El orden no es lo que parece

 

 

Hace un tiempo mi amiga Sara decidió que el agua sería el afán de su arte. Se lo tomó en serio y una fundación decidió premiar una de sus acuáticas obras. Por seguir en ello decidió bañarse en Honduras y allí se vio encerrada por las medidas contra la pandemia. Hoy he hablado con ella y me ha dicho que tardó tres días en llegar a su casa, en Berlín: un buque de la armada de Honduras, un autobús, un avión de repatriación de la embajada española y dos vuelos de Lufthansa.

Al llegar a Berlín no querían dejarla entrar. Tenía que acreditar que residía en la ciudad. Grave problema, cuando la policía alemana no atiende a que esa dirección consta en una página del pasaporte español y en el DNI. El modo de convencer a los alemanes, parece, ha sido la violencia: la mala hostia, el grito, la queja, la protesta. Ya está aquí. En «Europa». Willkommen.

La anécdota me preocupa, porque la vida en Alemania será plácida hasta que lleguen los problemas. Cuando la gente no tenga qué comprar, se la estabule y huela la muerte, comenzarán a señalarnos y algunos sabemos cómo las gastan. He recordado estas líneas de Sandor Marai, un escritor húngaro que apreció su vida en Alemania, aunque su perspicacia le permitió definir el principal rasgo de sus autóctonos:

«Trabajaba sin descanso porque en el fondo de su alma era un holgazán, siempre intentaba poner orden en sus cosas, en sus escritos, en sus conocimientos, en su cuarto o en el mundo que lo rodeaba porque en su fuero interno era un auténtico desastre. Sólo confiaba en Alemania; consideraba que el resto del mundo era caótico y desaliñado, sobre todo Francia, y a mí me contagió la idea hasta el punto de creer que Alemania era la patria del orden ejemplar: lo mismo que había aprendido en mi casa y en el colegio. Pero la verdad era que había orden en todas partes, en los museos, en las estaciones de ferrocarril y también en las casas de la gente, menos en las almas: en las almas alemanas había una penumbra impenetrable, una bruma infantil, la espesa bruma de unos mitos sangrientos, vengativos e inconfesables. Sin embargo, entonces yo aún no comprendía por qué anhelaba Hanns Erich el orden con un afán tan maniático… Cuando me fui a vivir a Francia, el desorden generalizado me dejó perplejo, horrorizado. Me costó años aprender lo que es el «orden»; me costó años entender que era cierto que en Francia la gente, al barrer, escondía el polvo debajo de los muebles, pero que en su cabeza reinaba una claridad sana e higiénica».

***

Mi amigo Randy trabaja en un almacén de Eroski. Me cuenta que uno de sus compañeros ha dado positivo esta semana: tiene el COVID-19. Ayer, por primera vez la empresa/cooperativa ofreció guantes y mascarillas a sus empleados. Ayer.

Ricardo Cayuela es un hombre inteligente. Y muy culto. Y lo demuestra en su recién estrenado blog.

Parece ser que en España está muriendo gente.

 

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1 Comentario

  1. mgaussage

    A furore normannorum libera nos, Domine.

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