(A Reinhard)


El Dictador

por
Pierre Drieu La Rochelle

Traducción de Gongren

Juan Carlos Rodríguez, Mudanza 2, técnica mixta sobre tabla, 1999.

Corre una vaga ansiedad al ras de los cráneos, como si se presagiase la inminencia de un prodigio en cierta zona del cielo.

En vano, sobre el escenario, en ese preciso instante, unas mujeres desnudas, con sonrisa afectada, se preparan para la apoteosis: La Belleza a buen precio. El avión roza el techo del music-hall.

El hombre ahuyenta sus miedos, la claraboya graniza cruelmente sobre los espectadores y se deja caer por una larga cuerda hasta la rampa. Un mono de cuero y caucho le cubre de la nuca a los talones. Nadie más: tan sólo él frente a una multitud presa —una mano anónima ha echado la llave al río—. Espantados, todos se preguntan qué se propone el intruso. Se produce un extraño silencio.

A pesar de todo, se muestra un tanto burlón. Saluda: el gesto me hace pensar en un presidente que lanza el sombrero al pueblo con jovialidad obscena. O un rey. O un modesto burgués que se asombra ante la bajeza de tantos banqueros ornados con jarreteras de oro. (Y entonces me acuerdo del orador acalorado y sudoroso en un mitin que berrea con más fuerza que el resto del rebaño, con interjecciones a veces guasonas, a veces poéticas, y pensamientos más pegajosos que la melaza… El rétor aquel había sido invitado por una duquesa, quien había enjaulado al anciano domador de brandeburgos marchitos. Parecía muy satisfecha de tan minúsculo trueque de apariencias, previsto desde hacía tanto tiempo por el comisario de policía. Sin embargo, en el café de la rue Croissant, unos periodistas rezagados, vestidos a la moda del cuarenta y ocho, apuntaban con un dedo mojado en cerveza los inconvenientes del sistema: la Escuela de Magisterio apenas daba abasto en su tarea de llenar los salones de viejos e indolentes gigolós con perilla. Habían decidido rehusar toda invitación mundana y cenaban en el figón Duval… aunque después, en el cine, se codeasen con millonarios americanos.)

De repente, el hombre se siente acalorado. Se desabrocha. Muestra su cuerpo desnudo. Luego, se abalanza sobre el trapecio y se lanza al público, que da un respingo y aprieta las nalgas.

De un salto, regresa al escenario. Silencio.

Y se atreve a sacrificar el prestigio que el silencio le concede.

—Han llegado los hijos del cielo… Aunque parezca traerles al fresco —se saca un silbato del ombligo: un sudor frío empapa los asientos de terciopelo—. No quiero nada de ustedes. ¡Pueblo cansado…!

Nadie pareció molestarse.

En la orquesta, como de costumbre, el ¡bum! del bombo.

—¡Almas flácidas, tened cuidado porque…!

El bombero de la sala cae aterrorizado. Lo poco que le queda de ánimo rueda por el suelo, dentro del casco.

—¡Ah! ¡Qué bonito! Pero da igual: los hijos del aire han llegado. ¡Qué se le va a hacer!

Patalea. Los hombres se le antojan más y más pequeños. Se encarama al trapecio y se lanza a las alturas, directo a la enorme araña. La barra de madera arde; las cuerdas parecen no pender de ningún sitio. Todo es impulso; ya no se detendrá. O no: se para, se queda suspendido y… va a caer. Cae. Los espectadores chillan como verracos mientras esconden la cabeza bajo el ala. Pero no: permanece colgado de un pie y el trapecio retrocede, aunque para volver con más fuerza, más y más arriba.

Y, al fin, la caída de un dios entre los hombres.

No. El hombre cae sobre el escenario. La masa se agita relajada. Síííííííí, silba. Al alzar los párpados, lleva las miradas del público hasta el techo agujereado: entre las estrellas, unos jóvenes desnudos como ángeles, de sexos invisibles, se deslizan por una veintena de sogas.

Ha llegado el momento de la sangre; la sangre, sí; la purificación. Contemplo unas ametralladoras que apuntan desde las cuatro esquinas de la sala. Tan sólo la sangre puede lavar a los hombres. ¡Oh, dios de los ejércitos y las revoluciones, acaba con ellos! ¡Mátalos! ¡Masacra a esa plebe infame!

Los hijos del aire echan los lazos; les basta con llevarse el botín. Unas bellas jóvenes ascienden a los cielos. Unas gimen; otras se desvanecen. Fijaos en la que aún lleva largo el cabello: parece que el sombrero se le haya enredado en el alambre de espinas.