Lamento interrumpir la serie de Drieu que estaba traduciendo Gongren. Cada vez soy más sensible a las casualidades y sobre todo a las evocaciones a las que aquéllas dan lugar. Acaba de ocurrir.

Ahora mismo he recibido un libro de Ernesto Giménez Caballero: Amor a Portugal. Pertenece el título a esa serie que EGC dedicó a otros países y regiones: Cataluña, Galicia, Andalucía, Argentina, México… La curiosidad del ejemplar es que está dedicado a Manuel Aznar, abuelo del ex-presidente del gobierno español. La dedicatoria es escueta y parece rutinaria. La recepción del libro también debió de serlo, puesto que está intonso.

Giménez Caballero posiblemente fuera uno de los intelectuales falangistas más citados y leídos en su día. Luego cayó si no en el olvido, sí en el arrinconamiento al que son condenados los extravagantes. Esperaba de Franco un ministerio y le mandaron de embajador al Paraguay. Anduvo de acá para allá y todavía en los ochenta podía vérsele en televisión, participando en debates y documentales. Sánchez Dragó lo invitó a uno de sus programas de Biblioteca Nacional, titulado España como problema. Participaban Jover Zamora, Abellán, Jiménez Losantos y Torrente Ballester. Logró sacarles a todos los colores hablando de la gloria de la guerra civil. Torrente ya estaba acostumbrado a las salidas de tono de EGC. En los años cuarenta le acompañó, posiblemente enviados ambos por Serrano Súñer, a Alemania a una reunión con Goebbels. EGC interrumpió al ministro nazi, subió unas escaleras, regresó con un capote que le puso a Goebbels y éste siguió perorando como si nada hubiera ocurrido.

Hablaba de casualidades y evocaciones. Dejo la explicación para mi fuero interno. Baste decir que este libro, su autor, su derrota -hablemos en términos marineros-, la dedicatoria y todo lo que rodeó a ese genio de España y que está condensado en cada uno de sus ejemplares, lo he relacionado de algún modo con la conversación que teníamos en la última entrada acerca de censuras, adhesiones y defecciones.