La anomalía catalana

 

 

Cristian Campos —el Campos bueno— es uno de los pocos periodistas españoles a quienes leo con atención. Ágil con la tecla, utiliza sus columnas para informar y no solo para opinar, es divertido y nos ha enganchado a muchos de sus lectores con sus artículos en forma de listas o de puntos clave para exponer sus ideas. He decidido copiarle para hablar de su libro La anomalía catalana, en el que trata de explicar qué ocurre en Cataluña y cuáles son las posibles soluciones.

  1. Ha construido el libro con capítulos muy breves, algunos de página y media, que permiten una lectura vertiginosa que solo logran frenar las carcajadas y algunas paradas para anotar ciertos datos fundamentales.
  2. Sí, es un libro divertido, y al igual que hace en sus columnas en El español, no solo opina sino que informa. No creo que haya más de cinco periodistas en España que consigan algo así. De hecho, yo solo conozco a dos.
  3. Algunos capítulos se hilan entre sí para perfilar la argumentación y otros son autónomos. No parece haber un orden, ni cronológico ni temático, lo que puede darle al libro cierta apariencia de caos. Al final resulta ser una apariencia falsa, porque no deja de tratar los temas fundamentales de lo que él llama la anomalía catalana.
  4. La anomalía está formada, en realidad, por un conjunto de anomalías cuya esencia es el racismo de unas élites empeñadas en empapar a sus súdbitos con la larga, cálida y espumosa meada de su ideología separatista, fundamentada en la piedra angular que sostiene todo su tinglado: la lengua.
  5. Una de estas anomalías es la creencia de que el catalán es la lengua propia de Cataluña. Campos explica cómo se ha construido ese mito que diferencia entre lengua propia y lengua oficial. La segunda anomalía es que los nacionalistas no solo pretenden la hegemonía del catalán, sino que persiguen la extinción del español. La tercera, la persistencia en el franquismo sociológico que les lleva a imponer su lengua en las escuelas y en el sector público.
  6.  Tras las anomalías de la lengua, le llega el turno a la prensa: la Generalidad controla la prensa catalana mediante subvenciones y coacciones, lo que ha llevado entre otras cosas, a que ni un solo periódico catalán haya dado exclusiva alguna sobre la corrupción de sus élites políticas.
  7. Parte del libro se dedica a la decadencia de Barcelona comentando dos artículos: Barcelona es el Titanic, de Félix de Azúa, y La Barcelona suicida, del propio Campos. Tengo mis reticencias al respecto. Yo no creo que Barcelona haya sido nunca esa ciudad gloriosa y cosmopolita que han pretendido describirnos quienes inciden en su declive. Tuvo un momento muy breve de efervescencia cultural, como tuvieron otras ciudades —Madrid y Vigo, por nombrar dos ejemplos antitéticos— tras el final del franquismo, que coincidió en general con la álgida juventud de quienes la glosan —Azúa o Jiménez Losantos, por ejemplo. Barcelona ha sido siempre una ciudad de provincias y la degeneración es su esencia natural.
  8. Entre las variadas anécdotas y nombres que se citan en el libro, aparece la inveterada filosofía de Francesc Pujols, resumida en aquella idea de que llegará el día en que los catalanes, solo por el hecho de serlo, lo tendrán todo pagado. La idea es tan alucinada y fanática que merecía algo más de calma en su análisis, aunque solo sea por el hecho de que Pujols no solo tiene monumento en Cataluña, sino también fundación. Arcadi Espada le dedicó algo más de tiempo.
  9. También son llamativos los capítulos dedicados al Programa 2000, la hoja de ruta del racismo secesionista catalán, y a la exclusiva que dio El español sobre la composición del Consejo General del Poder Judicial.
  10. También tengo aquí mis reticencias. Aunque el capítulo es interesante y Campos lo hace más que entretenido, solamente se puede conjeturar sobre el devenir de los políticos imputados por el referéndum de octubre de 2017 en caso de que no hubiese sido Manuel Marchena el presidente de la sala segunda de lo penal del Tribunal Supremo. Lo importante es que la fláccida sentencia ha impedido marcar la senda de una posible solución al racismo catalán: si no valen las componendas ni las negociaciones, tampoco cabe la debilidad a la hora de castigar las acciones antidemocráticas. El golpe de Estado no fue una polución producida por las ensoñaciones de los encausados, como pretende la sentencia, sino un bukkake en regla sobre los ciudadanos españoles.
  11. El libro, en definitiva, y como dice el propio autor, «presenta al nacionalismo catalán como un movimiento sentimental y xenófobo, pero sobre todo esperpéntico y capaz de ejecutar un golpe de Estado justificándolo de forma adolescente frente a los tribunales […]» La anécdota que sigue es ilustrativa, y yo creo que merecedora de más atención, porque como dice Campos, el libro no deja de ser benévolo con sus protagonistas: «Lo mejor que se puede hacer con el nacionalismo es recordar ese 18 de abril de 2015 en que unas cuantas docenas de separatistas, y no precisamente anónimos sino con nombres como Carme Forcadell, Joel Joan o Joan Lluís Bozzo, se citaron en la plaza del Born de Barcelona para escenificar un plante por la lengua catalana metiéndose en maceteros gigantes y regándose con regaderas de juguete». Habrá que jurar que esto ha ocurrido, como dice Campos refiriéndose a otro libro con el que espero hacerme pronto, de Rafa Latorre.
  12. La anécdota me desazona. Ella sola explica el estúpido embrutecimiento de una parte de la sociedad catalana, movida con los hilos manejados por una élite corrupta y racista. Pero: ¿quién es capaz de entenderla en la amplitud de su significado? La lectura de La anomalía catalana nos asegunda a quienes queremos una efectiva sociedad de ciudadanos libres e iguales, y estoy convencido de que más de un racistón con barretina podría ver temblar los cimientos de su fe nacionalista si leyera el libro (aprendiendo primero a leer, claro). Ahora bien, yo no sé si esto le interesa a todo el mundo, porque hay muchos españoles que en estos momentos importantes de la vida española no consideran que estemos ante un problema grave. Si antaño era una de las dos Españas la que había de helarte el corazón, ahora es la tercera la que me tiene perplejo por su marasmo.
  13. Recomiendo la lectura del libro, pero echo de menos una edición más cuidada (y mejor corregida). Creo que es un libro que debería perdurar, pero para ello necesitaría algunas notas aclaratorias sobre ciertos nombres o circunstancias. Tampoco habría estado de más una bibliografía y un índice onomástico.

 

Envidio a Campos su marcha a Cádiz, y más ahora que me ha dado por regresar a Barcelona, aunque solo sea los fines de semana. Escribo estas líneas recién llegado de un viaje a la lóbrega ciudad. En el asiento de atrás de mi vuelo viajaba una familia castellanohablante. El padre, con un grotesco lazo amarillo prendado torpemente de su jersey color mierda. Estas aparentes discordancias me contrarían y me desazonan. La sombra del pesimismo me roe los zancajos. Tratar con un enemigo formidable enerva, potencia, heroíza. Ahora, tratar con una banda de horteras garrulos liberticidas empobrece mucho. Aunque no lo ha hecho con el Campos bueno, y eso siempre permite alimentar algunas esperanzas.

El libro, por cierto, lo compré apresuradamente el sábado en una Abacus, conocida cadena catalana de librerías y papelerías. Tenían tres ejemplares y en el mostrador de información lucía bien presente la bibliografía completa de los «presus del prusés». Por un lado, me irritó darles dinero a quienes perpetran semejante mamarrachada en una librería, y por otro me queda el magro consuelo de… de qué.

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4 Comentarios

  1. Cristian

    Gracias por la reseña, caballero. Tomo nota de los detalles a mejorar para el próximo libro (si lo hay, que ojalá sí, aquí todos dependemos del mercado y de nuestros editores, por ese orden). Un abrazo.

  2. Sergio Campos

    Gracias a ti, Cristian. Las mejoras son cuestiones menores, y espero y deseo más libros.

  3. Ramira, la Moja

    Gracias, por la recomendación, por este texto y por el anterior. Desterremos el eufemismo del miedo y el de calificar a los miserables.

  4. mgaussage

    Hay dos Campos buenos.

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