Los servicios postales alemanes continúan funcionando. También las librerías. El día 30 compré a distancia los diarios de Gustav Regler y me llegaron dos días después. Es uno de los pocos libros (¿tres?) en los que se cita al secretario de Willi Münzenberg y quería echarle un ojo. Regler ha aparecido de tanto en tanto por la BF por su relación con España. Fue comisario de las Brigadas Internacionales y uno de esos hombres que se distanciaron del comunismo tras el pacto entre Hitler y Stalin. Como yo creo que es fundamental y merece traerlo a colación en cualquier circunstancia, copiaré de nuevo el fragmento de Escoria de la tierra donde Koestler habla del desamparo que sufrieron tantos intelectuales de izquierdas tras aquella unión no tan contra natura como pudiera parecer:

«Definitivamente, soy un continental, es decir, siento siempre la necesidad de subrayar una situación dramática con un gesto dramático. G. es definitivamente inglesa, o sea, siente el impulso de suprimir el impulso primitivo, con la particularidad de que este segundo reflejo precede generalmente al primero.

»Cuando, el 23 de agosto, vi en la tercera página del Eclaireur du Sud-Est el insignificante despacho de la Havas, en el que se decía que había sido firmado un tratado de no agresión entre Alemania y los Soviets, comencé a golpearme la cabeza con los puños. El diario acababa de llegar. Lo abrí mientras bajábamos al Saint Sébastien para almorzar.

»-¿Qué es lo que pasa? -preguntó G.
»-Es el final -repuse-. Stalin se ha unido a Hitler.
»-Tenía que ser así -comentó G.

»Y eso fue todo.

»Traté de explicar a G. lo que ello significaba, para el mundo en general y para mí y mis amigos en particular. Lo que ello significaba para esa mitad optimista de la humanidad, la mitad mejor, que llamaban “izquierda” porque creía en la evolución social y, aunque opuesta a los métodos de Stalin y sus discípulos, creía de modo consciente o inconsciente en que Rusia era el único experimento social prometedor en este desdichado siglo. Yo mismo fui comunista durante siete años; me costó muy caro; había abandonado el Partido con repugnancia hacía sólo dieciocho meses. Algunos de mis amigos habían hecho otro tanto; otros todavía dudaban; muchos habían sido fusilados o encarcelados en Rusia. Nos habíamos dado cuenta de que el stalinismo manchaba y comprometía la Utopía Socialista como la Iglesia medieval manchó y comprometió al Cristianismo; de que Trotski, aunque más atrayente como persona, no era en sus métodos mejor que su oponente; de que el mal central del Bolcheviquismo estaba en su adaptación incondicional al principio de que el fin justifica los medios; de que una dictadura bien intencionada del tipo de las de Torquemada, Robespierre o Stalin era todavía más desastrosa que una tiranía lisa y llana como la de Nerón; de que todos los partidos de izquierda habían sobrevivido a su época y de que vendría un día en que surgiría del diluvio un nuevo movimiento, cuyos predicadores usarían probablemente la cogulla monacal y recorrerían descalzos los caminos de la Europa en ruinas. Nos habíamos dado cuenta de todo esto y habíamos vuelto las espaldas a Rusia y, sin embargo, miráramos adonde mirásemos, no hallábamos tranquilidad en parte alguna. Por eso, quedaba en el fondo de nuestros espíritus una leve esperanza de que, tal vez y en fin de cuentas, fuéramos nosotros los equivocados y los rusos los que estuvieran en lo cierto. Nuestros sentimientos con respecto a Rusia se parecían a los del hombre que se ha divorciado de una esposa muy querida; la odia y, sin embargo, halla una especie de consuelo en pensar que existe todavía, en el mismo planeta, joven y fuerte.

»Pero ahora estaba muerta. No hay muerte tan triste y definitiva como la muerte de una ilusión. En el primer momento, al recibir el golpe, no se sufre, pero uno comprende que pronto se iniciará el sufrimiento. Cuando leía aquella noticia de la Havas no me sentía deprimido, sino solamente excitado, pero sabía que me sentiría deprimido mañana y pasado mañana y que esta sensación de amargura no me abandonaría en meses y tal vez en años. Y también que millones de personas, que representaban esa optimista mitad de la humanidad, no conseguirían nunca sobreponerse a su depresión, aunque no tuvieran plena conciencia de los motivos. Toda época tiene su religión y su esperanza dominantes; muy raramente, sólo en sus más sombríos momentos, ha quedado la humanidad sin una fe específica por la que vivir y morir. Iba a librarse una guerra. Los hombres de la izquierda lucharían, pero lucharían con amargura y desesperanza, porque es muy duro luchar cuando sólo se conoce aquello contra lo que se lucha y no aquello por lo que se lucha.

»Es esto lo que traté de explicar a G., la cual había nacido el año del Tratado de Versalles y no podía comprender por qué un hombre de treinta y cinco años hacía tanto ruido al enterrar sus ilusiones, pues ella pertenecía a una generación que no tenía ninguna».

Hojeando estos diarios de Regler, titulados Sohn aus Niemandsland [Hijo de la tierra de nadie] y escritos entre 1940 y 1943, gran parte de ellos en México, he dado con un encuentro entre Regler y Gustavo Durán. Durán era el hombre designado por los soviéticos para hacerse cargo del SIM, que finalmente cayó en el candidato de Prieto: Ángel Pedrero. Me enteré ayer, casualmente, de que Durán había destacado también como músico.

En la entrada del 30 de julio de 1940, Regler cuenta que está leyendo Por quién doblan las campanas, la novela de Hemingway, con quien había estado bebiendo la tarde anterior. Impresionado por la escena de la ejecución, escribe:

«20 muertos, 20 mundos. El ritmo es fascinante. ¿La verdad sobre una revolución? ¿Qué es la verdad? Durán dijo: “We can get only the authority to be a leader in the future by telling now the truth and the truth about us too” [Sólo podremos obtener la autoridad para ser líderes en el futuro si decimos ahora la verdad y también la verdad sobre nosotros».

***

Anoche hablé con Lorena. Simpatiquísima, como siempre. Trabaja de enfermera en un hospital de provincias. Tenían ocho camas de cuidados intensivos y han conseguido crear más de veinte. Un ritmo infernal. Los contagiados son en su mayoría gentes de entre cuarenta y cincuenta años. Hay muchos infectados entre los médicos y las enfermeras y no les hacen pruebas si no tienen síntomas, imagina que para evitar el pánico, porque supone que todos lo están. Hay mucho personal de baja por ansiedad. No le pregunto cuánto cobra.