En una ocasión estuve a punto de ser chófer de Jon Juaristi. Venía a Berlín a inaugurar el Instituto Cervantes y buscaban a alguien que condujera el Volkswagen Phaeton que formaba parte de la parafernalia y que había de llevarle y traerle del hotel al instituto. Me ofrecieron hacerlo a mí y acepté, aunque en mi fuero interno hubiese deseado no hacerlo. Pese a que él iría en el coche acompañado por otra persona, la posibilidad de que se dirigiera a mí me aterraba, pues además de tímido soy un pésimo conversador y más soso que un pan sin sal. Finalmente, para mi alivio, se decidieron por otra persona y pude dedicarme a observar a la gente que alborotaba en aquel patio de monipodio. Juaristi atendía con amabilidad a toda la gente que se le acercaba, incluso a esas ancianas que después de un par de sorbos del vino que se sirve en los cócteles, se animan a dar la vara a cualquier pingorotudo que encuentren a su paso. A veces lograba escapar y se relajaba en un rincón, fumando unos cigarrillos largos, la otra mano en el bolsillo y apoyando un pie en la pared, con el aire pícaro de un macarra de postín.

Yo había leído por entonces El bucle melancólico y estaba impresionado. Imagino –pues no lo recuerdo bien- que los siguientes libros que leí de él fueron Sacra Némesis y La tribu atribulada. Luego ha venido el resto, poesía y novela también, y creo que de toda su obra me falta por leer tan solo Vestigios de Babel, si exceptúo alguna de las que dan en llamarse “obra menor”. Hoy en día le considero uno de los intelectuales más libres que hay en España (paradójico, habida cuenta de sus circunstancias), y le doy a la palabra libre la solemnidad y la gravedad que merece. Esa libertad, unida a la forma que tiene de expresarla, con vasta erudición y gran capacidad didáctica –se le ve a la legua que es profesor, y de los buenos-, termina por convertirle en un referente no sólo intelectual, sino también moral.

Compartí mi aprecio con más gente. Con Julia, sobre todo, que me acompañó en un viaje que hice a Bilbao. Me sirvieron de guía un libro de Patxo Unzueta y una lista de víctimas de eta, pero también el recuerdo de unos versos de Juaristi. Vimos su casa natal (yo me alojaba muy cerca, y lo hubiese hecho enfrente si la pensión hubiera dispuesto de baño), compré una primera edición, tan bella, de El chimbo expiatorio: la invención de la tradición bilbaina (1876-1939) y recorrimos algunas callejuelas de ese Vinogrado suyo que tanto acongoja en sus poemas.

Si no recuerdo mal, Unamuno dijo que el mundo era un Bilbao más grande. A veces la exageración no es sino el recurso más apropiado para la exactitud. La ciudad es pequeña y está constreñida entre montañas. Se cruza entera en dos pasos y pese a todo alberga los claros arroyos y las fétidas cloacas del alma humana de una forma muy expresiva. La dualidad se muestra como en ningún otro sitio: la urbe y la aldea, lo limpio y lo sucio, el valiente y el cobarde, la víctima y el verdugo… Todo lo que dejan los “flujos y reflujos de estuario”. Vista así esa ciudad de “infame turba de nocturnas larvas” y de “ríos implacables”, ¿cómo no sentirse atraído por ella? En estos dos últimos años he viajado desesperadamente y mis suelas han lamido muchos quilómetros. Aquellos días en Bilbao fueron felices y quedan esculpidos en mi pasado, inalcanzables y ya perdidos.

Tuve ocasión, también en Alemania, de conocer a otro director. Erre punto, le llamaban, y él bromeaba con ello. Mi condición subalterna llegó esta vez a materializarse: tuve el ruborificiente deshonor y dedécoro oblivendo de cuidarle un puro. La cosa fue sencilla. Había de reunirse con el personal de un centro y llegaba de una sobremesa en el restaurante Spaten de Múnich. Imagino que tomaría lo que procede, codillo y cerveza. Rubricó con el vergajo de tabaco y el tiempo se le echó encima. Le dolería no consumar y lo dejó a mi cuidado (yo actuaba de cancerbero en la puerta). Al salir dijo algo así: “¡Cómo me lo has cuidao, macho!” y no sé si me dio algún palmetazo en mis fornidas y espléndidas espaldas. A mi entender, fue un buen director. Ahora se ocupa del suplemento cultural del diario donde escribe Juaristi. Tiene su último libro desde antes del verano y por causas que desconozco no accede a reseñarlo en sus papeles. Para colmo, el diario El Correo se niega a acudir a la presentación del libro en Bilbao, su sitio (del libro, del diario, de Juaristi y de la madre que parió a todos los que han permitido que lo había de ser por derecho natural no se lleve a cabo).

Han vencido los de siempre, los imbéciles y los cobardes. Vae victis, yo os maldigo.

(Aquí pueden votar a Jon Juaristi, entre otros, como uno de los intelectuales más influyentes de Iberoamérica).