Hace casi veinte años escribí un cuento titulado “Historia de un hombre extravagante”. No era malo, y os juro que escribo esto sin pestañear. Se trataba de una historia pretendidamente alegórica basada en una experiencia autobiográfica que se ha repetido más tarde, al menos dos veces. Era una historia de derelicción y ascesis, de voluntad e inacción, de fugas y cobardías, de hoplómacos y cenobitas. Su final era intuitivamente nihilista, algo que, creo, levantó ciertas sospechas en alguna gente suspicaz. Es posible que alcanzaran a creer que estas ideas no podían surgir de una cabecita joven y dispersiva como la mía. Que, como he dicho, pudiera haber reescrito el cuento al menos dos veces, me desanima. Eso quiere decir que las cuatro leyes que han de regir mi vida son las mismas que tenía por entonces. Si antaño se basaron en sospechas de lo que había de ocurrir, hogaño son testimonio fehaciente de lo sufrido. Todo a mi alrededor fluye, sólo yo permanezco inmutable, zopenco, tardo y anodino. La última vez que he repetido aquello que narraba ha sido este mismo año. Y una de las consecuencias ha sido mi último viaje a Barcelona, arrastrando conmigo mi americana, un jersey, la termolactil y un inútil paraguas bajo el brazo. Sobre los hombros derrumbados, mi verdad vencida.

Arriba, un sol injusto que me ilumina como anacrónico turista, viajero despistado o emigrante vuelto a destiempo. En todo caso, siempre fuera de lugar. Es día uno, se precipita la tarde y la vivo a trompicones, entre el subterráneo, los libros y las flores, pero llego puntual a mi primera cita. Me agasajan y converso, me aconsejan y escucho con atención. Se dispersan por unas horas los vapores mefíticos que me ahogan en esta ciénaga. Pero, como se suele decir, se trata tan solo de un espejismo.

El día siguiente se inicia entre libros. A ver si recuerdo: del anterior guardo La agonía de Francia, de Chaves Nogales, y España sufre, de Carlos Morla Lynch. Y esa misma mañana, en la feria del libro viejo, me hago con los dos volúmenes de Todos fuimos culpables, de Juan Simeón Vidarte; Miguel y Pepe, un juguete humorístico sobre la primera guerra mundial, cuyo subtítulo es “dos valientes que irresistibles, prepotentes, hunden al fin la compañía de la impostura y la falsía”; compro también Jolly Rogers, de Rafael Sender, un librito ambicioso sobre, creo, la adolescencia; con los dos anteriores, y a cinco euros por precio conjunto, El número 7, de Penella de Silva, corresponsal que lo fue del Berlín de los cuarenta y del que narra anécdotas curiosas Ramón Garriga; y, finalmente, Las atrocidades alemanas, editado en París en 1915. Al acabar el periplo, y pensando en qué librería podría perder el tiempo y en qué figón llenar la andorga, una voz nocturna y barrancosa me llama: ¡Brema! Es el Rufián Melancólico. No tiene sentido mostrar sorpresa por este azar. Al fin y al cabo he venido aquí a ver sus cuadros, en la ciudad hay una feria de libros viejos y Barcelona es poco más grande que Soria. El encuentro era inevitable. Tomamos una cerveza en un bar cercano. Habla el Rufián, le pregunto qué voy a ver esta tarde en la galería de arte y me cuenta. Me cuenta largo y tendido, así se dice. Mi curiosidad crece ante sus palabras. Me habla del rigor, la precisión, la voluntad y el compromiso. Bien, eso a través del arte, o para el arte. Todo ello ante una obra y con el tormento que cualquiera siente al tratar de dar forma a sus fantasmas. Lo mismo sirve para enfrentarse a la lucha de cada día, que decía mi amigo el Farru, y eso ya me inquieta más.

Nos despedimos y opto por desentenderme de la visita a nuevas librerías. ¡Tanto libro y tanta hostia…! Callejeo, cruzo las Ramblas a toda prisa –siempre me fueron hostiles- y termino en un bar racial, gallego por más señas, que conozco de una de mis últimas visitas a la ciudad. Entonces me recibió una camarera de rugiente simpatía, tan excesiva como acogedora, de la que uno podía no fiarse en un principio –y por principios- pero a la que acababa uno rindiéndose, asumiendo que no albergaba doblez alguna. Quizás entonces comiera a gusto. Si no ocurrió así, el mal recuerdo lo borró una sonrisa y alguna palabra amable. Esta vez todo es distinto. Sigue la misma camarera, galana y acogedora, y me dirige a través de las mesas, dándome a elegir sitio. Lo hace en catalán y me sorprende. El año pasado no la oí ni un solo chisplau. Ha debido de cambiar el barrio y la llegada nuevos aborígenes, reconocibles por sus gafas de pasta negra, indumentaria intelectual, hace cambiar los hábitos. La comida es abominable. Se salvan los guisantes, todo hay que decirlo, pero la oreja es una pasta gelatinosa intragable y dejo más de la mitad en el plato, cosa que no había hecho en muchísimos años. Me refugio en el vino, que aunque malo me disfraza el trago. El orujo, maldita sea, es Afilador. Aquí no hay quien viva y salgo cagando leches, dicho sea con perdón. Atravieso calles infectas tomadas por un ejército de putas, aglutinadas en escuadrones –aquí las negras, allá las eslavas, aquí las gordas, allí las delgadas- que me hacen pensar en esos puercos generales, los proxenetas, que ordenan a sus tropas con ojo de negociante. Ninguna me aborda, excepto una morena, garrida y de pelo increíble, que me llama “guapito” y me pregunta que a dónde voy tan serio. Así que es eso. Debo de tener cara de amargado y mala virgen. Agradezco el cumplido con una sonrisa veloz y tomo el subterráneo en cuanto puedo.

El guapito llega a Gracia. El nombre de la calle a donde debo acudir no acude a mi mente con la nitidez que debería. Tomo algo en un bar de la zona. Es uno de esos establecimientos pretendidamente jipis pero con, vamos a abrir comillas, “estilo”. Cerremos comillas, porque abro el Abc sobre la barra y me leo el hermanntertsch, con un par. Pregunto por la calle y trastoco el nombre del personaje al que está dedicada, como hacía en alguna censoría, esta vez de forma consciente, equivocando el nombre de filenos y bellacos que me causaban risa o asco. Nadie sabe darme razón, así que me dirijo hacia la Vía Augusta, ya que por ahí se encuentra el que era mi destino. De paso abrevo en una librería ya conocida por mí. El guapito compra dos libros que perderá ese mismo día: La noche quedó atrás, de Jan Valtin, y las memorias de Violeta Friedman, superviviente de Auschwitz.

Finalmente encuentro la calle y la galería. Ya está iluminada y tiene expuestos los cuadros, pero la persiana está echada. Atisbo a través de ella lo que luego examinaré con tanto detenimiento como ignorancia. Quedo cautivado por lo primero que veo. La emoción se revuelve en mis tripas. Me pego a esa persiana que, luego me daré cuenta, no es sino reja, muro y frontera.