(Publicado originalmente en el fanzine Radiante Porvenir)

radianteporvenirEn el tomo quinto del Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua, publicado en 1737 y más conocido como Diccionario de autoridades, el primer sentido de la palabra “Revolución” la emparenta con la acción de revolver o revolverse, y sabemos por el Diccionario medieval español de Martín Alonso, que el primero en hablar de la revolución fue Gonzalo de Berceo en su Vida de Santo Domingo de Silos cuando al hablar del monasterio de San Millán dijo que en él “non habié y entrada el mal revolvedor”, es decir, el diablo. En tránsito fugaz y aun demoníaco podríamos coser el siglo XIII con la primera mitad del siglo XX, donde eran habituales las representaciones diabólicas del enemigo (fuera éste judío, quintacolumnista o rojo); o como tales se representaban a sí mismos, por ejemplo en la revista anarquista Der arme Teufel, “El pobre diablo”, donde escribió ese pobre diablo asesinado por los nazis en Sachsenhausen, el inolvidable Erich Mühsam, el libertario de la mirada y de las barbas mefistofélicas. Inolvidable no sólo por su leyenda, que le quiere mimado en su celda por un primate hambriento y azuzado por sus carceleros para que le desgarrara las carnes, sino porque sus obras han sido reeditadas, y porque una sociedad guarda su memoria, y porque aquí y allá aparecerá su nombre, su vida y su obra en libros, diccionarios, manuales, junto al de tantos otros revolucionarios, con más de diablos que de pobres, que vislumbraron bien al hombre sin yugo, bien el final de la lucha de clases, a golpe de palabra o a tiro de pistola.

La desclasificación de ciertos documentos en archivos de todo el mundo, y especialmente en Rusia, ha sido aprovechada por muchos científicos de la Historia para trazar la prosopografía (simplificando: el estudio biográfico) de sus revolucionarios patrios. Alemanes, suizos, franceses, los países latinoamericanos… todos ellos tienen ya sus monografías dedicadas a los hombres de la revolución. Ya pueden ver al hombre más allá de la política, ya pueden dibujar, como los cartógrafos la orografía en los mapas, la intrahistoria revolucionaria en sus países.

Es inevitable que los resultados sean inciertos, irregulares y dispares entre sí. Karl Kraus, el críptico vienés que durante casi veinticinco años escribió en solitario la revista Die Fackel (La antorcha), fue muy claro al hablar de los historiadores: “son gente que escribe tan mal que podrían trabajar en un periódico”. Ya había igualado de alguna forma a historiadores y periodistas, cuando dijo que mientras aquellos eran unos profetas retrospectivos, éstos eran unos historiadores con visión de futuro. Ambos, según él, habían apestado el mundo: los periodistas, eso sí, con talento, mientras que los historiadores careciendo de él. Ortega y Gasset, que había quedado ridiculizado en la novela Tiempo de silencio como un charlatán metafísico, también hizo alarde de llaneza y concisión al referirse a los historiadores: “no tienen perdón de Dios. Teniendo en sus manos quizás una de las materias más apasionantes que existen nos han hecho aburrirla hasta el extremo. Hasta los topógrafos nos han conseguido despertar más interés con los suelos y los minerales que ellos. Debería venir Clío, pasar con su carro y quemarlos a todos”.

Alharacas y castañuelas, murmullo, jolgorio, mucha pandereta, cabriolas y volatines, rodillas clavadas en el suelo y puños que se elevan, juro que jamás, ojos empantanados, llanto y rechinar de dientes; oratoria, mucha oratoria; conferencias, congresos y lo que eso significa: tantos botellines de agua; libros, estenotipistas digitales, maquetadores, diseñadores, chibaletes retina display, pico y pala y hasta leyes: la memoria histórica en España. Que ni es memoria, ni es histórica. Aquí no hay más que sibilas que auguran el pasado y reconstruyen el futuro a conveniencia o al mejor postor; un constructivismo cronológico sin sentido maquinístico del tiempo, sin amor por la verdad y sin capacidad narrativa. Sólo así, entre berreos, chapuzas y grandilocuencia, puede entenderse que aún no exista una prosopografía de los revolucionarios españoles anarquistas y comunistas (caso aparte es el de la Falange, más dada a la compilación sistemática y hagiográfica de sus héroes). No fueron vidas ejemplares ni por lo que hicieron ni por lo que se propusieron, pero en los entresijos de la Historia de España subyace la intrahistoria de estos hombres que fueron su engranaje. Son nuestros diablos en el limbo.

Sus historias se reparten por archivos de todo el mundo, desde México hasta Rusia. Como emigrados, dejaron su rastro y su estela en países foráneos mientras añoraban o renegaban de España. Pero al parecer, pese a lo que se les llora, no han sido merecedores de la atención científica. No son más que nombres amontonados en los índices onomásticos, de esta manera convertidos en ordenadas fosas comunes.

No es tarea fácil este metafórico desentierre. Además del dinero y los medios adecuados se requiere algo de raza y emoción, y no hay nada de ello en los cuarenta y siete departamentos de Historia Contemporánea que hay en las universidades españolas. ¡Cuarenta y siete! Ni siquiera hay un solo artículo dedicado a la suerte de los archivos de la revolución. Gran parte del archivo de los anarquistas queda repartido entre la Fundación Anselmo Lorenzo y el International Institute of Social History (IISH) de Ámsterdam. Lo que queda del archivo comunista español está a disposición de los investigadores en la Fundación de Investigaciones Marxistas, pero no veo que en ninguna parte se hable de la destrucción de gran parte de sus documentos: “En el año 1985 el Secretario General del PCE en la URSS me mostró un interesante archivo secreto donde se contenía documentación relativa a las purgas contra miembros de la emi­gración española y militantes del PCE que fueron enviados a los campos de concentración del GULAG en Siberia y a diferentes fábricas de diversas ciudades de la URSS, como re­presalia contra ellos. También había bastante información sobre la actuación de Fernando Claudín en todo este proceso, desde el momento en que sustituyó a Uribes al frente de la organización del PCE en la URSS. Lamentablemente este interesantísimo archivo fue que­mado posteriormente por los dirigentes del PCE en la URSS y su información se ha perdido para siempre”. (Ángel Luis Encinas Moral, en A. V. Elpátievsky. La Emigración Española en la U.R.S.S.: Historiografía y Fuentes, Intento de Interpretación. Fundación Siglo XXI.

¿Dónde está la historia del archivo de las Brigadas Internacionales, ahora custodiado en Moscú por el RGASPI (Archivo Estatal Ruso de Historia Sociopolítica)? ¿Quién sabe que la encargada de su transporte desde Barcelona a Francia en octubre de 1938, para que finalmente recabara en la URSS, fue Adela Collado Muriel, llamada Anita? Había sido secretaria de Luigi Longo, comisario político del Batallón Garibaldi de las Brigadas Internacionales. Anita fue “enlace entre distintas organizaciones del PCE” y según Domingo Malagón, el “falsificador” del PCE, era “compañera de Manuel Jimeno Matarredona, ‘Raúl’, que había sido dirigente de las JSU con Juan Ros y con Agromán”. Nombres sin vida.

Más sangrante es el caso del archivo de Gabriel Amiama. Amiama fue uno de los “niños de Rusia”, adonde fue trasladado junto a su hermano José en la primavera de 1937. Se licenció en Filosofía y Letras y en Periodismo en la Universidad de Moscú. Regresó a España como tantos otros exiliados en el paraíso bolchevique y trabajó en RNE y en el Ministerio de Información y Turismo. Publicó regularmente la publicación Carta del este, a modo de “confidencial”, que recogía noticias sobre la URSS, sobre su influencia en la guerra y sobre los refugiados españoles. En el archivo de Amiama podía encontrarse la autobiografía de José Díaz, el secretario general del PCE, aquejado durante años por un cáncer y al que Azaña desdeñó de forma clasista y estúpida en sus memorias. José Díaz se suicidó en la ciudad de Tiflis en 1942. La autobiografía no era más que el puñado de papeles que todo emigrado político en la URSS debía presentar ante la Comintern. ¿Cuántas más había en el archivo Amiama? También se encontraban en él las copias de los documentos del disidente Pyotr Grigoryevich Grigorenko, antiguo comandante del ejército rojo; según la necrológica que le dedicó La Vanguardia a Gabriel Amiama, muerto en 1982, también había nutricios expedientes sobre la iglesia ortodoxa y sobre cualquier otro tema relacionado con la URSS. Y documentos excepcionales, como los archivos de Ian Berzin, responsable de la inteligencia militar soviética durante la guerra civil; y al parecer, entre sus papeles, su pasaporte español (el número 49362). La necrológica dice que hay una anotación personal de Berzin donde habla de la muerte de su hijo Andrei frente a los divisionarios españoles en el frente del Voljov. Imposible asunto, habida cuenta de que Berzin fue fusilado en 1938 por orden Stalin. Casó con una española mucho más joven que él, Aurora Sánchez, entrevistada años después por el historiador O. Gorchakov. Por supuesto no hay traducción española de la entrevista… Nombres que quedan en nada, reducidos a cenizas, historias perdidas en el sumidero del olvido. ¿Atónitos palurdos sin danzas ni canciones? Atónitos palurdos sin historias y sin intrahistoria, don Antonio.

El obituario de Amiama terminaba así: “¿Desaparecerá esta valiosa documentación? Esperemos que no sea así”. Escribí correos, tiré de varios hilos, pedí favores que pagué con promesas finalmente incumplidas, y conseguí finalmente hablar con la viuda de Amiama. Ella a la defensiva, como es normal en quien se enfrenta a un curioso impertinente armado de pico y pala dispuesto a la exhumación, como un reverso carpetovetónico del stevensoniano desenterrador Gray. Fuera su decencia y su discreción, fuera mi torpeza, lo cierto es que solamente pude saber que el archivo había sido entregado a un tercero cuyo nombre me fue imposible sonsacar. Sépanlo: quizá en España, quizá en otro país, alguien almacena parte del valioso tesoro de nuestra memoria, de la que tanto se habla y a la que tanto se alaba, pero por la que nadie está dispuesto aún a aventarla, a echarla a los vientos del pueblo. ¿Qué pueblo es éste que, sí, termina por doblar la frente, impotentemente mansa, delante del castigo de la amnesia?