Pedro, Valentín de. La vida por la opinión.
Buenos Aires: Imp. Aniceto López, 1942. 240 p.
Cubierta de Alejandro Sirio

PRÓLOGO

Contaré la vida de un perro durante la guerra española; la vida de un perro en el Madrid “rojo”, “rojo,” él también -aunque sin saberlo- por haber vivido dentro de la ciudad, identificado con ella. ¿Podía ser de otro modo? Él no es más que un trozo de vida, vida animal, que aunque se mueve dentro del mundo de los hombres, no alcanza a racionalizar sus impresiones y sus sentimientos, con la cual no ha acabado, como el hombre, en animal político, sobrado motivo para que esté eternamente agradecido a su creador. Y por eso, se vincula a la vida sensorial y fisiológica del hombre, sin penetrar en la órbita de sus ideas. Con todo, como sus amos más queridos fueron “rojos”, algo se le debió pegar de este color, y aunque solo fuese por adhesión a ellos, los tribunales de Franco, de no haber coincidido su muerte con la caída de Madrid, le hubiesen condenado a treinta años de prisión mayor, por lo menos.

Sé dirá que un perro no es personaje apropiado para servir de protagonista a una hazaña memorable en la vida de los hombres, como lo fué la defensa de Madrid en la guerra de España; pero como estas páginas no aspiran a ser una epopeya, sino un humilde relato, no parecerá extraño que lo vinculemos a la humildad del perro.

Por otra parte ¿cómo individualizar a ese protagonista? ¿De qué partido político o de qué organización sindical sacarlo? ¿Qué nombre propio darle? Cuando el día 7 de Noviembre de 1936 los militares sublevados llegaron a las puertas de la famosa villa del oso y el madroño, frente a los regimientos uniformados, la capital opuso las agrupaciones gremiales, los obreros y empleados de fábricas, comercios, oficinas y talleres; el hombre de la calle, en fin, que si tiene algún nombre es éste: Pueblo.

Simbólicamente se enfrentaron aquel día, a las puertas de Madrid, el militar y el hombre civil. Toda la inmensa tragedia actual del mundo estaba contenida en aquel escenario. Se empezaba a jugar allí el destino del hombre civil, contra el cual lanzaba el militar su formidable máquina guerrera, minuciosamente preparada. Y, en el trágico juego, el pueblo español se anticipó a poner su vida al tablero, según la expresión clásica.

Que el primer pueblo del mundo que defendía con su sangre los fueros de la civilidad, es decir, de la democracia, fuese el español, era cosa que forzosamente había de halagarnos en nuestra condición de argentinos. Y, con el hombre de ese pueblo, que encarnaba substancialmente en ese instante al hombre civil de todo el mundo, nos sentimos identificados como hombres, orgullosamente identificados como argentinos, ya que nuestras dos tradiciones son España y la Libertad, la fundación y la independencia.

Si al cabo ese pueblo fué vencido, hoy puede exclamar con uno de sus más grandes poetas:

“Yo hice lo que he podido,
fortuna lo que ha querido.”

Y porque hizo lo que pudo, que es lo más que puede hacer el hombre, legó al mundo la ejemplaridad de su gesto, que habían de imitar más tarde, cuando se hallaron en trance de invasión, pueblos que permanecieron indiferentes a su sacrificio, porque no supieron ver o porque llevaban el engaño en sus ojos…

Si hay una salvación para el hombre civil, éste la hallará en la llama de pasión colectiva -pasión por la libertad- que hizo arder al pueblo de España cuando se vió atacada, porque el triunfo de las democracias sobre los regímenes totalitarios, no puede ser otra cosa que lo que fué la defensa de Madrid: una epopeya civil.

Pero he aquí que a ese pueblo, que supo enfrentarse con sus enemigos como uno de los mayores héroes de nuestro tiempo, se le dejó morir coma a un perro. Quizás por eso, aquel perro que vimos en una calle de Madrid, en los últimos días de su sobrehumana resistencia, muerto de hambre y con el Inri de un cartelito que decía: -“Rojos, así acabaréis todos”, se incorporó con tanta vida a nuestra imaginación, que su vida acabó saliéndose por los puntos de nuestra pluma.

En la galería de condenados a muerte, donde estuvimos cuarenta y dos días, a punto de pagar con la vida nuestra adhesión al pueblo de España, de acuerdo con la justicia que manda hacer el Caudillo, al ver sacar todos los días a los que iban a morir oscuramente y sin gloria por la causa que con tanto ardor -y con cuánto candor a veces- habían defendido, la imagen de aquel perro se presentaba en nuestra memoria como símbolo de los héroes que nadie conoce y que ni aun siquiera se conocen a sí mismos.

Él nos acompañó en aquellos ásperos instantes; y, antes de conseguir nuestra libertad, él nos guió en nuestras frecuentes huidas al mundo de la imaginación por los senderos de la fantasía. Y bien puede decirse que entonces fueron escritos estos episodios, trasladados luego al papel.

Con su carácter anecdótico y contradictorio, estos episodios corresponden a ese fondo oscuro y confuso de los hechos, del cual se destacará con el tiempo la luminosa verdad que alumbraron en la Historia. Tanto influye el tiempo en la apreciación de los hechos, que con ser muy poco el transcurrido desde que terminó la guerra de España, se empieza a ver ésta a una nueva luz: la que se desprende de la contienda universal. Será preciso que ésta acabe para que se la vea al fin en su verdadero y profundo significado: cuando la realidad inmediata haya sido totalmente superada por la realidad histórica. Entonces se sabrá verdaderamente qué finalidad tuvo la resistencia del pueblo español y qué cosa fecundó con su sangre. Por lo pronto, empieza a verse que esa resistencia de casi tres años, fué el primer obstáculo que el totalitarismo, encontró en Europa y la primera victoria -pese al vencimiento- de las democracias, pues que hizo posible su actual resistencia y su triunfo futuro. Cuando este triunfo llegue, se verá con claridad deslumbradora lo que hoy empiezan a entrever hasta los más ciegos. Y entonces se escribirá la epopeya del pueblo español, que será una epopeya civil.

Quédese para nosotros la anécdota, que no pertenece a la historia sino a la vida, pues lo que nosotros ofrecemos a nuestros lectores, no es más que un trozo de vida. Y por lo tanto no puede parecer extraño que sea un perro el protagonista de estas páginas, ya que los hombres, bajo el azote de la guerra, acaban moviéndose dentro de la órbita de sus necesidades elementales; siendo, como él, un poco de materia que se arrastra penosamente sobre la dura corteza del planeta, sin apenas comprender nada, ignorante de su destino.