Exordio

por

Pierre Drieu La Rochelle

(Traducción de Gongren)


IV

Yo, el intelectual

Actué con plena conciencia, en medio del camino de la vida, según la idea de que me comportaba como un intelectual. Un intelectual, un clérigo, un artista, no es un ciudadano como los demás. Posee derechos y deberes más elevados que el resto.

Por eso tomé una decisión audaz; sin embargo, en momentos de gran tribulación, un individuo cualquiera se halla en la misma situación que el artista. El Estado no ofrece ninguna dirección fiable para alcanzar un objetivo tan alto. Así fue en 1940. El mariscal nos ofrecía la unidad, pero nada más: una sombra sin contenido. Y aun así, hubo valientes que fueron a París y otros, a Londres.

Los de Londres fueron más felices, aunque de momento no se ha dicho la última palabra.

Estuve en París y algunos nos comprometimos a ir más allá de lo nacional, a enfrentarnos a la mayoría de la opinión pública, a ser una minoría vista sin saber a qué atenerse, con dudas, desconfianza… Y maldita cuando las pesas inclinaron la balanza en El Alamein y Stalingrado.

Tal es la tarea del intelectual, al menos de algunos de ellos: ir por delante de los acontecimientos, tantear la suerte asumiendo el riesgo, explorar los caminos de la Historia. Tanto peor si se equivocan. Desempeñan una función necesaria: distanciarse de la masa. Da igual si van por delante, por detrás o a un lado. Siempre lejos. El mañana está hecho de algo muy distinto al hoy. El mañana está hecho de lo que ve la mayoría, pero también la minoría.

Una nación no posee una sola voz: es un concierto. Es preciso que siempre haya una minoría; y nosotros la éramos. Perdimos y nos declararon traidores: es justo. Vosotros seríais los traidores si vuestra causa hubiese sido derrotada.

Y Francia no habría dejado de ser Francia ni Europa, Europa.

Soy uno de esos intelectuales cuyo papel consiste en pertenecer a la minoría.

¡Con la minoría, siempre! De hecho, hay muchas minorías. No existe la mayoría. Del mismo modo como se disolvió la de los cuarenta, se disolverá la vuestra.

Las minorías:

a) La resistencia.

b) La vieja democracia.

c) Los comunistas.

Estoy orgulloso de haber pertenecido a esos intelectuales. Dentro de un tiempo, se volverá a nosotros para escuchar otra voz que la oficial. Y esa débil voz cobrará fuerza.

Nunca he querido ser uno de esos intelectuales que mide sus palabras. Podría haber escrito en la clandestinidad —es más: lo he pensado—; escribir en zona libre, en el extranjero.

Pero no, hay que asumir responsabilidades, formar parte de grupos impuros, admitir la ley política que obliga a aceptar aliados despreciables y odiosos. Por lo menos hay que ensuciarse los pies; nunca las manos. Jamás me las ensucié; sólo los pies.

No hice nada con esa gente. La frecuenté para que me juzgaseis hoy, para ponerme a la altura de esos juicios corrientes, vulgares. Juzgad, como decís, porque sois jueces o jurados.

Me he puesto a vuestra merced, seguro de que escaparé, llegado el momento, fuera del tiempo.

Por ahora, juzgadme y sin compasión, pues a ello he venido.

No escaparéis; ni yo tampoco.

Sed fieles al orgullo de la Resistencia como yo lo soy al de la Colaboración. No hagáis trampas, pues yo no las hago. Condenadme a la pena capital.

Nada de medias tintas. Antes era fácil pensar. Ahora ya no tanto. No sucumbáis ante lo fácil.

Sí, soy un traidor. Sí, he suministrado inteligencia al enemigo. Entregué inteligencia francesa al enemigo. No es mi culpa si el enemigo no ha sido inteligente.

Sí, no soy un patriota cualquiera, un nacionalista obtuso: soy un internacionalista.

No sólo soy francés: soy europeo.

Y vosotros también, da igual si lo sabéis o no. Hemos jugado y yo he perdido.

Exijo la muerte.