quijote se imprimiera en formas, pero no necesariamente debido a la escasez de tipos. También quiere decir que, ni mucho menos, como afirma el filólogo, “[…] hace ya decenios que historiadores y bibliógrafos han dejado de sobras establecido que en la Europa de los siglos XVI y XVII (por no venir más acá) el método habitual de la imprenta fue la composición por formas, y únicamente se echó mano de otros, y sólo a partir de un determinado momento, en oficinas tan singulares como la plantiniana”. Esa afirmación, tan contundente, es falsa, como hemos visto.

Los innúmeros paternalismos del filólogo llegan a ser sonrojantes, sobre todo cuando mete el “(sic)” a la palabra “operario”, que es la que se emplea en la traducción de Gaskell, o cuando habla del corrector. En este caso el sonrojo viene de nuevo por la demostración erudita (da el nombre del corrector de la imprenta del Quijote), pero no contesta a la pregunta que cabría hacerse en este caso: si había un corrector a sueldo, un profesional, ¿a qué vienen tantas fallas ortográficas (2), tantos errores [pdf], yerros [pdf], imprecisiones y gazapos?

El filólogo sigue sin dar respuesta a esa cuestión planteada por el escritor. Quizás lo hiciera más adelante, en un libro que escribió en 2005 y que trata exclusivamente de la composición del Quijote. Como vemos, le ha sacado mucho partido a la polémica. De este libro hablaremos próximamente. Hasta ahora, no obstante, vemos que cualquier aproximación metódica a este tema nos lleva a la conclusión de que su estudio no merece ser, en absoluto, cuestión exclusiva del filólogo.

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(1) Véase: Jaime Moll Roqueta. “Juan de la Cuesta” EN Boletín de la Real Academia Española, ISSN 0210-4822, Tomo 85, Cuaderno 291-292, 2005, p. 475-484 y Jaime Moll Roqueta. “El taller donde se imprimió el “Quijote”” EN Voz y letra: Revista de literatura, ISSN 1130-3271, Vol. 16, Nº 1-2, 2005 (Ejemplar dedicado a: el Quijote), p. 15-22

(2) Véase: Fidel Sebastián Mediavilla. “La puntuación del Quijote” EN Anales cervantinos, ISSN 0569-9878, Tomo 39, 2007, p. 101-145.