Heinz Hoffmann, entre Yevgeny Pylypovych Ivanovsky, comandante en jefe de las fuerzas soviéticas en Alemania, y Erich Honecker, jefe de estado de la RDA

Heinz Hoffmann (1910-1985) fue durante veinticinco años el Ministro de Defensa de la República Democrática Alemana. Durante su juventud se afilió al Partido Comunista alemán. Durante su estancia en la Escuela Lenin de Moscú fue requerido, en noviembre de 1936, para participar en la guerra civil española. Después de unos meses de instrucción en una escuela de Riazan perteneciente a la Academia Frunze, llegó a España. Tras pasar unos días en Barcelona se dirigió a Albacete, donde ingresó como comisario de un batallón en la XI Brigada Internacional.

De sus vivencias en el frente y su convivencia con españoles y extranjeros en el ejército de la República dejó dos capítulos escritos en sus memorias: Mannheim, Madrid, Moskau. Se publicaron en la Militärverlag (Editorial Militar) de Berlín en 1981. Convendría estudiar detenidamente el catálogo de esta editorial, especializado en memorias de combatientes de la segunda guerra mundial. Muchos de ellos, todos comunistas, evidentemente, participaron en la guerra española y dejan rastro en los libros de su paso por las trincheras. También incluye algunos títulos traducidos al alemán de oficiales españoles, como Líster o Hidalgo de Cisneros. Y no falta el diario de Koltsov.

El periodista ruso aparece en las memorias de Hoffmann. Él y su mujer, Maria Osten. Hoffmann apreciaba mucho a ambos, especialmente a ella, ya que le visitó asiduamente mientras convalecía en un hospital de Madrid de una herida sufrida en la batalla de Brunete. Antes de ser trasladado, le operó el Dr. Bedrich Kisch, hermano del periodista checo Egon Edwin Kisch, que también estaba por entonces recorriendo los frentes como corresponsal.

Koltsov junto a Enrique Líster

Según Hoffmann, Koltsov, uno de los más de tres mil rusos que llegaron a España a combatir el fascismo, era un hombre vital y optimista cuyo trasiego por los frentes y su interés y amor por el ser humano le hizo conocer a los combatientes españoles mejor que sus oficiales.

Les traduzco las páginas que Hoffmann le dedica a Maria Osten. He dejado los nombres rusos tal y como los escribe el autor.

A través de Michail Koltzow conocí a su amiga Maria Osten, que al igual que él trabajaba como periodista en España desde hacía tiempo. Ha quedado en mi recuerdo como una persona afectuosa y cariñosa. Maria Osten –se llamaba en realidad Maria Greßhörner- vivió desde principios de los años treinta en Moscú, donde trabajaba activamente, entre otras cosas, como corresponsal del Deutschen Zentralzeitung –uno de los órganos de los comunistas alemanes en la Unión Soviética.

Maria Osten

Por más que me alegrara con cada una de sus visitas por la fruta y los cigarrillos que me traía, lo cierto es que el verdadero premio de mi amistad con ella fueron nuestras conversaciones, siempre estimulantes. Maria estaba conmovedoramente preocupada y se mostraba muy comprensiva, sin que eso supusiera que le hiciera sentir a uno digno de lástima o de compasión. ¡Al contrario! Ella sabía dirigir la conversación de tal forma que me hacía olvidar que estaba en el Hospital Militar. Maria Osten mostró gran interés por mis años de juventud y quería conocer con todo detalle mi carrera como comisario de guerra del Batallón Beimler. A menudo mis descripciones le parecían muy vagas, así que preguntaba y profundizaba hasta que consideraba que ya sabía lo esencial. Una vez le pregunté qué iba a hacer con todos esos chismes, y la periodista me explicó que quería escribir un libro sobre un comunista alemán que había dirigido su camino hacia España. Le respondí, riéndome, que tenía que haberse escogido a ella misma para hacerlo, ya que era una persona mucho más interesante y experta que yo. Mi vida no difería de la de muchos otros jóvenes obreros alemanes que habían ingresado en el Partido Comunista.

“¡Precisamente! Por eso mismo quiero saberlo todo con exactitud”, respondió Maria. “No hay historia mejor que la que escribe la vida misma”.

Maria Osten debió de notar mis dudas al respecto y me contó como ejemplo una de estas historias escritas por la vida, que había puesto por escrito ella misma y que había plasmado en un libro. Su descripción me impresionó de tal manera que me gustaría contarla de forma resumida.

En septiembre de 1933 Michail Koltzow había recibido el encargo del diario “Prawda” de viajar a Alemania como corresponsal e informar sobre el proceso del incendio del Reichstag. Sin embargo las autoridades fascistas le rehusaron el visado de llegada, así que Koltzow fue a París para recabar la información con el apoyo de camaradas y colegas franceses. Maria Osten le acompañó, y cuando el proceso se interrumpió durante unos días en octubre de 1933, ambos periodistas soviéticos fueron a la región del Sarre para conseguir algunas impresiones de la lucha de los comunistas contra la proyectada anexión del Sarre por parte del imperio alemán fascista.

Encontraron alojamiento en casa de una familia de obreros comunistas en el pequeño pueblo fronterizo de Oberlinxweiler. El hijo, Hubert, contaba con diez años y era miembro de un grupo comunista infantil, y naturalmente no podía saber que ambos periodistas, que charlaban con él tratándole como un adulto, eran oriundos de la Unión Soviética. Él les contaba de la vida en el pueblo, de la brutalidad de los fascistas y de cómo su padre y sus camaradas luchaban por la justicia y una vida sin explotación, sin paro y sin miedo. Allá en el este, en la Unión Soviética, todo era ya una realidad, les confiaba Hubert a ambos huéspedes, y les contaba acerca de la Unión Soviética, de su entusiasmo por Lenin y hablaba como si un gran milagro hubiera surgido de un cuento particularmente hermoso.

A Michail Koltzow y a María Osten les gustaba este muchacho tan despierto, con su amor y su entusiasmo por un país que nunca había visto, de manera que les propusieron a sus padres que Hubert viajara con ellos a Moscú para que conociera la Unión Soviética por sí mismo.

Así fue. El joven obrero del Sarre, Hubert Lhoste, fue a Moscú y descubrió en el primer país socialista de la tierra que el “milagro” del socialismo existía como obra de la mano humana.

Hubert Lhoste, el niño “apadrinado” por Koltsov y Osten,
junto al Mariscal Budjonny.

Maria Osten trató esta historia veraz en un libro publicado en Moscú en 1935 bajo el título “Hubert en el país de las maravillas”. Tres o cuatr
o años más tarde leí este libro en Moscú. Me gustó –no tanto como la primera versión que le oí- y me recordó aquellas conversaciones memorables en el Hospital madrileño con esta compañera tan magnífica.

Hoffmann, Heinz. Mannheim, Madrid, Moskau: Erlebtes aus drei Jahrzehnten. Berlin: Militärverlag der Deutschen Demokratischen Republik, 1981, p. 380-382.