Entre los muertos

Llevamos siete años caminando entre los muertos. Rara vez vemos sus caras, y cuando llega la ocasión lo normal es ver retratos de cuando estaban vivos. Los hay con nombre y sin nombre, y esto de ponerles nombre a quienes no lo tienen se me antoja una tarea natural.

A veces apartamos la mirada. Hay un fusilamiento. Unos disparan y otros reciben las balas; hay que rellenar los ataúdes con serrín para que empape la sangre que sale a chorros. No concentramos la mirada en las víctimas; ni siquiera en los asesinos, que a veces cierran los ojos cuando aprietan el gatillo. Concentramos la mirada en esas monjas que aplauden enfervorecidas o en esas mujeres que se estremecen de placer ante la violencia. También quisiéramos ponerles nombre.

Al testimonio de Galo Vierge, quizá el que con más hondura nos ha impresionado sobre los asesinatos durante la guerra, unimos ahora el de Ana maría de Foronda, que contó su experiencia en el Madrid republicano del verano y otoño de 1936 en un libro fundamental: 9 meses con los rojos en Madrid. Fue publicado en  1937 por la casa abulense de Sigirano Díaz, la que editó entre muchos otros los folletines guerracivilescos de Joaquín Pérez Madrigal.

La desafortunada cubierta es de un tal J. A. Escartín y el prólogo de Federico García Sanchiz. Todo llama a que sea un libro habitual, el de los perseguidos por los republicanos, anarquistas y comunistas, en el cual la rabia tapa el dolor y el sufrimiento, en el cual el odio sepulta la verdad. Hay un frontispicio tras las palabras de García Sanchiz: «Todo lo relatado en este libro es auténtico y vivido por la autora». Afilamos, pues, nuestro sentido crítico y desempolvamos nuestra incredulidad. El inicio es desconcertante, pues tras el aviso las primeras páginas están escritas en primera persona por un preso de la Cárcel Modelo. ¡Caramba! Poco a poco desentrañamos el misterio. En realidad, el libro está escrito a cuatro manos, pues al testimonio de Foronda se suma el de su marido, el doctor aragonés Fernando Palos Yranzo.

Acusado de haber matado a unos milicianos en Vallecas, el libro cuenta los sufrimientos de la familia —Fernando y Ana María tienen una hija de cinco meses— y el consabido vía crucis de cárceles y checas desde el punto de vista del prisionero y de la mujer que anda tras la sombra del marido. La Modelo, los sótanos de la Dirección General de Seguridad, Bellas Artes, San Bernardo 72 y hasta su propia casa —¿quizá en Rodríguez Marín?—, asaltada y tomada por los milicianos. La tortura habitual; el intercambio de detenidos entre diversas patrullas, cada una sumisa a sus propias siglas; el correr de mano en mano esperando el disparo final. El correr tras las sombras con una niña de cinco años en el regazo entre insultos y esputos de la muchedumbre en éxtasis. Buscan refugio, acuden a amigos que ayudan o dan la espalda, depende de cada cuál, de su condición moral y de sus circunstancias.

De la Modelo hay detalles exactos del asalto de agosto del 36. Surgen los nombres y las vidas que están cosidas a ellos: Vergara, el «Tío Pistolas». Era uno de los responsables de la cuarta galería. Ferroviario y al cargo de un comité de milicias, probablemente del 4º Batallón de Acero, ferroviarios todos ellos. Era un altanero, violento de palabra: juramentos y amenazas. Posaba de terrible. Palos dice que tenía buen fondo y que su ferocidad era fachada. Otro preso de entonces, superviviente e interrogado tras la guerra, diría que «a pesar de ser hombre de izquierdas era humano». Otros no harán caso y describirán cómo trataba a los prisioneros, cómo era el encargado de listar las sacas para que fueran fusilados, cómo se insinuó a la madre de Alfonso Tudela —lo cuenta ella—. Si accedes, lo saco. Tudelita, le llamaban sus compañeros. A este Vergara lo describe bien Julio Fernando Guillén Tato en Del Madrid rojo: últimos días de la Cárcel Modelo, que escribió con el pseudónimo de El Preso 861. Guillén Tato salvó la vida en pleno otoño de 1936, el de las grandes masacres, gracias a que su mujer era suiza e intercedió Georges Henny, el delegado de la Cruz Roja Internacional. Vergara, Francisco Vergara Maroto, «fornido, ancho de hombros, cuello corto, cejijunto y con cara de verdugo», «chulo, pocero de oficio y, además, socialista», fue fusilado por los franquistas en 1942.

Hay más historias de Palos Yranzo que hacen imposible la novela. El caso de Argomaniz, falangista. Su novia, miliciana, acude de tanto en tanto y le llama a gritos, temerosa de que lo hayan apiolado. Se llamaba Isabel, Isabelita. El nombre de ella, y él de él, Gorgonio, lo da un testigo, Manuel Barragán, en Causa General. Quizá este Gorgonio Argomaniz fuera el hijo de un comerciante que tenía establecimiento en la calle de la Madera, número 38 y sobrino de un representante taurino, Victoriano Argomaniz. De ser así, casó más adelante con otra mujer, no con su Isabelita, y dio vida a seis niñas.

Otra historia más, corroborada con el cotejo de otros testimonios y documentos. La de Valenzuela, que escapó de la Modelo haciéndose pasar por francés. Venía este Valenzuela en el tren de Jaén, y salvó la vida con la misma treta. Lo contó él mismo en un libro inencontrable publicado por sus hijos en 2014.

Ana María de Foronda

En su hilar checas y calabozos, María Luisa de Foronda asiste a sucesos que visten ese Madrid de miedo y pesadumbre con los ropajes del terror. La novia de Marina, uno de los presos de la Modelo, que en el asalto se le ocurrió alzar el brazo y gritar «Arriba España». Fue acribillada allí mismo. Otra mujer de un preso fue apalizada por llamar asesinos a quienes asesinaban. Otra falangista golpeada brutalmente y arrastrada de los pelos cuando supieron que cosía el emblema de la Falange en camisas azules. La mujer que abofetea cadáveres tirados en la plaza de España, como los chicos que patean muertos en cualquier descampado y anuncian en un papel el motivo de su muerte, escrito por sus verdugos. Y el relato de algo que le llega por oídos de un tercero, el de la muerte de López Ochoa. Recuerdo la fotografía de su cadáver decapitado, desnudo, con los pies marcando las nueve y cuarto y la cabeza entre las piernas.

Pero la escena más importante del libro es la que cuenta Ana María tras el asalto a la Modelo. No sabe si su marido ha muerto junto a Ruiz de Alda, Melquiades Álvarez, Nicasio Ribagorda —anarquista pasado a la Falange, con quien se ensañaron, y un tatuaje en su brazo: Leonor—  y tantos otros, o si lo han sacado para torturarlo y dejarlo muerto en algún arroyo, como a Enrique Matorras. Le dicen que los muertos de la Modelo los han dejado en la Ciudad Universitaria, con el consabido cartelito justificador. Ana María se dirige allí de noche, con su hija en brazos: «Apoyados en los muros, sentados, tirados, boca abajo, cara al cielo, encogidos o rígidos, muchos sin cabezas, ni brazos… ¿Cuántos cadáveres había allí…? ¿Mil…? ¿Dos mil…? / Despacito, con cuidado, con los ojos muy abiertos para encontrar… lo voy buscando… Algunos tienen el rostro cubierto con las manos… y yo se las separo… Muevo cuerpos fríos, toco manos heladas… Desnudos, sin ropas, sin zapatos… / ¿Cuántos cadáveres habrá? / Me detengo ante el de una mujer. Morena, pelo rizado, manos finas… Tiene desgarradas las orejas, y en la boca, pequeña, una mueca burlona… ¡Tiene un cuerpo precioso… tiene las piernas abiertas, desgajadas, rasgadas hasta el estómago…! / […]»

Ni mil, ni dos mil. Ana María era poeta, como su madre; pero también periodista. Tras el asalto a la Modelo y el juicio a alguno de los presos y su posterior fusilamiento, los cadáveres fueron abandonados en el cementerio del Este y en Ciudad Universitaria. En este último lugar dejaron unos doce o trece, aunque es posible que allí se unieran a víctimas de otras ejecuciones. No es raro que los muertos desaparezcan. Los días de las primeras sacas de las cárceles la represión se recrudeció también en las calles de Madrid. Apenas se ha contado. No recuerdo haber visto este dato en ningún sitio fuera del documento donde consta todo. En el cementerio municipal aparecieron una noche unos cien cadáveres, y el encargado de pompas fúnebres enviado por el Ayuntamiento también se paró ante una mujer que le pareció bellísima aun en la propia muerte.

Muertos olvidados, siempre entre muertos buscando nombres y vidas, tratando de hacer inteligible cómo el odio, la ignoracia y el fanatismo terminan por liberar del hombre a sus peores demonios.

 

 

 

 

 

 

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1 Comentario

  1. Rocatallada

    Qué nombres, qué historias. Tudela, el carismático Tudela, nieto de degolladora e hijo de degollado, actor de buenas hechuras, el pobre. Que la abuela Blasa se pispó de las andanzas del yerno Alfonso (Martínez de) Tudela con una señorita de San Sebastián a la que conoció cuando estaba de gira por provincias; meditó la abuela, analizó comportamientos, concluyó en que no le gustaban un pelo, y una noche se presentó a horas pardas en la calle San Lorenzo, 6. El galán dormía. Ir la señora Blasa al cuarto de aseo y trincar la navaja con la que se dejaba al ras el mentón Tudela, fue cosa de medio minuto. Aprovechó los 30 segundos restantes en rebanar el pescuezo de su hijo político. Y ahí lo dejó por muerto; en un minutito. Vini, vidi, liquidati: Blasa Aranguren. Pero no, que la pequeña Carmen, mudita de siete años que esa vez estaba sola con el padre, al ver la faena que había firmado la madre de su madre, salió escaleras abajo y a gritos, muecas y tirones, llevó al portero hasta la vivienda. A Tudela padre le hicieron una faena, Blasa, y la traqueotomía.
    La que estuvo a punto de quedarse viuda, María del Carmen, no tenía suerte con los hombres: también se le insinuaba Papá Pistolas. Ese del que hemos leído que era lo peor y no tan malo. A veces en el mismo libro.
    El hijo del degollado era un valiente, noblote y fanfa como la mayor parte de la cuadrilla. Muy limpio de alma, decía de él su escuadrista Alejandro Corniero, juez de la tele muchos, muchos, años después. Le sacaron de la Modelo en el primer autobús a Paracuellos del Jarama, mal sitio para viajar en noviembre del 36.

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