La plegaria de Hargeville

por
Pierre Drieu La Rochelle

Traducción de Gongren

Llegamos, la noche anterior, a este pequeño pueblo francés. Las postrimerías del otoño se han convertido en una debacle y la magnífica melancolía ha mudado en disgusto irremediable. Llueve. El paisaje se desvanece bajo un vaho pesado. Las casas, desperdigadas a lo largo del camino, desaparecen, desbordadas por el lodo.

La iglesia, por fuera, semejaba una choza de gran solidez, construida en piedra antigua. Dentro, unos adornos infames, producto del engaño de esta época tan plebeya. Es domingo. La formidable liturgia se eleva por encima de la juventud hasta dar con la voz aguardentosa del sacristán y el agrio griterío de algunas chicas. Permanezco durante casi una hora entre los bancos de madera, adormilado por el reflejo áureo de la casulla y la custodia.

El pueblo está lleno de americanos que llegan en masa desde las grandes ciudades de ultramar. Regresan a la Europa que abandonaron hace diez o doscientos años. Soldados de un gran ejército, henchidos de orgullo —europeos ayer; hoy americanos—, adiestrados bajo una disciplina furiosa, vueltos todos hacia un vacío desconocido.

He venido con estos hombres nuevos, como guía, a este rincón de mi patria donde las tradiciones rústicas se perpetúan desde los tiempos de Roma. Y todo lo que nació allá, el lugar de donde vienen, se convierte en negación y amenaza de cuanto aquí persiste.

En esta pequeña habitación que me han asignado, entre los bultos de mi moderno equipo y una chimenea construida con un arte que nos ha sido vedado, cuyos aromas recuerdan al tabaco exótico y a la leña verde que ardía en casa de mi abuela, he decidido meditar un poco mientras velaba las armas.

Una larga hilera de camiones franceses dormita en el camino. Dentro de un rato reemprenderán la marcha, juntos, al encuentro de ese cañón que sin cesar golpea la inmensa pared de mi alma. Hacia el horizonte, con paso lento, como viejas campesinas, con sus cubiertas de lona a modo de toquillas, dispuestos a arrojar su cargamento de jóvenes yanquis a la misma boca del infierno.

Aun hallándome en esta habitación, formo parte del gran drama planetario. La comunión feroz de mi alma con todo cuanto oprime a los hombres venidos de allende hace que estos muros estallen como si hubiesen sido golpeados por un obús. Estoy perdido, perdido para siempre entre esta multitud, en la muerte, en esta humanidad fundida con la naturaleza, transido por melodías que me son del todo superiores.

La agonía comienza: me arrodillo ante el que seré mañana. Intento unir el mañana al hoy de una manera absolutamente rigurosa e inevitable mediante el vigor de mis súplicas. Intento ligar el que seré mañana ante la muerte con el que hoy soy, en la antesala de la muerte. Acumulo en mis nervios la magia de la plegaria.


Ay, yo mío, no cambies, permanece, persiste, no huyas.

Ay, fuerza mía, orgullo mío… acudid cuando os lo pida.

Ay, carne mía, no olvides que eres tan sólo parte de mi alma, pues no digo «ay, cuerpo mío», sino:

«Ay, carne mía, no evites a mi alma».

Es preciso que caiga en la cuenta; es preciso que me conozca. Para mí, no existen treinta y seis maneras de hacer: debo resistir, dejarme llevar por la valentía, con el puño cerrado, sin que el miedo ni el deseo de huir hagan mella en mí.

Y, entonces, me lanzaré, me abatiré como una granada.

Moriré.

No puedo dejarlo. Jamás podré dejarlo. Por eso será mejor que desaparezca en la ofensiva de mañana, antes del armisticio, pues si vuelvo a la paz, no hallaré nunca una disciplina que me sea tan simple, tan sencilla.


¡Fácil!
¡Vaya! Acuérdate del cólico que sufriste en Verdún.

Ya que vino de ese modo, ya que una voz se elevó entre mis voces y las dominó con la violencia deliciosa del amor —y respondió: «sí»— y desde entonces su eco emocionante me acompaña siempre en la lucha, poniendo a prueba mis fuerzas, digo que ese aliento es mi voluntad, mi dios y deseo «que mañana te manifiestes, Dios mío».

Pero no será así. Ya me he escindido: mi carne refunfuña, se rebela, y mi carne ¿acaso no es una idea que vale tanto como otra… la del sacrificio? Y el recuerdo que vuelve me acerca a lo que encontré y había olvidado. Reminiscencias atroces que me laceran cada vez con más frecuencia. Aquel obús de Verdún… el año pasado… La vaharada caliente que me envolvió, el aliento fétido que me arrasó el alma, el gesto obsceno de la muerte en mis entrañas, la mancha en los pantalones y aquel grito que bullía infantil, inolvidable, imborrable, aquel aullido de inteligencia entre el silencio bestial de los soldados.

¡Ay, las ideas! ¡Zorras! ¡Vuestra tozudería me ha sometido a tan terribles exigencias! ¡Mirad en qué estado me encuentro, ya tan natural en mí, a punto de extenderse hasta el paroxismo de los músculos y los nervios, más allá de tan funesto cólico! ¡Cuánto genio corre por mis venas, dispuesto a ponerme en pie para derramar mi sangre!

Y sin embargo, no me queda nada más que la agonía, esta tortuosa meditación de alcoba, a menos que quiera, ya de vuelta entre los vivos, arrastrar un lamento incurable por no haber cumplido con mi hora.


Ay de mí, Dios mío… Quiero ser un dios para mí mismo. Es preciso que, al fin, alcance la eternidad y que el mañana se parezca al hoy.

Pero, en el caso de que no resulte muerto, ¿habré vencido? Si fuese así, regresaré en busca de una mujer y saborearé de nuevo el fruto… Esa ternura, esa dulzura hacia las que vuelvo en medio de esta guerra… Ese amor que se vierte gota a gota en mi corazón y que quizás lo llene poco a poco… Esa mujer que me amaba, esa única mujer que ha sabido amarme… ¿Acaso podré caer alguna vez en otros brazos?

Debo pelear, pues ansío vivir hasta el momento de mi muerte y que el alma llene todo el espacio, allá donde se encuentre el cuerpo de las mujeres, allá donde estalla el hierro, allá donde se coagula la sangre de los hombres, su terrible gloria.

Por eso he de cerrar un capítulo de la vida de mi alma precipitándome, a través de los siglos, en la eternidad. Es preciso que mi cuerpo, mi bello cuerpo de hombre joven, siga su camino, pues de lo contrario, si rechazase la grandeza, la alegría, no valdría nada. Es mejor que, antes de abandonarse al amor o el deporte, lo arrastre la fuerza formidable de la guerra. Por uno de esos raros favores de la fortuna, tengo derecho a un suplicio breve e inminente, a la floración súbita y audaz del fuego. Tengo derecho al rayo que los dioses me hendirán con su ruda mano.

Pero tengo miedo a ese amor que me ha traído, ese amor que ha venido a buscarme, esa llamada que me ha seguido por doquier y a la que obedezco aún sin saber cómo.

Y aquí estoy, hundido en la soledad. Y sin embargo, aún deseo probar la carne de las mujeres, y la mía, tan distinta, predispuesta al sacrificio. Y me gustaría dormir en una bahía tranquila, a medio camino del mar y la montaña. Dormir, bañarme… Dormir entre dos senos.

Esa alegría que me arranca de todos los placeres, de todos los deleites, es terrible, aunque me prepare para lo peor. Las ansias son demasiado grandes, demasiado pesadas, demasiado obstinadas.

¿Adónde voy? ¿Adónde me llevan? No cabe duda: ya veo el destino a mis espaldas. Se diría que soy la proa de tan fatal amor de juventud.

Ay, guerra, avatar de la soledad, me obsesionas… y me tienes. Me dispongo para el asalto final. Me entrego a ti con armas y bagajes. Me has instilado una ternura incurable. No sabría vivir lejos de ti. Transido por tan extraño amor, me doy cuenta de que sólo soy un niño fascinado y perdido.

¿Cómo despertar de tan mística ensoñación?

Octubre de 1918