Por El Rufián Melancólico


Frans Masereel nació en 1889 en una pequeña ciudad marinera de la costa belga, en Blankenberge. Era el segundo hijo de Frans Jaak, un músico de 42 años que vivía cómoda y holgadamente de sus rentas. En su casa se hablaba en francés y eran conocidos por sus vecinos como una familia de ideas liberales y librepensadoras. En 1894 los Masereel se trasladaron a la cercana ciudad de Gante, la ciudad de las tres torres. Aquí fue donde Frans Masereel descubrió su vocación de pintor y dibujante. Él mismo diría muchos años después que se inició intuitivamente en el momento que pudo sostener un lápiz entre sus dedos.

En 1907, cumplidos los 18 años se matriculó en la Academia de Bellas Artes de la ciudad. De su paso por ella nunca olvidaría a dos profesores. Uno sería el director de la Academia, Jean Delvin, que además de enseñarle el oficio de pintor le abrió los ojos a la nueva y pujante pintura flamenca. El otro profesor, Jules de Bruicker, le inició en el dibujo a tinta china del natural. Una práctica que requiere capacidad de síntesis y decisión y certeza en el trazo de cada línea y cada mancha. Masereel siempre reconocería que fue Jules de Bruicker quién realmente le enseñó a ver la vida con ojos de artista. De estos profesores recibirá también un buen consejo: no echar raíces en la Bélgica provinciana y marchar cuanto antes a París.

Masereel llegó a la ciudad del Sena en 1910 con su prometida, Pauline Imhof, con la que un año más tarde se casaría. Se alojaron en el número 3 de la rue Navarre, en el V arrondissement. Aquí se entregará incansable a la pintura y sobre todo al dibujo, pues es gracias a su habilidad y maestría con los lápices y la tinta como se introduce rápidamente en pequeños periódicos y revistas.

Aunque su mayor sueño es publicar en L`Assiette au Beurre, una revista de corte satírico y radical que dirige un activo propagandista de las ideas libertarias llamado Henry Gilbeaux, Masereel no lo conseguirá. En el momento en que se prepara por fin un número especial ilustrado por él en solitario la revista se ve obligada de imprevisto a cerrar. El encuentro de Gilbeaux y Masereel resultará, sin embargo, decisivo. Además de ejercer una profunda influencia en su ideología y en sus concepciones artísticas, Gilbeaux, introducirá a Masereel en los círculos libertarios parisinos y le presentará a sus amigos escritores como Stefan Zweig, quien a su vez le pondrá en contacto con Romain Rolland, León Bazalgette, Rainer Maria Rilke y Emil Verhaeren.

Henri Barbusse, [], Stefan Zweig y Cyrille Buysse

El compromiso de Masereel con su propio arte es firme. No es un habitual de los cenáculos y tertulias de pintores ni tampoco un bohemio recién llegado y deslumbrado por París. Masereel entrega disciplinadamente sus horas a su oficio y aunque reniega de toda formación académica, estudia incansable a los grandes maestros grabadores alemanes del siglo XV. A los que trabajaron con buriles sobre planchas de cobre y, sobre todo, a los que seguían apegados a la tradición medieval y trabajaban con gubias y cuchillos sobre tacos de madera.

Admirará a Durero y su prodigiosa técnica, pero guardará su entusiasmo y complicidad con las estampas de Hans Holbein o o aquellas otras más rústicas del Arte del bien morir de Ulm, las danzas macabras o las manifestaciones más humildes de este arte, como las estampas de los viejos juegos de naipes, las imágenes de Epinal o las Biblias Pauperum, Biblias pobladas de estampas para uso de los pobres y los analfabetos. Historias sin palabras.

Dice la leyenda, que fue un tal Queatre Boeufs, representante comercial de materiales para artistas, quién enseñó a Masereel los rudimentos del viejo oficio del grabado sobre madera. La xilografía.

Ilustración para La feuille

El inicio de la llamada Gran Guerra en 1914 lo sorprende en Bretaña. Tres días más tarde regresa a Gante junto a su familia, pero apenas puede permanecer unos meses junto a ellos. Antes de la incursión de las tropas alemanas en Bélgica Masereel se marcha a Dunkerke y desde allí se traslada a pie hasta París. A diferencia de otros muchos artistas de su generación, que verán en la guerra cumplirse los sueños y profecías de Nietzsche y se lanzaran entusiasmados a ella -como un Otto Dix o un Max Beckmann en Alemania- o los que lo harán por una idea de patriotismo -como Apollinaire o Derain en Francia- Masereel abominará de la guerra desde el principio y no transigirá en su condena. Para él no hay bandera, patria o causa alguna que justifique la gran matanza que se avecina. La guerra es para el joven artista la mayor catástrofe del hombre. Fiel a sus convicciones morales se convertirá en un prófugo del ejercito belga, que lo reclama reiteradamente.

En el otoño de 1914 el ambiente de París se le hace irrespirable y su defensa a ultranza del pacifismo, además de procurarle numerosas enemistades y disgustos, empieza a ser peligrosa.

A finales de 1915 abandona su casa de la rue Navarre tras conseguir un visado extraordinario de extranjero y se refugia en Ginebra junto a su amigo Henry Gilbeaux. Su primera decisión es apuntarse como colaborador voluntario de la Cruz Roja Internacional. Muy pronto las imágenes del horror en los campos de Europa, sus millones de muertos y mutilados, las bombas incendiarias, los gases y las ratas, emularan y superaran a aquellas otras visiones dantescas de muerte y destrucción de las estampas medievales. La danza macabra ha comenzado. Los dibujos de Masereel se pueblan de miles de soldados desfilando camino del matadero por culpa de la avaricia de sus Estados. Les veremos abandonando sus pueblos y ciudades, sus oficios y sus familias, les veremos morir cosidos a las alambradas e iluminados violentamente por los resplandores de las granadas. Sus gubias de grabador también señalaran a los culpables y darán forma a los rostros de los mercaderes de la guerra, a sus voceros y a sus demagogos. Tampoco tendrá piedad con los vicios y costumbres de una clase que se enriquece sin escrúpulos a costa de la guerra.

Masereel no estará solo en esta barricada. Al igual que Henry Gilbeaux se vincula a los grupos pacifistas que alienta y encabeza en Ginebra el escritor Romain Rolland. Su integridad, su energía, su prestigio, acrecentado tras la difusión de su famoso panfleto Au dessus de la mêlée, su erudición y su calor humano para los refugiados, cautivarán profundamente a Masereel.



“Raramente he encontrado alguien que, a pesar de tener una salud enfermiza, fuera capaz de una actividad tan grande”. Romain Rolland también dejará escrita su impresión del artista: “Un hombre atlético, con barba negra y gafas. Es reservado como un español. En realidad, es un flamenco de Gante. Sólo tiene 28 años, pero podría parecer de 35. Es muy simpático, fundamentalmente bueno e incapaz de la menor bajeza. No entiende lo que pasa actualmente y eso le llena de horror”.

El horror que lo atormenta es sin embargo fecundo. En 1916 encontramos ya sus estampas y sus dibujos contra la guerra en las revistas Demain, que dirige Guilbeaux, y en Les Tablettes, fundada por el propio Masereel junto al anarquista Claude Le Maguet, seudónimo de Jean Salives. Un año más tarde, en 1917, colabora con el periódico Le Fuille, una humilde y sencilla hoja que lanzará su acusación diaria a los gobiernos beligerantes entre agosto de 1917 y agosto de 1920.

En el verano de 1917 da a las prensas sus primeras suites de grabados: Debout les morts y Les morts parlent. Se hace inevitable al mirarlos pensar en Goya y sus desastres de la guerra. Eternas estampas de la brutalidad, el miedo, el dolor y la muerte, acompañadas por la sonrisa triunfante de las calaveras. Apocalipsis del Marne, del Somme o de Verdun. Sus preguntas a que es lo que lleva al hombre a tal extremo de maldad las intentará responder en su primera novela sin palabras, 25 images de la passion d´un Homme, que publicará al año siguiente las Editions du Sablier, editorial fundada en Ginebra por el propio Masereel junto a su amigo René Arcos. Como sucederá en sus próximos trabajos el peso del relato se estructura ya a lo largo de varias secuencias mudas que se interrelacionan entre ellas y dan lugar a un discurso narrativo, a un argumento.

En 1918 coincidiendo con el final del conflicto saca a la luz Mon livre d´Heures, con un prólogo de Thomas Mann. Esta obra, que será más tarde conocida como El viaje apasionado, es la manifestación más refinada y entrañable de su ironía, su desazón y su lirismo. Masereel se muestra ya plenamente seguro de sus medios y dueño de un estilo propio y original. Se caracteriza por su aparente sencillez y una gran fuerza expresiva. Una sobriedad formal que sin embargo revela una maestría excepcional en la distribución exacta de los blancos y los negros, una particular forma de conjugar el aliento expresionista de la xilografía de vanguardia de los Kirchner, Heckel, Nolde, Felix Muller… y el rigor constructivo de la vanguardia cubista. Su habilidad y su originalidad para describir con imágenes sus sueños, sus añoranzas y su visión del mundo no pasará desapercibida para un galerista tan avispado y decisivo para su época como el alemán Alfred Fletcheim.

L`Idee es una brillante y triste parábola del pensamiento del creador

En 1919, al tiempo que aborda la realización de nuevas estampas xilográficas, retoma con fuerza los pinceles y expone por vez primera sus grabados, acuarelas y pinturas en la librería Kundig de Ginebra. Un año más tarde, en 1920, publica dos de sus mejores y más reconocidos trabajos. Histoire sans paroles y L`Idee, que editarán simultáneamente las editions du Sablier en París y su nuevo admirador y editor alemán, Kurt Wolff, en Múnich. Al igual que sucedía con La passion d`un Homme y Mon livre d´Heures, el protagonista de estas nuevas narraciones es claramente un alter ego del propio artista. Un Masereel muy fácilmente reconocible por su figura larguirucha y desgarbada, su euforias desbordantes ante la belleza de la vida o el amor de una mujer y sus depresiones y desesperanzas ante la desgracia, la maldad y la crueldad. L`Idee es una brillante y triste parábola del pensamiento del creador. Un autorretrato que nos previene sobre la frágil coherencia con nuestras propias ideas y el destino incierto de nuestras obras. También durante este mismo año Masereel ilustra numerosos libros de sus amigos escritores como Le dernier homme de Andreas Latzko, Der Zwang de Stefan Szweig o el Pierre et luce de Romain Rolland.

Edición digital de
Geschichte ohne Worte

En 1921 el nombre de Frans Masereel es ya muy popular en Alemania gracias a las cuidadas ediciones de Kurt Wolff. En octubre viajará invitado por éste a Múnich y a Berlín, donde conocerá a George Grosz, que se le declara como un apasionado admirador de su obra. Conocerá también al escritor Arthur Holischter, al que años después ilustrará su Baedecker de los locos, libro que en España publicará tardíamente las ediciones Cénit. Entre las figuras de esta izquierda cultural de la Alemania de Weimar que ahora le rinde honores no puede faltar el mítico galerista Alfred Fletscheim, que le abre las puertas de sus galerías en Berlín y en Düsseldorf.


1921 será también el año de la publicación del primer libro ilustrado por Masereel en España: Algunos secretos del corazón, un conjunto de relatos cortos de Henry Barbusse que editará Rafael Caro Raggio.

En 1922 decide abandonar Ginebra y regresar a París. Lo hace clandestinamente, como un vagabundo, pues a diferencia de lo que sucede con otros refugiados a él se le sigue negando el pasaporte belga. Sólo en 1928 y gracias al arquitecto Henry van de Velde, Masereel legalizará su situación. En este año de 1922 se publica en Alemania la primera monografía dedicada a Masereel. Los textos los suscriben Stefan Zweig y Arthur Holitscher. Masereel parece hallarse en estado de gracia. Cada nueva entrega de sus “historias sin palabras” parece superar a la anterior. Esto es lo que
ocurrirá cuando a finales de este año publique La ville, una densa y poderosa radiografía de la ciudad moderna. La nueva Babilonia que nos presenta Masereel surge de las ruinas de la guerra con todo su esplendor y su miseria y se revela ante nuestros alucinados ojos como un espectáculo fascinante a lo largo de 100 estampas. Su mirada, a veces tierna, a veces despiadada, pero nunca indiferente, nos arrastra entre una multitud humana por calles saturadas de anuncios y automóviles que se ven violentamente iluminadas por radiantes neones; visitamos los comercios, los cines, los juzgados, los mítines y manifestaciones sindicales, las oficinas donde se encorvan los funcionarios, entramos en los bancos y en la Bolsa, templos modernos donde se amasan o se pierden las fortunas, también en los cafés y en las tabernas, en los prostíbulos y en los hospitales donde agonizan los enfermos, en las sórdidas viviendas de los proletarios y en las mansiones suntuosas de los ricos. Nada ni nadie escapa a su mirada; suicidas, prostitutas, artistas de circo, tragafuegos, asesinos, criadas, músicos de jazz, comerciantes usureros, pequeños y grandes burgueses, mujeres, niños, ancianos, perros, gatos…


La ciudad de Frans Masereel es sin lugar a dudas una de las grandes obras del arte gráfico del siglo XX, el panóptico lúcido de una ciudad que puede ser París, pero también Berlín, Bruselas o Londres, una ciudad universal que se agita y se retuerce esclavizada por su propio dinamismo.

En 1925, tal vez huyendo de este Leviathan moderno, Masereel se instala en una casa de pescadores cerca de Boulogne–sur Mer. Se diría que retorna así a los paisajes de su infancia en Blankenbergen. Sus lienzos y acuarelas se llenan de costas, arrecifes, puertos, marineros…Una atmósfera serena y en ocasiones dulce nos sorprende en muchos de sus cuadros. Son imágenes que a diferencia del dinamismo dramático de sus grabados permanecen quietas, serenas. Imágenes teñidas por la melancolía de su infancia frente al mar, su paraíso perdido.


En los años siguientes Masereel obtiene el reconocimiento unánime del mundo del arte europeo. Sus exposiciones se encadenan: Ámsterdam, Bruselas, Berlín, Múnich, París, Londres, Praga, Budapest, Moscú…