León, Ricardo. Europa trágica: crónicas de un testigo de la guerra 1914-18.
Ed. def. en un solo v. Madrid: Victoriano Suárez, 1945.

Arcadi Espada escribió ayer sobre la primera guerra mundial y el 90º aniversario de su final. Critica que su periódico haya ignorado la efemérides y destaca la única noticia que aflora en las páginas de la edición sevillana. Eva Díaz Pérez, autora del artículo, habla de los periodistas españoles que cubrieron la guerra y compilaron sus crónicas en forma de libro. Aparecen Blasco Ibáñez, Carmen de Burgos y Valle Inclán. Espada cita también a Gaziel, y dice de él que fue el gran escritor español de la Gran Guerra: “Es más: me atrevo a decir que su Diario de un estudiante en París, aparte de ser una de las cumbres memorialistas de la literatura española, está entre los mejores libros que se hayan escrito sobre la guerra y sobre el fin de aquel mundo”.

Hace unos cuantos años traté de comprar ese libro. Lo tenían en la librería de viejo que en su día fue la editora del volumen. Me pidieron una burrada, no sé si treinta o cincuenta mil pesetas. Mi sueldo mensual de aquel entonces (era becario). Ahora veo que por un mínimo de doce euros uno puede comprárselo en varias librerías. Ya tengo mi regalo de Reyes.

Gómez Carrillo, E. Crónica de la guerra.
Madrid: Librería de los Sucesores de Hernando, 1915.

Sobre la Gran Guerra también se publicaron en España otros libros. La Biblioteca Fantasma da cabida a dos de ellos, uno de Ricardo León y otro de Gómez Carrillo. También conviene hablar de la novela de Wenceslao Fernández Florez, Los que no fuimos a la guerra. Escrita con la habitual tristeza del autor, en sus primeras páginas ironiza éste sobre la gran cantidad de publicaciones que surgieron en España sobre la Gran Guerra.

Fernández Flórez, W. Los que no fuimos a la guerra: novela:
(apuntes para la historia de un pueblo español durante la guerra europea)
.
47 millar. Madrid: Renacimiento, 1930. Cubierta de Puyol.

“Hace quince días leí una novela en la que se contaba lo que ocurría en las trincheras alemanas del Oeste. Hace una semana, otra larga historia de lo que sucedía en el frente oriental. Anteayer, el relato de la vida de un pueblo germano durante la guerra. Conozco, en total, cuarenta o cincuenta narraciones de esta índole, y bien se que hay centenares, millares. Las casas editoras vierten novelas de la guerra, en flujo incontenible, sobre todas las librerías. Siempre que entro en el almacén de la biblioteca circulante –que tiene el mismo olor dulce y abominable de las relatorías de la Audiencia, olor a viejo papel estancado y corrompido- y pregunto al lívido dependiente: “¿Hay novedades, Ramón?”, Ramón me contesta: “Hay tres novelas más de la guerra, don Javier”. Y aunque son tantas, el turno de la espera es largo, porque todos hemos conocido la guerra que contaba el telégrafo de los Estados Mayores, pero intuíamos que la más importante verdad se hallaba en ese balbuceo de episodios que, despavoridos aun, trasladaban al papel unos pocos hombres agitados por el horror de la matanza. Para completar la armazón gigantesca de aquel monstruo, para comprender la increíble epopeya idiótica de los Cuatro Años, escuchamos con avidez las declaraciones de todos los testigos; juntamos, con los alambritos del zoólogo, las esquirlas del esqueleto. Y el que sabe algo, el que sintió algo, lo refiere. Cada cual trae en unas cuartillas su cardiograma de aquellos momentos, el gráfico de una sensibilidad. Como los bosques de la prehistoria se hicieron carbón bajo la tierra, se diría que la sangre que la tierra chupó sale hecha tinta, al cabo de estos once años, ardiente y notoria, con la violencia de un geiser”.

Los que no fuimos a la guerra, p. 8-9