Maldita novela

En «Anatomía del snobismo», Arthur Koestler hablaba de las posibilidades de nuestra percepción del arte a través de un simple ejemplo. Una amiga suya tenía un admirador que le regaló una lámina con un dibujo de Picasso. La amiga expuso el dibujo en su casa, en un lugar arrinconado y secundario, hasta que fue informada de que el dibujo era original, momento en el cual pasó a ser la pieza principal de la casa.

Koestler da vueltas y requiebros tratando de averiguar los mecanismos por los cuales ese cambio de percepción altera nuestro ánimo a la hora de ver, mirar o admirar una obra. Se pregunta, por tanto, qué nos hace snobs.

He sentido ese snobismo estos días con la lectura de Viajes con Charley, de John Steinbeck. Había comprado el libro en inglés hace unos cuantos años y la lectura de alguna de sus páginas me reconfortó en un desdichado fin de semana que pasé en la frontera polaca. Encontrar esta edición de Península donde Sánchez, tiempo después, me produjo una satisfacción solo comparable a la de levantar una jarra de cerveza fresca en un caluroso día de vacaciones. Solo ahora, cuando he tenido unos días de descanso, me he permitido el gusto de encontrarme con esa prosa franca y aguda de Steinbeck que tanto me recuerda a la de E. B. White, a quien tanto admiro. Esperaba procurarme unas horas de verdadera placidez con el mejor amigo del hombre.

Pero todo se ha ido al carajo por mi puñetera curiosidad.

Steinbeck cuenta que un día decidió recorrer su país en automóvil. Se hizo con una especie de camioneta o caravana que cargó hasta los topes con enseres de lo más heteróclito e inopinado, se despidió de su mujer y se fue con su perro a descubrir los Estados Unidos. El libro arranca con fuerza, con la imagen de Steinbeck protegiendo su barco en medio de una poderosa tormenta, y todo para contarnos que el huracán no había hecho ni un rasguño a su recién adquirida camioneta. Como el libro que había terminado antes había sido la novela En peligro, de  Richard Hugues, esa continuidad atmosférica se me antojó enormemente satisfactoria. Y con esa sensación de apacible mansedumbre continué leyendo y leyendo, admirado de la sencillez de su propuesta y de la pertinencia y sutileza de sus observaciones. 

En algún momento decidí comprobar qué tipo de camioneta o roulotte había mercado Steinbeck. Hace treinta años, cuando este libro hubiese supuesto para mí un hallazgo insustituible, me habría quedado con las ganas. Pero ahora casi todo está a golpe de tecla. No dudé en ningún momento de que Rocinante —así llamó Steinbeck al vehículo— tendría dedicada más de una página en Internet. Así es, pero la información venía con noticias añadidas: gran parte de lo que se cuenta en este libro es una trola. Tan es así, que los editores decidieron tildarlo de novela. 

Steinbeck explica que apenas toma notas para sus libros, y que todo ha de macerar antes de volcarse en la escritura. Yo contaba, pues, con ciertas licencias, como la de reinventar diálogos; o con algunas imprudencias, como la de intercambiar anécdotas y decir que pasó en Chicago lo que realmente tuvo lugar en Montana. Cosas así. Lo que de ninguna manera me esperaba es que el viaje no lo hiciera solo con Charley, el perro, sino que su mujer lo hubiera acompañado en varias jornadas.

The Central New Jersey Home News Sun, 1963

De nada me sirvió buscar y rebuscar en la prensa de la época, para que el gusto por la investigación y quizá algún hallazgo de hechos olvidados me quitara el mal sabor que me dejó este descubrimiento. Imposible. He retomado la lectura del libro y soy capaz de valorar lo que en él me había atraído antes. Pero ya nada es lo mismo. Me ha pasado lo contrario que a la amiga de Koestler. Alguien me ha regalado este Picasso original y lo había expuesto en el centro del salón con el fin de que atrajera todas las miradas. Pero ahora que sé que es una lámina, lo he arrinconado junto al resto de reproducciones y obras subalternas. 

El dibujo es el mismo, porque el fondo de lo que cuenta Steinbeck sigue siendo igual de bueno.

Pero no.

 

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3 comentarios

  1. Rafael Sánchez Vera

    Ser un artista y estar a la altura de lo que uno escribe son cosas diferentes...

  2. viejecita

    ¡ Vaya, pues ese no lo tengo ! Ni tampoco recuerdo haberlo leído en la época en que no tenía dinero para comprarme libros, y los tomaba prestados de la biblioteca del British ( antes de que la convirtieran en ayuda para preparar los exámenes de inglés, y quitasen los libros). ¡ Con lo que me gusta Steinbeck ! A ver si está en kindle, y me lo compro.

    Y mi esnobismo es de otro tipo. Soy de las que cuando pongo una cita, suele ser del Asterix, del TBO, o así. Pero, eso sí, no aguanto las traducciones de los textos que sea capaz de leer en V.O., aunque necesite un diccionario al lado para entenderlo todo. ( También me suele venir bien el diccionario, o San Google para enterarme de lo que significan algunas palabras, como anacoluto....
    En cualquier caso, Gracias por la reseña

  3. Un poco eso me pasó con el Viaje a la Alcarria