Salazar Mallén, Rubén. Soledad. Prólogo, Javier Sicilia. México, D.F. : Universidad Nacional Autónoma de México, 2003. 141 p. ISBN 970-32-1091-0

En Europa se cultiva con esmero y cierta exquisitez el culto a los autores malditos. Por eso resulta extraño que no haya una sola edición -ni en español ni traducida a otro idioma- de la obra del escritor mexicano Rubén Salazar Mallén. Un autor nacido en 1905 que comenzó a escribir a principios de los años treinta y que no cejó en el escribir hasta su muerte en 1986. La época de los chismes en torno a su persona y su obra queda sepultada en esas décadas tan indecisas que fueron los años sesenta y setenta. Abandonado ya, lejos de merecer la construcción de mitos y leyendas indestructibles e irrefutables en torno a su persona.

En el magnífico prólogo a la última reedición de Soledad (UNAM, 2003), la novela más conocida de Salazar Mallén, su discípulo Javier Sicilia nos lo describe así:

[…] ha sido el más incómodo de nuestros escritores. Una leyenda de bestia negra, que cultivó con fruición, lo persiguió toda su vida. ¶ […] Deforme desde los 13 años a causa de una hemiplejía -quienes lo odiaban lo llamaban ‘Quasimodo’ o ‘La Esvástica’-, su vida y su obra fueron una rebelión y una afirmación de sí que lo llevaron por todos los derroteros y todas las confrontaciones. ¶ Vasconcelista en sus años universitarios, amigo y crítico de los Contemporáneos, lector de Chéjov, Tolstoi y Dostoievski, amante de las mujeres, de los prostíbulos y del alcohol, simpatizante del anarquismo que leyó en Bakunin y Kropotkin, pero que comprendió poco, se afilió al Partido Comunista en 1930. Su militancia y el fuego de su activismo lo hicieron caer en prisión varias veces. En 1932, después de escribir una novela prostibularia con matices morales, que recuerdan la Santa de Federico Gamboa, un insólito ensayo en defensa de la prostitución, De la prostitución, y Dos cuentos, la decepción política lo hizo renunciar al Partido. Indignado, como un horrible desafío, funda la Acción Popular Mexicana, partido de corte fascista, y escribe Cariátide, no sólo una denuncia a las contradicciones del Partido Comunista, sino la primera novela urbana en México y la primera que se atreve a utilizar las malas palabras, hasta entonces proscritas en la literatura.

De Cariátide se publicaron dos fragmentos en la revista Examen, que le valieron a su autor y a Jorge Cuesta, editor de la revista, una acusación por faltas a la moral. Ambos ganaron el juicio. Salazar Mallén quemó el manuscrito de la novela durante una borrachera (los rumores cuentan que era un procedimiento habitual, y que llegó a quemar hasta veinte novelas), pero la volvió a reescribir y le dio en 1959 el título de Camaradas.

Este título lo pasa por alto Heriberto García Rivas en su Historia de la literatura mexicana (Porrúa 1974, tomo IV, p. 399-401), si bien lo incluye en la bibliografía sobre el terrible Salazar Mallén. García Rivas no da cuenta del estilo de éste hasta la novela ¡Viva México!, editada en 1968:

En 1968 apareció publicado por Costa Amic un libro injurioso: ¡Viva México!, de Rubén Salazar Mallén (1905-). Es un libro lleno de porquería, de palabras gruesas, muy usuales en la intimidad de los léperos y degenerados de baja estofa, y de quienes creen encontrar en tal desenfado agresivo cualidades de hombría. Por otra parte, abunda en nuestros días tal clase de ‘literatura’, desde que al noble arte de escribir arribaron asaltantes de las letras, como otros asaltantes de bancos, de negociaciones, secuestradores de aviones y personas, ladrones y forajidos, nada más, ejercen tales actividades en nombre de falsas ideologías y se dicen revolucionarios y no lo que son, simple rateros. Así anda el mundo actual, y es obligado que la literatura padezca también sus atracos, y se haga porquería a nombre de una literatura superrealista y desenfrenada. […]

Posteriormente, y según cuenta Javier Sicilia, Salazar Mallén abandona la abogacía e inicia su carrera como profesor en las facultades de Derecho y Filosofía y Letras. También despliega, como periodista, su crítica cargada de sarcasmos ya contra el gobierno, ya contra los comunistas, ya contra ciertos escritores (mantuvo una dura polémica con Octavio Paz, a quien acusó de plagio). A resultas de todo ello quedará marginado de los grupos literarios y políticos. Después de abandonar el fascismo y volver al anarquismo (según J. Sicilia, “en realidad es un pretexto para exaltar su individualismo”) se dedica a su labor literaria. “A partir de los años setenta ya había perdido a casi todos sus lectores”. Siguió con sus clases de historia de las ideas políticas en la UNAM y editando sus obras en pequeñas editoriales. En los años 80 se publicaron algunos artículos sobre él, escritos por jóvenes que reivindicaban su obra.

Javier Sicilia cuenta algunas anécdotas del escritor que demuestran un carácter epicúreo a la vez que extraordinariamente formal. La rígida disciplina después de haber compartido con algunos alumnos noches de putas y alcohol. Según J. Sicilia, detrás del crítico brutal había un profesor extraordinario que hacía uso de la mayéutica, la interrogación, que convulsionaba a sus alumnos para que aprendieran a razonar. Y detrás del profesor estricto, o sea, efectivo, un hombre vulnerable, que en las confidencias facilitadas por la intoxicación del alcohol admitía de manera triste el dolor que le causaba su soledad y su exclusión. Un día, humillado en un prostíbulo por una chica que “lo desdeñó con ese desdén que sólo los que han vivido la humillación pueden manifestar por un prójimo que sienten inferior a ellos”, quedó varios minutos en silencio, antes de decirle a J. Sicilia, compañero de putas esa noche: “Sicilia, usted no tiene idea del dolor que significa ser un viejo”.

Esta existencia de forajido y despojado, de testigo de todo lo malo y bárbaro, de todo lo doloroso y miserable, no sólo hizo que comprendiera la literatura rusa -a la que amaba sobre cualquier otra- sino que la suya fuera una de las más descarnadas que se hayan escrito en México. En todas sus obras, el peso de la degradación moral de un México descompuesto surge como una horrible acusación. Pero es en sus mejores obras donde del fondo de ese horror emerge una ternura que lo compensa y que, como la mejor literatura rusa, nos lleva al corazón del sufrimiento humano.

Así ocurre en su novela Soledad, en la que se describe el dolor de un viejo solitario que vive en una pensión ruinosa y trabaja como funcionario junto a jóvenes insolentes. Para J. Sicilia, Aquiles Alcázar, el protagonista, es un derelicto.

La derelicción define el estado del hombre que se siente abandonado, aislado, privado no sólo del socorro humano, sino también divino; es la palabra con la que la teología se refiere a la experiencia de Cristo en la cruz: abandonado de los suyos y de Dios mismo.

Aquiles Alcázar va a participar en una jira con sus jóvenes compañeros de trabajo. Ese día se levanta resfriado. Su recorrido febril por las calles de México, la neurosis producida por la soledad acumulada durante años, la visión del diablo en la figura de un mendigo harapiento, su vuelta a la mísera pensión después de haber quedado excluido de la excursión, todo ello queda registrado con efectividad no exenta de compasión por Salazar Mallén, que pinta a don Aquiles como un viejo autoexcluido e i
nestable, al que lo mismo le acomete un giro alegre que un pensamiento siniestro. A su alrededor, pero a una distancia infinita, una sociedad ajena a las desdichas del funcionario, que en actitud recíproca, no puede sino verla por el tamiz del egoísmo de los solitarios. Así pues, para Aquiles Alcázar todo lo que le envuelve es sucio, decadente y sumido en un marasmo irrecuperable.

Después de despotricar desde el púlpito de su libro y sumirse en una resignación rechinante, García Rivas se centra en el personaje de Salazar Mallén:

Pues bien, con tal obra seria [ha hecho una relación de los títulos de libros de ensayo y alguna novela que quizás García Rivas tachara de “digna”] no había por qué incidir en lo que algunos improvisados actuales hacen, para llamar la atención: escribir en términos gruesos de cosas impublicables. Pero Salazar Mallén lo ha hecho, y él sabrá por qué. Aunque se infiere que lo hace por lo que los demás inciden o reinciden: por ‘estar amargados’. Ya hace años, quizá muchos años, que René Avilés hizo en las columnas de El Nacional una vivisección de Salazar Mallén, y a esa conclusión llegó: “Sabido es que no se trata de hablar por hablar, sino de trabajar por la cabal liberación del hombre. Otra cosa ocurriría si Rubén hubiese sujetado sus frases a ciertos principios. No habríamos encontrado la maledicencia, como cizaña, entre sus bellas frases creciendo… ¿Por qué las bellas frases de Rubén se pierden y se multiplica a su alrededor la malevolencia?… La infatigable combatividad de Rubén produce frases de odio. Rubén, dejándose arrastrar por la corriente, ha cargado de odio su espíritu… Cree manejar frases de amplio contenido, y sus palabras llegan vacías…”. Y ahora, también llevado por la corriente, llena sus libros de insultos, palabras gruesas, adjetivos malsonantes, malas razones y vulgaridades, agravios y pornografía”.

Vaya por Dios. Incapaces de ver en Aquiles Alcázar un trasunto, si quieren lejano, del mismo Salazar Mallén; incapaces de relacionar la caridad de éste con aquél por ser partícipe del mismo sufrimiento, a los críticos petulantes no se les ocurre mejor reacción ante la visceralidad del proscrito que alejarla con el fláccido aliento de la apelación al odio. Déjenlo, que está nervioso. Se sacuden de encima su propia pusilanimidad con el gesto pretendidamente discreto de quien se sacude la caspa de los hombros. Ante la furia del gallardo, el desprecio; ante la osadía del bizarro, la denuncia; ante el arrojo del desesperado, el gesto encogido, como si la cosa no fuera con ellos. La hombría, esa “buena cualidad”, asusta. Pero los temerosos ignoran lo más importante: que un proscrito, como cuenta Salazar Mallén de su protagonista Aquiles Alcázar, puede llevar el corazón “repleto de odio y de alegría”. La alegría que nunca tendrán los acojonados cuyo antídoto para combatir sus propias deyecciones consiste en el plácido desdén.