Mi ejemplar de Lo que queda de España, una primera
edición comprada en Zaragoza hace seis o siete años.

Expresarse con libertad es algo que puede salirte caro. Federico Jiménez Losantos ha pagado un precio muy alto. No sólo las querellas que desde hace unos años le han ido poniendo algunos políticos sino también un atentado que, en 1981, estuvo a punto de acabar con su vida. La razón, o más bien la sinrazón, fue la participación de FJL en el llamado Manifiesto de los 2300. Uno años antes, en 1979, había publicado Lo que queda de España, una colección de artículos y ensayos en la que criticaba los excesos -entonces incipientes- del nacionalismo, acusando a su vez a la izquierda de actuar en connivencia con esa tribu troglodita disfrazada de burgués atemperado. El libro surgió con polémica. FJL acusa a Miguel Riera, a la sazón responsable de El Viejo Topo, de censurar el libro y evitar que fuera publicado en esa editorial. Miguel Riera lo ha negado repetidas veces. Biel Mesquida, codirector de la colección donde había de aparecer el libro, dimitió a raíz del suceso. Lo que queda de España terminó publicado en Ajoblanco. Jiménez Losantos volvió a reeditar el libro en 1995 e incluyó un prólogo de unas ciento cincuenta páginas que es una magnífica crónica de la Barcelona de los años 70.

Vivimos en una sociedad damisélica® en la que abunda el rebaño capaz de aplaudir a quien entre “en la pringue giñando en bata, que aquello del detalle distingue” mientras se tapa los oídos ante la argumentación fiera y muscular. Para defenderse de la supuesta agresión, de lo que cree grito y cacerolada, este rebaño no utiliza la contraargumentación educada. Y no lo hace porque no sabe. Su incapacidad le obliga a utilizar un arma conocida, fácil de usar y al alcance de cualquier petimetre con ínfulas: la censura.

Ha permeado, esto de la censura. Ya no se ejerce desde el poder omnímodo del Estado, sino que se utiliza en cualquier medio que permita expresarse con libertad. Lo peor es que ya no son políticos entelarañados quienes la utilizan para mantenerse en el trono. Ahora la ejecutan y la defienden pulcros intelectos capaces de meneársela con exquisitez y elegancia. Con tanta exquisitez y elegancia que algunos abominan de la censura mientras la aplican de forma discriminatoria. Átenme esa mosca por el rabo. Así, los periodistas que se alegran de la coacción que supone la sentencia contra FJL. Así, algunos estultos jurisconsultos -y sus palmeros cañís- que han depuesto sus disquisiciones en un blog-letrina disfrazado de selecto club social.

Dos periodistas, posiblemente los dos mejores periodistas que hay hoy en España, han hablado del tema. Sin necesidad de mostrar los estatutos de limpieza de sangre que demuestren que no comparten las opiniones de FJL, han defendido un derecho básico y constitucional que no sólo la justicia, sino también los espoliques babeantes de la sociedad damisélica®, están tirando por tierra.