Las horas pasadas junto a la ventana
por El Rufián Melancólico

Arthur Koestler

Este fue el título que Arthur Koestler dio al capítulo de sus memorias en que narra su paso por la cárcel de Sevilla en 1937 . Las escribió a mediados de los años cincuenta del siglo pasado y fueron editadas en España por vez primera en 1974, en la colección de bolsillo de Alianza.

Cuando Koestler las escribió tenía sobre su mesa el diario que llevó de sus días en España. Aquellos apuntes dispersos, pero siempre fechados, habían servido ya para pergeñar su Spanish Testament en 1939. Otros fragmentos largos del diario aparecieron por vez primera en 1942 cuando la editorial The Mac Millan Company de New York publicó la primera edición en lengua inglesa de su libro Dialogue with Death.

Gracias a estos dos libros podemos seguir en detalle el paso de Koestler por la prisión de Sevilla y conocer cual fue su relación con dos de los presos más ilustres que la habitaban, Agapito García Atadell y Pedro Penabad; el otro era un hijo de Largo Caballero.

Atadell y Penabad habían sido trasladados desde la Isla de Santa Cuz de la Palma, donde fueron detenidos, a Santa Cruz de Tenerife, donde se iniciaron los primeros interrogatorios. Reclamados por Queipo de Llano fueron puestos bajo su jurisdicción militar y conducidos a primeros de diciembre del 36 a la cárcel de Sevilla.

A Koestler le arrestaron en málaga el 9 de febrero de 1937. Tras pasar cuatro días atroces en la prisión de la ciudad le trasladaron a la prisión sevillana. Acusado de espía, y señalado por el dedo inclemente del capitan Bolín, que se la tenía jurada, su detención presagiaba un fusilamiento inmediato.

Sus primeras impresiones a la llegada a esta cárcel las encontramos en Dialogue with Death:

“Ver surgir de la oscuridad el edificio de la cárcel fue tan reconfortante como lo había sido ver las esposas quince horas antes. A esas alturas ya sabía que a los prisioneros solo se les pegaba o maltrataba en las comisarías de policía y en los cuarteles falangistas, pero no en las cárceles. De la Prisión había dos salidas: la libertad o el pelotón de fusilamiento. Pero mientras estuvieras en prisión, estabas seguro.

Observé el enorme edificio con una sensación de afectuoso agradecimiento. La crisis de la civilización se revela con síntomas curiosos; de hecho, por ejemplo, que los muros de piedra de las cárceles ya no sirven para defender a la sociedad del prisionero, sino para proteger al prisionero de la sociedad. (…)

Cruzamos el bonito jardín situado frente a la entrada principal, tocamos el timbre –también aquí había un timbre de noche- y se abrió la puerta.

Tres largos pasillos salían de la entrada: uno al frente, otro a la izquierda y otro a la derecha. A lo largo de los pasillos se sucedían largas y monótonas filas de puertas, en dos plantas y a ambos lados. Las celdas de la planta superior daban a unas estrechas pasarelas metálicas a las que se llegaba desde unas escaleras de hierro. En cada puerta, un número, un nombre en una placa y una mirilla. Todo lo que se veía era de acero y hormigón; todo extraordinariamente estandarizado, simétrico, mecánico. La visión de estas estructuras metálicas te hacia pensar que estabas en la sala de maquinas de un buque de guerra. (…)

(de la celda…) Lo primero que me sorprendió fue la gran ventana situada frente a la puerta. Estaba al fondo de una especie de nicho en la pared y empezaba a la altura de mi cabeza, por lo que con apoyar los hombros en el alféizar se podía mirar al exterior con facilidad. La ventana daba al patio grande y lleno de polvo, y estaba protegida por una sólida reja de hierro que por la parte exterior llevaba una delgada red metálica, algo así como un mosquitero de acero. Contra la pared de la derecha había un catre de hierro, que se podía plegar para que hubiera más espacio en la habitación; en la parte opuesta una mesa metálica con una silla soldada a la mesa, todo plegable también: Al pie del catre, un lavabo grande con agua corriente; al frente el retrete.

El carcelero examinó el jergón de paja, que llevaba una etiqueta de lino con una fecha timbrada, para indicar la última vez que se había cambiado la paja y lavado el jergón. Trajo una buena manta de lana y me dijo que cambiaría el jergón y la manta por unos limpios al día siguiente. Luego me deseo buenas noches y cerró cuidadosamente la puerta por fuera.

Después de Málaga, tuve la impresión de que estaba en un hotel de lujo.”

Dialogo con la Muerte. Madrid: Amaranto, 2004

“En los días que siguieron a la caída de Málaga se cogían prisioneros en cantidades y se los fusilaba a cualquier hora del día; luego, cuando estuve en Sevilla, las ejecuciones seguían una rutina más ordenada, pues se llevaban a cabo tres o cuatro veces por semana, entre la media noche y las dos de la mañana. Durante el mes de marzo fueron fusilados 45 hombres pertenecientes a mi prisión. (…)

Las ejecuciones se llevaban a cabo con discreción y en silencio. No se prevenía a las victimas, que por ser demasiado orgullosas o estar demasiado asombradas, no hacían ninguna escena cuando los guardias los sacaban de las celdas y el sacerdote las acompañaba hasta el camión que estaba esperando. Algunos cantaban, otros lloraban, y eran frecuentes los gritos apagados de “Madre” y “Socorro”.

La mayor parte de las víctimas eran milicianos recién capturados a quienes se les había encontrado un carné de afiliación al Partido Anarquista o al Comunista, o algún sindicato. Comparecían por espacio de unos pocos minutos ante una corte marcial y luego volvían a prisión antes de que se dictara la sentencia. En la mayor parte de los csos la sentencia era la de pena de muerte por fusilamiento. A veces se conmutaba esta pena por la de largos años de prisión, casos en los cuales se informaba oficialmente al reo, que luego era trasladado a una penitenciaría. En el caso de que la sentencia quedara confirmada, el reo sólo se enteraba de ello cuando iban a buscarlo, durante la noche , para cumplirla.”

Arthur Koestler. Autobiografía, 5. La Escritura Invisible. Alianza/Emecé.


Una realidad parecida a la de Koestler vivían Atadell y Penabad que por entonces, finalizados ya los interrogatorios, esperaban la vista de su causa y la notificación de la sentencia.

Prácticamente no se separaban ni un instante. Koestler les conoció en su primera salida al patio.
“Cuando después de haber pasado en esa celda sesenta y cuatro días se me permitió por primera vez salir a practicar ejercicios físicos y entrar también por primera vez en contacto con otros presos, había en el patio tres de ellos: García Atadell; un cubano, que era su secretario; y un joven campesino andaluz. El campesino se llamaba Nicolás; Se trataba de un hombre pequeñito, delgado, de cara redonda y ojos de expresión amable. Era analfabeto. Nos hablaba a los tres con voz deferente y tímida y una vez nos explicó que abrigaba la esperanza de, cuando saliera de la cárcel, de aprender a leer y escribir. Pertenecía a la milicia anarquista y lo habían capturado pocos días antes en el frente de Almería. Al día siguiente cuando volví a salir al patio, ya no encontré a Nicolás. Lo habían fusilado la noche anterior.

Desde entonces viví con el constante temor de que en cualquier momento García y el cubano también desaparecieran del mismo modo. García era un hombre delgado, con el rostro orgulloso y flaco del castellano. El cubano era apuesto, de ojos redondos y poseía el gallardo continente de un caballero elegante. Los tres practicábamos ejercicios durante la hora de la siesta, entre la una y las tres de la tarde, cuando los demás presos estaban encerrados en sus celdas, a medida que se avanzaba la mañana y se acercaba la hora de los ejercicios me encontraba cada vez más ansioso e inquieto. Hasta sentía la tentación de rogar por aquellos hombres, pero eso habría equivalido a otra entrega. Y sin embargo, de manera por entero irracional, abrigaba la convicción de que el destino de esos hombres dependía en parte de mí y que mi disposición al sacrificio de alguna manera les protegería.

Comencé entonces a examinarme para establecer hasta que punto estaba dispuesto a sacrificarme por ellos: Esto me llevó a reflexiones harto grotescas: descubrí, por ejemplo que estaba dispuesto a dar un miembro mío por cada uno de aquellos hombres, aunque solo una pierna o un brazo, pero no los dos brazos y las dos piernas. Descubrí que si se me sometía a tortura ofrecería poca resistencia y los desampararía y que estaba dispuesto a dar mi vida por la vida de los dos hombres, pero no por la de solo uno de ellos.

Arthur Koestler. Autobiografía, 5. La Escritura Invisible. Alianza/Emecé.