(Publicado en El exilio republicano de 1939: viajes y retornos. Ed. de Manuel Aznar Soler, José-Ramón López García, Francisca Montiel Rayo y Juan Rodríguez. Sevilla: Renacimiento ; Barcelona: Gexel, 2014.

 

978848472546El 22 de mayo de 1934 moría asesinado a tiros en Madrid Juan Gris Sánchez, encargado de un taller de platería. El «crimen social», así llamado conforme a los usos de la época, estaba relacionado con la huelga de metalúrgicos que duró de marzo a septiembre. El Bloque Patronal ofreció una recompensa de diez mil pesetas a quien diera alguna pista sobre los asesinos y la retiró a principios de septiembre ante la falta de éxito. En 1963 se publicó en España –ya había aparecido tres años antes en México– un libro de memorias donde se narraba la preparación del atentado. En aquel libro se confesaban más asesinatos, ya bajo el amparo de la guerra; entre ellos el del comandante José Rexach, hermano de Antonio Rexach, el militar afín al comunismo que había sobrevolado el Cuartel de la Montaña durante su asalto. Conseguí hablar con los descendientes de Gris y de Rexach. Me confirmaron que jamás identificaron a los asesinos de sus familiares y que no habían oído hablar nunca de ese libro[1]. Se titulaba Hombres made in Moscú y su autor, el inductor de los crímenes, era Enrique Castro Delgado.

Castro publicó en 1950 su primer tomo de memorias sobre su exilio soviético, como hicieron otros renegados del comunismo por entonces: el exministro de Instrucción Pública Jesús Hernández, el guerrillero Rafael Pelayo, el periodista italiano Ettore Vanni y el afamado Valentín González, «El Campesino». Aquella «literatura del desencanto» obedecía a una ofensiva propagandística que tenía como marco la guerra fría. El caso de Castro Delgado es especialmente singular: es el único protagonista de la guerra civil que confesó públicamente sus asesinatos[2], algo que ha pasado desapercibido hasta ahora. En España se encontraba en busca y captura por haber sido Subcomisario General de Guerra[3], pero ni esto, ni su deriva demócrata, de la que dejó constancia pública, ni su confesión impidieron que el mismo Franco en persona permitiera su impunidad y su regreso[4]. Lo hizo unos meses antes de morir en un sanatorio madrileño el 2 de enero de 1965 a causa de un infarto. Tenía 57 años.

Las necrológicas aparecieron en ABC, La Vanguardia Española, Pueblo, Ya, La Hoja del Lunes, el Corriere della Sera, el vienés Die Presse, el New York Times, The Guardian y The Washington Post[5]. Comentaban que Castro había pertenecido al Comité Central del Partido Comunista de España, que había sido periodista de Mundo Obrero y primer comandante del 5º Regimiento, quizá la unidad más prestigiosa del ejército republicano; hablaban de su exilio en Moscú, su desengaño del comunismo y su expulsión del partido; de su huida a México y de su labor editorial y periodística en el país, y finalmente su regreso a España un año antes de su muerte. La prensa cumplía en cuatro líneas con la reflexión que sobre su naturaleza expuso un personaje de Chesterton: informaba de la muerte de Enrique Castro Delgado a quienes no sabían que Enrique Castro vivía.

Castro se afilió al Partido Comunista en 1925 y escribió sus primeros artículos en el periódico La Antorcha[6] como «El Espíritu de la Miseria», un pseudónimo dramático que anticipará la fogosidad de sus memorias. Dirigente sindical, agitador en huelgas y organizador de células comunistas en el Radio Norte del PCE, del que sería responsable, fue redactor en Mundo Obrero y Pueblo. En ambos escribió con el pseudónimo de «Alberto Monroy»[7]. Poca literatura y poco periodismo, lo justo para sazonar su objetivo principal: la propaganda. Durante la guerra civil se implicó a fondo con las armas y poco o casi nada con las letras. Fundó el 5º Regimiento de Milicias Populares, organizó tropas en los frentes, creó su propia checa en la parte norte de Madrid y cuenta que tiró de pistola en las calles de Almería cuando la pérdida de Málaga. El PCE le publicó un puñado de prólogos, artículos y discursos. En definitiva, una balanza desequilibrada a favor de las armas y en detrimento de las letras.

Por este motivo Castro no encaja en el perfil de herejes y renegados que estableció en su día Isaac Deutcher[8] y que permite contextualizar su deriva política. Castro, al contrario que los renegados estudiados por Deutscher, se hizo comunista antes de la década de los 30 y sus orígenes son realmente proletarios. No era un intelectual, al menos entonces, aunque cometió el error que Deutscher considera imperdonable: no criticar el capitalismo con la misma rabia e intensidad con la que arremetió contra el comunismo. Ocurre, sin embargo, que no fue el capitalismo el que convirtió a Castro en un asesino.

En la Unión Soviética fue el representante de los exiliados españoles ante la Comintern. Su puesto le permitió conocer de cerca la vida de quienes acudieron a Rusia ilusionados con el paraíso bolchevique y se toparon con la realidad de un régimen liberticida. En sus memorias de aquellos años, de evidente denuncia política, encontró siempre espacio el drama de los pilotos y marinos españoles que tenían prohibida la salida del país, la situación desesperada de los “niños de Rusia” y la de todos aquellos camaradas que vieron morir a familiares y amigos en las situaciones más esperpénticas[9]. Su desencanto de la utopía comunista fue paulatino. Trabajó con dedicación junto al secretario general del PCE, José Díaz, y como director de Radio España Independiente, La Pirenaica[10], y en 1943 aún se le consideraba un hombre de fidelidad inquebrantable al partido[11]. Fue expulsado en mayo de 1944 junto a Jesús Hernández (que se encontraba en México desde verano de 1943) después de que las tensiones en el seno del PCE producidas desde la muerte de José Díaz les enfrentaran a Dolores Ibarruri y a su camarilla[12]. Se le abrió un proceso disciplinario durísimo en el que le valió muy poco su autocrítica y su humillación pública. En las reuniones posteriores entre los dirigentes del partido, comentando «el caso Castro» le dedicaron un excelso ramillete de infamias: «Este odio animal de Castro, este odio físico… Tiene una enfermedad… Está amargado… Es un descontento constante… Un pequeño burgués despistado… Un hombre sin ningún principio… Vale menos de lo que parece… Un hombre extraño, desclasado, podrido… Un asqueado… Miserable… Farsante… Sapo… Canalla… Sanchopancesco… Cobarde… Es un fantasma… Castro no es un hombre… Intrigante, calumniador… Infiltra veneno en nuestro colectivo… No ha sido comunista nunca… ». Pero además llegaron a unas amenazas que dan la medida exacta del peligro que pasó Castro tras verse apartado del partido: «Enemigo de la Unión Soviética… Una oveja sarnosa [que] contagia al rebaño… Si lo que ha hecho Castro aquí lo damos a los tribunales soviéticos, lo fusilan… Estoy de acuerdo con los que plantean la necesidad de eliminar a Castro de nuestro trabajo… Será necesario llegar a medidas más duras[13]».

La Pasionaria se obstinó en prohibirle la salida de Rusia, pero Castro lo consiguió finalmente tras unos meses de agonía a los que dedicó unas intensas páginas en sus memorias, y que se pueden contrastar punto por punto con los libros de quienes le acompañaron durante ese tiempo[14]. Fuera por la carta que le envió a Stalin, por la supuesta misión que éste le encomendara o por las gestiones de Caridad Mercader y de su amigo el coronel Leonid Eitingon –con todo ello se especula[15]-, lo cierto es que logró llegar a México junto a su mujer Esperanza Abascal y su joven cuñado Alejandro a finales de diciembre de 1945 a bordo del «Baron Russell Briggs». No podían ni pagar los documentos necesarios para inscribirse legalmente en el país. Recibieron ayuda de la JARE y de la familia de Aurora Abascal, cuñada de Castro, casada con el actor navarro José Cibrián[16]. En Rusia quedaron su madre, que moriría allí de cáncer poco después, y su hermana Concha con su marido y su hija[17].

Castro comenzó a escribir su primer libro de memorias en algún momento entre 1946 y 1949. Aunque por el momento no hay evidencia documental que lo demuestre, es posiblemente que se publicara con la ayuda de Julián Gorkin[18], antiguo miembro del POUM, expulsado de la Komintern en 1929, y que dirigiría en 1953 los Cuadernos por la Libertad de la Cultura, revista del congreso del mismo nombre financiado por la CIA, y  artífice de la publicación de las memorias de Valentín González “El Campesino” y de Jesús Hernández. Sus contactos en Francia pudieron propiciar que las de Castro aparecieran primero de forma fragmentada en el diario Le Monde y posteriormente publicadas en la prestigiosa editorial Gallimard (J’ai perdu la foi à Moscou), en Eslovenia y en Brasil. En España aparecieron primeramente en La Vanguardia Española y El Diario Vasco[19] y después como libro (La vida secreta de la Komintern: cómo perdí la fe en Moscú), también censurado:

«Este libro mejor debería titularse “Hazañas y peripecias del comunista Castro en la Rusia soviética” […] El relato es interesante y ágil, sin embargo, no es el libro de un arrepentido, sino de un asqueado, de un descontento de la gran farsa política de Rusia sostenida sobre el terrorismo, la mentira y la desconfianza. […] Políticamente la obra es de gran valor por lo que representa de propaganda anticomunista […][20]»

Castro publicaría en México la edición definitiva sin censura en 1951 bajo el título Mi fe se perdió en Moscú, con una siniestra cubierta del pintor –y también renegado del comunismo- Ramón Pontones. Logró páginas de una calidad extraordinaria. Sus mecanismos literarios eran sencillos pero efectivos: frases cortas e intensas y un expresionismo naturalista basado en el humor, la exageración y la sátira, de las que llegó a ser un auténtico maestro. La intrahistoria del exilio español en Rusia tenía ya su obra referencial.

La gestación del libro tenía lugar a la vez que Castro se distanciaba del grupo que se había formado en torno a Jesús Hernández, con quien había colaborado en la fundación del Movimiento Comunista de Oposición y la publicación de la revista Horizontes, plataforma desde la que criticaron continuamente al PCE y sus dirigentes. Hernández se acercó a las posiciones titistas mientras Castro recelaba de todo lo que oliera a comunismo, por mucho disfraz de disidencia que mostrara. En su grupo de habituales estaba infiltrado topo, miembro del PCE, que informó al partido del lujoso tren de vida que supuestamente llevaba Castro, de sus relaciones con la embajada norteamericana y de la traducción de su libro al inglés[21]. Bastó alguna jactancia de Castro y la colección de algunos rumores para que todo ello tomara la consistencia de la verdad. Lo cierto es que el libro jamás se publicó en inglés y que las relaciones de Castro con la embajada no le propiciaron beneficio alguno: en 1960 estaba completamente arruinado[22]. Castro se defendió de los rumores y expuso su descreimiento del comunismo y de las alternativas, estériles para él, de los republicanos en el exilio en una revista que tituló El Español. La primera época data de 1952. Su lema: «No cuesta nada, saldrá cuando sea necesario». En la segunda época, de 1960, el directorio recordará a ese Giménez Caballero que se tituló a sí mismo El Robinsón Literario: «Fundador: Enrique Castro Delgado. Director: Enrique Castro Delgado. Redactor jefe: Enrique Castro Delgado. Administrador: Enrique Castro Delgado». Se había quedado solo[23]. O casi. Todavía continuaba dirigiendo su revista Respuesta, en la que colaboraban un grupo de próximos, como la poeta Eunice Odio, Rodrigo García Treviño, Margarita Michelena o Mauricio Gómez Mayorga y que generó numerosas polémicas, muy especialmente con grupos comunistas mexicanos.

En El Español desveló su deriva política, resumida en un emocionante artículo titulado «Autorretrato político»[24]:

«¿Crees que fuera del campo del marxismo, que fuera de las filas del movimiento comunista se puede ser revolucionario, se puede luchar por la conquista de la libertad y del bienestar humano y se puede llegar a dicha conquista?

SÍ, SE PUEDE. […]

Creo firmemente en la posibilidad de una democracia auténtica que no sea, por lo tanto, ni la que conocemos del mundo socialista ni tampoco la que conocemos del mundo capitalista. Cre[o] en una democracia con diferencias sociales, físicas e intelectuales, pero sin castas y en la que la experiencia del hombre no esté supeditada a su vasallaje hacia los que ostentan el poder […]»

Tertuliaba ahora con un reducido grupo de amigos que le acompañaba siempre hasta la parada del transporte más cercano. Iba armado con pistola y uno de ellos, al parecer un infiltrado en grupos comunistas, ejercía de guardaespaldas[25]. También se relacionó con un personaje crucial en su vida: Salvador Vallina, un falangista mutilado, revolucionario desencantado con Franco y que, como Castro, tiró de gatillo durante la República y la guerra. Era el agregado de prensa de la embajada española en México, país del que fue expulsado en 1955. Ese año escribió un informe acompañado de un texto de Castro sobre de la situación del PCE, que había redactado y presentado a sus superiores en Moscú[26]:

«Castro es uno de esos hombres, en apariencia grises, pero con dotes de organizador y con energía, que frecuentemente utiliza el comunismo. Su inteligencia natural es extraordinaria. […] Hoy Castro es un hombre sin bandera, sin fe y sin esperanza. Pero, milagrosamente, sigue siendo hombre. O [a]caso mucho más hombre que cuando fue una simple pieza, una rueda más, en la monstruosa maquinaria comunista. Con una angina de pecho y con la amenaza de que, cualquier día, le abatan a balazos sus antiguos camaradas, está escribiendo una novela autobiográfica acongojante de sus pecados durante la guerra, como una confesión laica que, tal vez, le devuelva a Dios».

Es la primera noticia existente sobre la escritura de su obra maestra: Hombres made in Moscú. Esa necesidad de confesión la reflejó en unos poemas escritos entre 1956 y 1957 donde trataba también de la necesidad imperiosa del regreso a España. Castro alimentaba su nostalgia con la lectura. En El Español recomendaría con fervor Andanzas y visiones españolas, de Unamuno: «os juro que ayuda a que el destierro no nos hunda en el olvido», a quien no dejaría de citar en su revista. No son buenos versos, pero el desgarro de su verdad surge en ellos con fuerza, y sólo por eso y como testimonio del drama del destierro merecen la pena[27].

 

AUSENCIA

¡Qué lejos estás España!
Y qué frío siento en el alma
mientras me muero esperando
que se acorten las distancias.
Poder llegar, peregrino
de tierra que no es mi tierra,
y peregrinar en ti
para sentirte más cerca.

 

PENITENCIA

¡Quién supiera rezar
para rezaros!
Y descargar con ello mi alma
de pecados.
Perdonadme… ¡Muertos!
si es que no os muerde el rencor,
pues lo mío es lo peor…
Es un vivir sin vivir
a solas con mi conciencia
¡Que es mi mayor penitencia!

 

RESPUESTA

Un enano, mil enanos
y un mundo de millones de enanos
Y una minoría que sufre de angustia
con anuncio de crucifixión en las manos.
¡Tú y yo no lo somos!
me gritas con un grito de carne desgarrada y orgullo hispano.
Pero ¿en dónde está el gigante
que se apiade de nosotros y nos tienda la mano?
¿No ves?…
Mira los horizontes de tu España y la mía.
¿No ves como nos trae la época del vodka…
la cobardía?
Haremos… haremos algo
¿Consolarnos?
Te propongo algo mejor, hermano:
¡Confesarnos!

 

BALANCE

He llegado,
vacía la bolsa de cobres y esperanzas.
Cansado.
Y he preguntado a todos… por mi soñar.
«¿España?»
Les he dado la espalda y comenzado a andar.
Y ya, prisionero en mi propia casa,
donde ni la soledad sabría medir mi soledad,
solo con mis perros y mi alma,
solo con los años y el penar,
he abierto los ojos más que nunca
y me he mirado a un espejo:
una cabeza triste y blanca
y a continuación… un viejo.
Ni España ni hijos tengo.
De lo que es todo bien poco.
Y sin poder vivir como un cuerdo.
Y sin saber vivir como un loco.

 

A LOS OTROS

¿Qué sabéis del andar esos caminos
sin sombra, sin agua ni mano amiga;
qué sabéis de ese andar peregrino
que ya es casi nuestra vida…?

¿Qué sabéis?

¿Qué sabéis de un vivir que siempre es noche?

Si lo supierais no levantaríais muros
que llegan hasta el cielo.
No: no sois hermanos:
sois los vencedores vencidos por el miedo.

¿Qué sabéis?

¿Qué sabéis de un vivir que siempre es noche?

Por eso quizá queréis
que en vida lleguemos muertos.

Qué falta os está haciendo Dios
para ver si os hace buenos.

Que fuimos caínes…
¿Estáis seguros de haber sido abeles?
El crimen fue de todos,
esta es la verdad que nadie quiere.

Mientras tanto España llora
sus muertos infinitos.

Pero la soberbia y el rencor son olas
que ahogan su grito y nuestros gritos.

¿Qué sabéis de un vivir que siempre es noche?

¿Qué sabéis?

 

Mandó los poemas a Juan Fernández Figueroa, director de la revista Índice y amigo de Vallina. Ambos pusieron a Castro en contacto con Manuel Fraga, nuevo ministro de Información. Fraga será la espoleta del retorno, aunque Franco ya lo había autorizado gracias a las gestiones que Vallina y su hermana Carmen habían hecho con el consejero de información y prensa de la embajada española en La Habana, que explicó personalmente a Franco la conveniencia de que Castro regresara a España[28]. Franco accedió y autorizó formalmente el retorno en el consejo de ministros celebrado en Barcelona el 21 de junio de 1963[29]. Esta decisión cabe contextualizarla en la política que el franquismo proyectó contra el comunismo y que quedó patente en el mensaje de fin de año que Franco dio públicamente el 29 de diciembre de 1960:

«Si de los males internos del Occidente pasamos a considerar la amenaza exterior, es preciso proclamarlo sin rodeos: “el comunismo es la guerra”. Los hechos no admiten otra interpretación. El mismo concepto de guerra fría, tal y como lo entienden los que lo acuñaron, carece ya de sentido. Porque es algo bien distinto en su entidad y en sus resultados concretos la que está en franco desarrollo. El comunismo ha desencadenado la “guerra revolucionaria”. Por tanto, para él la paz –bueno, esto que llamamos paz- no es sino la guerra con otros medios y por otros procedimientos[30]».

Para el franquismo, Castro era una pieza que podía usar a su antojo, pero Castro aclaró siempre su postura personal y política: era ateo y antifranquista, pero también español y anticomunista. Son especialmente relevantes las declaraciones que le hizo a Fraga:

«Soy partidario, ciento por ciento y en cuerpo y alma, de la liberación política de España, de cuantos cambios de estructuras sean necesarios para dar al pueblo al que pertenece la mayor libertad y el mayor bienestar, de hacer esa revolución aún no hecha para que la libertad y el bienestar puedan ser auténticos […][31]»

Tras unas reuniones con Fraga se convino la creación de una Oficina de Enlace[32], un organismo de información de actividades subversivas en el que Castro encontraría acomodo. Pero su regreso lo condicionó a su independencia económica. Castro le comentó a Fernández Figueroa que deseaba regresar, pero que sólo podría hacerlo con la «posibilidad de una vida económicamente independiente. «Regresar a los veintitrés años para ingresar en el sindicato de los mendigos o de los parásitos, es igual, no merece la pena. Me avergonzaría ante mí mismo y me avergonzaría ante España, que no ha dejado de ser durante toda mi vida un juez muy severo para mí». Insistirá en ello más adelante, exponiendo ahora sus presiones más íntimas y desvelando otros motivos que le instaron a volver:

«Sobre España tengo graves problemas. Mi mujer ya no aguanta esto. Soy enemigo del divorcio. Somos una pareja que se disolverá con la muerte. Los dos somos fieles incluso al error. Qué quieres, así somos. Pero mi regreso depende de dos condicionales: mi posibilidad de hacer algo más importante que aquí; la posibilidad de poder rehacer independientemente mi vida».

Mientras tanto, seguía preocupado con lo que parecía ser, además de unas futuras colaboraciones en la prensa (especialmente en Ya, donde firmaría artículos con el pseudónimo de «Jorge Manrique») el puntal de su sustento y su regreso: la reedición española de Hombres made in Moscú, su confesión pública. Quería un libro sin censura: «Me interesaría saber qué hizo el amigo Fraga de su promesa de autorizar el libro y de buscar editor. Con que me autorizara el libro, lo demás podría arreglarlo, siempre y cuando contara con una autorización firme y con tu ayuda para quitar algunas barbaridades (que no lo son) que muchos llaman “escandaloso realismo”. ¡Qué complicado es esto de la literatura![33]»

Terminó editándose sin apenas censura, mostrando el rostro brutal de la Iglesia y, en sus páginas más brillantes, el Madrid sórdido, triste y pobre de la dictadura de Primo de Rivera. Heredero de Baroja y de la literatura bohemia, su descripción del Madrid intrahistórico merece fijarse entre las mejores páginas de la literatura española del siglo pasado. El libro tenía un inconveniente, y era la confesión descarnada de los crímenes de su autor. ¿Cómo se iba a publicar en una España que había asesinado en esos días a Julián Grimau? A nadie le interesaba la calidad literaria del libro y el franquismo podía pasar perfectamente, de forma cínica e hipócrita, por el desprecio a sus propias víctimas, porque la obsesión entonces era el peligro comunista. El libro había de publicarse por su utilidad a la propaganda. Por encima de todo.

El primer intento de publicarlo en España se remonta a 1961, con la editorial Paraninfo[34]. La censura lo echó abajo. El censor más benevolente estimaba la intención desmitificadora del comunismo, pero convenía en que había de suprimir ciertos «aspectos militares y políticos». Tampoco le agradaba el estilo: «Es una obra bronca, llena de terribles asperezas […] Defecto de todo el libro es cargar demasiado la mano y la pintura». Primó, en todo caso, la opinión del censor que aconsejó que no se publicara: «Con todo lo que de matiz o intención anticomunista pudiera tener este libro –cosa dudosa y discutible, por el peligro que portan los neoconversos, los apartados, frecuentemente uncidos a la mentalidad del error anterior y al poso que deja la doctrina comunista en sus adeptos, conscientes o inconscientes- no es recomendable su publicación. Y menos en una tirada de 10.000 ejemplares».

Finalmente, Vallina y Fernández Figueroa persuadieron a Fraga. Castro se puso en contacto con él y le mandó el libro. Vallina insistió en que se editara sin censuras (finalmente habría algunas menores) y valoró el servicio que el libro podía aportar a la causa anticomunista:

«Uno sabe de viejo que si la administración se pone en marcha hay que echarse a temblar. Por eso recurro a ti, que a fin de cuentas vas a ver las cosas con criterio político, creo yo. Si a Castro no se le deja decir que Franco se equivocó en tal o cual ocasión o, por ejemplo, que José Antonio enseñó a sus hombres a matar –cosa que es una figura retórica, pero rigurosamente cierta, como sin ir más lejos puedo atestiguar yo mismo-, lo que va a creerse la gente es que le has pagado a un excomunista, no sólo para que se meta con el comunismo, sino para que ensalce también a nuestro régimen. De esta manera, lo que Hombres made in Moscú gane en inocuidad, lo perderá en eficacia[35]».

La censura, incluida la censura militar, desaconsejó la publicación del libro. El más benevolente lo compara con Los cipreses creen en Dios o La paz empieza nunca, pero desde un punto de vista izquierdista, valorándolo como muy superior a ellos, aunque se desaconseja la publicación si no se suprimen los juicios desfavorables a la «España nacional». Otro censor lo ataca duramente: «Es un libro obsceno […] Recuerda a Barea, pero más crudo […] Pero lo más indignante es su jactancia en atribuirse toda clase de asesinatos […] Hay que pensar que viven muchos familiares de los asesinados en Madrid o Almería a quienes no gustará mucho esta jactancia […] El libro no es anticomunista. Es antiestalinista […] Un balance general de la obra es dudoso que diera un resultado positivo para la causa nacional». La censura militar fue tajante: el libro no debía ser publicado porque sus opiniones militares y políticas no eran adecuadas[36]. El informe decía claramente: «no procede publicar en España, como obra suya, un libro cuyo autor es comunista destacado de nuestra Guerra, convicto, por sus propias manifestaciones, de delitos de sangre gravísimos. Dicha publicación supondría una propaganda para el autor y beneficios para el mismo, lo que sin duda es un contrasentido». Otro informe anónimo parece que fue más determinante. En él se expresaba la pertinencia del libro porque mostraba cómo «los hombres hechos en Moscú» antepusieron el interés de Rusia «al de su propia patria».

Pese a los informes en contra, el libro fue finalmente aceptado. El intercambio de notas y cartas entre Fraga, el editor Luis de Caralt y Carlos Robles Piquer fue intenso. Pasaron por encima de los muertos, pasaron por encima de la confesión, obviaron su valor literario y lo utilizaron como mero instrumento de propaganda. Pero Castro había ganado. Regresó a España con su familia y con su docena de perros, que transportaban de México poco a poco en avión para instalarlos en su hotelito de Las Rozas[37].

La historia de Castro descubre aspectos interesantes de la política franquista del retorno de los exiliados[38]. Una dictadura que en 1963 fusiló a Julián Grimau por los crímenes que cometió en la guerra permitiría ese mismo año la impunidad y el regreso de otro criminal confeso, con el objetivo de que participara en una oficina de información y de que sus obras literarias funcionaran como propaganda efectiva contra el comunismo. Y esto, gracias a unos hombres que le conocieron y que valoraron como merece un libro tenso, angustioso, que narra magistralmente la vida del Madrid de entreguerras y la intrahistoria de un movimiento, el comunista, formado por unos hombres que en su día vieron el final de la lucha de clases a la vuelta de la esquina, a tan solo un tiro de pistola.

 

Bibliografía

Obras de Enrique Castro Delgado en orden cronológico

 Balance y perspectivas de nuestra guerra: discurso pronunciado en el Pleno ampliado del C.C. del Partido Comunista de España, celebrado en Valencia los días 5, 6, 7 y 8 de marzo de 1937. Ediciones del Partido Comunista de España, Comisión Nacional de Agit-Prop, 1937.

Las relaciones del comisario con el mando militar, Superación, 1938.

¿Conoce a sus enemigos?: problemas de nuestro tiempo. Mexico, Defensores de las Libertades Humanas, [s.f.]

J’ai perdu la foi à Moscou, París, Gallimard, 1950. Traducción de Jean Talbot.

La vida secreta de la Komintern: cómo perdí la fe en Moscú, Madrid, EPESA, 1950. Las traducciones al brasileño y al esloveno son:

O Komintern sem mascara como perdi a fe em Moscou, Rio de Janeiro, Tribuna da Imprensa, 1952.

Tajno življenje kominterne: kako sem izgubil vero v Moskvo, Ljubljana, Slovenski poročevalec, 1953. Traducción de Niko Košir.

Mi fe se perdió en Moscú, México, Horizones, 1951. La edición española es de Luis de Caralt y se publicó en 1964. En los años 70 apareció en México una edición popular y abreviada.

Hombres made in Moscú, México, Mañana, 1960. La edición española apareció en la editorial Luis de Caralt en 1963.

S.O.S. al mundo libre, México, Editorial Letras, 1961.

 

Obras consultadas

Barros, R., Apuntes sobre una vida: el exilio, María Isabel Barros, 2012.

Cruz Goyenola, L. Rusia por dentro: apuntes, Montevideo, Universo, 1946.

Deutscher, I., Herejes y renegados, Barcelona, Ariel, 1970.

España. Jefe de Estado. Discursos y mensajes del Jefe del Estado: 1960-1963, Madrid, Dirección General de Información, 1964.

Glondys, O., La guerra fría cultural y el exilio republicano español: Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura (1953-1965), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2012.

Hernández Sánchez, F., Comunistas sin partido: Jesús Hernández, ministro en la guerra civil, disidente en el exilio, Madrid, Raíces, 2007.

Elpátievski, A. V., La emigración española en la URSS, Madrid, Exterior XXI, 2008.

Fraga, M. Memoria breve de una vida pública, Barcelona, Planeta, 1980.

Mercader, L., Sánchez, G., Ramón Mercader, mi hermano, Madrid, Espasa, 1990.

Morán, G., Miseria y grandeza del Partido Comunista de España: 1939-1985, Barcelona, Planeta, 1986.

Villanueva Toledo, M. J., Muñoz Gonzalo, R., Latorre Merino, J. L. “El Gabinete de Enlace: una oficina de información y control al servicio del Estado” en Comunicaciones presentadas al II Encuentro de Investigadores del Franquismo : Alicante, 11, 12 y 13 de mayo de 1995, Vol. 1, 1996, pp. 7-13.

Zaragoza Fernández, L., Radio Pirenaica: la voz de la esperanza antifranquista, Madrid, Marcial Pons, Ediciones de Historia, 2008.

 

Archivos

Madrid. Ministerio de Asuntos Exteriores (AMAE)

Madrid. Archivo Histórico del Partido Comunista (AHPC)

Madrid. Archivo Histórico Nacional (AHN)

Madrid. Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF)

Alcalá de Henares. Archivo General de la Administración (AGA)

Alcalá de Henares. Fundación Pablo Iglesias (AFPI)

Moscú. Archivo Estatal de Historia Socio-Política de Moscú (RGASPI)

Cáceres. Archivo de la Diputación de Cáceres.

 

Notas

[1] La información sobre el atentado se puede localizar en las hemerotecas digitales del ABC y de la Biblioteca Nacional de España: http://hemeroteca.abc.es, http://hemerotecadigital.bne.es. La conversación con Ramón Gris fue telefónica y personal con Fernando Gutiérrez Rexach, ambas durante 2011.

[2] Sólo conozco otro caso similar, el de Fiesta, de José Luis de Vilallonga, donde novela su paso por un pelotón de fusilamiento en Mondragón.

[3] AHN, XXXXX

[4] FNFF 5411, informe sobre la entrevista entre Franco y Caldevilla.

[5] Las referencias están localizadas en hemerotecas digitales.

[6] AHN, kkkkkk

[7] AHPC. Sobre los datos biográficos de Castro tiene especial relevancia la propia autobiografía que escribió para los mandos de la Comintern y que se encuentra en su expediente personal, guardado en el RGASPI, Komintern, F.495, op.220, d.57.

[8] El texto de Deutscher (ver bibliografía) es originalmente una crítica que publicó sobre el libro The God that failed, en el que varios  antiguos comunistas (Louis Fischer, André Gide, Arthur Koestler, Ignazio Silone, Stephen Spender y Richard Wright) hablaron de su experiencia como apóstatas.

[9] Resulta de interés lo que el profesor Elpátievski (ver bibliografía) dice de Castro en su libro sobre la emigración española en la URSS. Tras una minuciosa investigación en archivos reconoce que Castro es muy exacto en los datos que ofrece en sus memorias.

[10] Sobre Castro y La Pirenaica, así como otros aspectos de su vida en Rusia, véase Zaragoza (2008).

[11] Así consta en un documento de su expediente en el RGASPI firmado por Irene Falcón.

[12] Sobre Castro y Hernández y su expulsión del PCE, véase Morán (1986) y Hernández (2007).

[13] AHPC, Divergencias.

[14] Véase Barros (2012) y Cruz Goyenola (1946).

[15] Castro habla de su carta a Stalin. Sobre la influencia de Caridad Mercader, ver Mercader (1990) y Hernández (2007). Que Castro tuviera una misión de Stalin para crear en México una publicación favorable al comunismo lo cuenta Salvador Vallina en un informe que llegó a Franco (AGA xxxx).

[16] AMAE, JARE, M45.

[17] Los detalles sobre la madre y la hermana de Castro los he conocido directamente en una conversación telefónica con su sobrina Stellina en mayo de 2013.

[18] La correspondencia entre Castro y Gorkin, en AFPI, es de 1960. Sobre Gorkin y sus trabajos durante la guerra fría, véase Glondys (2012).

[19] Entre el 31 de marzo y el 18 de mayo de 1950. http://hemeroteca.lavanguardia.es. La referencia al Diario Vasco, en AGA.

[20] AGA R. 1632/50.

[21] Sobre las relaciones entre Castro y Hernández en México, véase Hernández (2007). Los informes del topo, en AHPCE, Divergencias, 107, 1/1.

[22] Así se lo comenta a Gorki en AFPI, AJGG-558-35.

[23] Ejemplares de las dos épocas en AFPI y AMAE.

[24] El Español, n. 1, julio de 1952. Originalmente publicado en el número 3 de la revista Democracia.

[25] Estos detalles me los comentó personalmente Claudio Esteva Fabregat, uno de los tertulianos, en una entrevista telefónica realizada en mayo de 2013. El político Luis Paredes sostiene que el guardaespaldas pertenecía al grupo El Yunque y estaba pagado por el gobierno franquista. Véase http://suite101.net/article/confesiones-de-un-importante-politico-sobre-el-yunque-en-espana-a44101.

[26] Referencia

[27] Los poemas se conservan entre la correspondencia que Castro mantuvo con Juan Fernández Figueroa, director de la revista Índice, y que se conservan en el Archivo de la Diputación de Cáceres.

[28] AMAE, R. 6546/13

[29] AMAE R. 7861/60, Carta de Fraga a Castro, 24/6/1963.

[30] Mensaje de fin de año a todos los españoles. Emitido a través de Radio Nacional de España el 29 de diciembre de 1960.

[31] Carta de Castro a Fraga, 3 de abril de 1964. AGA XXXX

[32] Sobre las reuniones con Fraga, véase Fraga (19. Sobre la Oficina de Enlace, AGA 21/14376 y Villanueva (1995).

[33] ADC, correspondencia entre Castro y Fernández Figueroa.

[34] Todas las referencias a la censura del libro, así como a la correspondencia entre Luis de Carlat con Manuel Fraga y Carlos Robles Piquer, en AGA, 21/14376.

[35] Carta de Vallina a Fraga, Bruselas 26 de marzo de 1963. AGA XXXXX

[36] Estado Mayor Central, Dirección de Instrucción y Enseñanza, Carmelo Medrano, director general, 27 de mayo de 1963. AGA XXXX.

[37] Muchas de las referencias personales sobre Castro se las debo a una familiar de su mujer Esperanza Abascal que desea permanecer en el anonimato. La entrevista fue telefónica y tuvo lugar en abril de 2013.

[38] Otro de los exiliados que regresó a España mientras Franco vivía fue Santiago Álvarez