El misterio de Maigret (I)

 

 

Lo recuerdo con una nitidez luminosa. Finales de los 80 o principios de los 90 en los Encantes, cuando se ubicaban en aquella explanada del barrio del Clot que permitía deambular a cielo abierto entre mercachifles, buhoneros, traperos y quincalleros. Hoy es otra cosa, un lugarejo sórdido y opaco envuelto en el delirio moderno propio de la ciudad hortera que ahora es Barcelona.

Yo compraba entonces libros de Álvaro de Laiglesia y novelas policiacas de Pierre Very: El té de las ancianas o El asesinato de Papá Noel. Quizá porque también parecía un libro policiaco y sobre todo porque estaba nuevo —era de 1988—, compré El informe del gendarme, de Georges Simenon. Me aburrió, pero algo había, latente e inexplicable, que me llevó a comprar un segundo libro suyo que ahora no recuerdo. Quizá fuera Domingo, quizá algún Maigret ambientado en un París lluvioso y febril. Sé que así eran las primeras atmósferas que sentí en los Maigrets, y quizá en ellas esté el misterio de mi adicción.

Las novelas de Maigret son el epítome de las novelas burguesas. Lo es su protagonista, un policía parisién ancho y pesado de cuerpo, que gusta de fumar en pipa, arrimarse a la anticuada estufa de su despacho y saborear cerveza, vinos y licores para acompañar platos contundentes de la comida provinciana de Francia. Su mujer nos es casi inverosímil a quienes estamos hartos de ver películas americanas de policías cuyas mujeres no paran de quejarse y de protestar por el modo de vida que llevan. Son insoportables, pelmas y estúpidas y no se entiende por qué se han casado con un poli y no con un bibliotecario o con el contable de una funeraria. En cambio, la de Maigret es dócil, comprensiva y hacendosa. Aberrante para el modo de vida de hoy. Su marido es jovial, pero tiende al ensimismamiento y es capaz de enfadarse y ser brusco sin llegar a ser violento. Es extremadamente sensible a los ambientes populares y al tiempo: la lluvia, el calor, la humedad, el bochorno. En las investigaciones se dedica a observar hasta que logra entender qué pasa y qué ha podido ocurrir para que tal persona haya sido asesinada. El lector, como Maigret, también observa y se hace sensible al clima, a las tabernas, a los guisos, a la vida de las calles de París. Le importa poco la trama porque ya está el comisario para solucionarlo. El lector se asienta en la lectura confortable mientras Maigret se arropa en su gabán y hace cábalas sobre la vil naturaleza humana entre tragos de Pernod o de Calvados. El lector, en definitiva, observa la negrura de lo sublime arrellanado en su lectura. Pocos placeres mayores podrá sentir.

Pese a todo esto, el misterio de los maigrets parece insoluble. ¿Qué nos atrae en verdad de unas novelas cuyas tramas nos son indiferentes? Fueron escritas a toda velocidad, algunas en apenas dos semanas, siempre ocurre lo mismo y rara vez se alumbran los rincones oscuros del protagonista. Al contrario que en las novelas de Sherlock Holmes, en las que cada una añadía un rasgo característico del personaje —esto lo he aprendido por Houellebecq—, Maigret permanece siempre impasible como una estatua. ¿Dónde diablos está, pues, su misterio?

Quizá para descubrirlo, o quizá como excusa para empozarme de nuevo en esa lectura lenitiva y vulneraria, he decidido releer los Maigrets cronológicamente.

Ha sido ardua la tarea de ordenarlos. En primer lugar, porque ninguna editorial ha conseguido completar la publicación de las setenta y cinco novelas de Maigret. La que más cerca estuvo de ello fue Caralt, que llegó a las setenta y tres y reunió también algunos libros de relatos: en total, setenta y nueve volúmenes. Caralt es, también, la que hizo la edición que más me gusta, la más confortable, sobre todo la de los años 60, con las cubiertas ilustradas por Vicente Ballestar y con un papel blanco que resiste admirablemente el paso del tiempo conseguido por la imprenta andorrana Casal i Vall. La nómina de traductores impresiona: Gonzalo Torrente Ballester y sus hijos Gonzalo y María José; Fernando Sánchez Dragó, Ramón Hervás, Joaquín Jordá…

Caralt fue un editor peculiar. Inmenso en cualquier caso, importantísimo en el mundo cultural de la posguerra española. Camisa vieja, lo primero. Parece que involucrado en contubernios para asesinar a Franco. Me dicen que también homosexual y asiduo de los círculos de la juventud joseantoniana de Barcelona. Avaro (esto lo cuenta Borrás en sus memorias, La batalla de Waterloo). Solitario al final y criador de pavos en su mansión barcelonesa; hasta los sacaba de paseo por las calles, me cuentan. La editorial terminó absorbida por Noguer. De sus archivos nada sé y es posible que se hayan perdido o destruido. Con ellos, una fuente valiosísima para el estudio de la literatura en la España franquista. Es triste.

Según los expertos en Simenon, hay cuatro novelas primitivas de Maigret, publicadas con pseudónimo: Train de nuit, La figurante, La femme rousse y La maison de l’inquiétude. Ninguna ha sido traducida al español. Todas fueron escritas en 1929 y publicadas entre 1930 y 1933.

No obstante, la primera novela «oficial» de Maigret es Pietr-le-Letton. Escrita también en 1929 pero publicada como libro en 1931 y en quinto lugar, tras Monsieur Gallet, décédé, Le pendu de Saint-Pholien, La tête d’un homme, Le charretier de La Providence y Le chien jaune.

También fue la primera novela de Maigret publicada en español por Dédalo con el título de La banda de Pedro el Letón (1932). De ella hablaré en la siguiente entrada de esta serie dedicada a Simenon y a sus maigrets.

* * *

Aunque todavía me queda por confirmar la ausencia de algunos títulos de relatos de Maigret en español, la cronología de los maigrets con su referencia a la colección de Caralt es la siguiente:

 

 

 

 

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2 Comentarios

  1. Conocí a Simenon por "Los otros": un viejo la palma y se junta la familia para buitrear la herencia ¡vaya mierda, aquí no pasa nada! Pero. En un párrafo dibuja un personaje que aún hoy puedes identificar, me pasa esto mucho con Baroja.

    Ignoraba la saga de traductores para Caralt. Gracias.

    En adaptaciones al cine o tv suele aparece el Sherlock que reconoces de la lectura, Pero, ¿Rowan Atkinson para hacer de bigardo rubio de dos metros como segurata germano macpollo? Es un insulto a Simenon, joder.

    Abusando de su paciencia:
    ¿Cuál Houellebecq es ese de Sherlock?

  2. Sergio

    Buenos días, RH. Creo que el Houellebecq es Plataforma. Si no, Lanzarote. Lo de Rowan Atkinson también me sorprendió, y mucho más cuando pone a los muchachos de Maigret como unos tipos violentos, casi torturadores. Para mí, los mejores Maigrets son los de Michael Gambon.

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