A finales de 1944, Drieu inicia la redacción de su última obra, Récit secret, un breve memorial de todas sus tentativas de suicidio en el que da cuenta de su visión de la muerte como culminación heroica de una vida cada vez más insoportable. El fusilamiento de Robert Brasillach el 6 de enero de 1945 lo lleva a preparar un texto introductorio concebido como una alocución o discurso dirigido a un tribunal imaginario en el que justifica su postura y exige una ejecución honorable.

Exordio*
por
Pierre Drieu La Rochelle

(Traducción de Gongren)

I

Me veo obligado a decir yo y no, nosotros.

Preferiría decir nosotros, pero soy un intelectual acostumbrado a ir por cuenta propia y, además, los franceses se muestran tan divididos allá donde se reúnen que no conviene decir nosotros a la hora de referirse a ellos o a algunos de ellos ni tampoco dar la cara por nadie que no sea uno mismo.

Sin embargo, quiero hablar de algo que, de algún modo, ha sido colectivo y que, a despecho de la diversidad de procedencia, opinión, carácter, móviles o fines, justifica su nombre en medida suficiente: la colaboración.

Quiero hablar de ello porque, tras el mes de agosto de 1944, no se ha permitido a nadie que hable con el menor conocimiento, el menor recuerdo, el menor sentimiento humano ni la menor verosimilitud. Han bastado la fácil maledicencia o la calumnia más grosera. Y para hacer mayor gala de tal satisfacción, tan sólo se ha recurrido a las acusaciones de los periódicos y a las de las tribunas o de los tribunales, realizadas —salvo ciertos protagonistas legendarios— por comparsas sin voz o representantes mediocres o bastante convencidos de su bajeza. Naturalmente, se han confesado culpables; no se les pedía más.

Por eso estoy aquí. No me considero culpable.

Para empezar, no reconozco vuestra justicia. Vuestros jueces y vuestros jurados han sido elegidos de un modo que evita la propia idea de justicia. Preferiría la corte marcial —sería más sincero por vuestra parte, menos hipócrita—. Y por si fuera poco, ni la instrucción ni el proceso se llevan a cabo según las reglas sobre las que se asienta vuestra concepción de la libertad.

Por lo demás, no me lamento por comparecer ante una justicia sumaria, arbitraria, partisana; una justicia que reúne casi todos los rasgos de una justicia fascista o comunista. Tan sólo afirmo que, para justificarse plenamente ante mis ojos, las obras de vuestra pretendida revolución deberían estar a la altura de su pompa jurídica. De momento, la revolución de la que se ufana la Resistencia vale tanto como la revolución de la que presumía Vichy. La Resistencia sigue siendo una fuerza mal determinada y mal justificada por la reacción, el antiguo régimen de la democracia parlamentaria y el comunismo, en la medida en que participa de todos ellos y no se constituye en una verdadera fuerza.

Voy a ser condenado, como tantos otros, por algo efímero y bastante transitorio, de lo que en el futuro nadie se atreverá a reivindicar sin vacilación o miedo.

No me considero culpable. Afirmo que me he comportado como puede y debe hacerlo un intelectual y un hombre, como un francés y un europeo.

Y ahora, no pienso rendiros cuentas. De acuerdo con mi rango, lo haré a Francia, a Europa y al hombre.


* De Pierre Drieu La Rochelle, Journal 1939-1945, París: Gallimard, 1992, pp. 498-504.